Chile nos muestra otra opción para la reforma electoral
Si alguna vez Mendoza encarara en serio el objetivo de cambiar su forma de votación, pero sin eliminar el formato papel, tendría a mano varias experiencias. Por ejemplo, la chilena, donde sus ciudadanos acaban de pasar por las urnas.
Del otro lado de la frontera, también están los papeles, los fiscales, las urnas, las colas y las quejas. Pero hay una diferencia sutil, que aquí sería, para algunos profesionales de la rosca política, un verdadero salto al abismo.

El domingo pasado, los chilenos eligieron Presidente, diputados y senadores y consejeros regionales. Para cada categoría había una boleta papel diferente y, en cada una de ellas, casilleros para que el elector marcara el candidato de su preferencia con un lápiz.
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Este fraccionamiento demuele desde ya la lógica de nuestra famosa lista sábana, donde los candidatos de todas las categorías van pegados en una misma papeleta. Y si a eso se le agrega la obligación de elegir un solo postulante por categoría, estamos en presencia de una verdadera revolución.
Esto tiene un impacto particular en la categoría parlamentaria. Los mendocinos estamos obligados a consumir en cada elección el listado de candidatos a legisladores que arman los partidos. Apenas tenemos una intervención en ese armado gracias a las elecciones primarias, que distribuyen el orden de los postulantes según qué opción obtuvo más votos en las PASO.
Eso, en el caso de que haya competencia interna por los cargos. Sabido es que los candidatos prefieren dividirse en distintos partidos o presentar lista única a la primaria, antes que enfrentarse entre sí.
En Chile es diferente, ya que, en lo que fue uno de los elementos de la reforma electoral de 2015, el ciudadano debe elegir con su lápiz uno solo de los nombres que aparecen en la boleta de candidatos a diputados y senadores de todos los partidos.
De ese modo, interviene en forma más eficaz en el reparto de bancas parlamentarias. Elige de verdad al candidato que prefiere, en lugar de quedar sometido al menú que le armaron los partidos de antemano.
Hay que decir que en las últimas elecciones chilenas hubo un elemento que en Mendoza y la Argentina ya se usa para distribuir cargos. Se trata del famoso sistema D´Hont, una fórmula matemática que este domingo tornó más complejo el reparto de cargos, ya que para llegar a una banca, al candidato no le alcanzaba con ser el más votado: también era necesario que su partido o coalición hubiera tenido más sufragios que sus contrincantes.
La utilización del sistema D´Hont provocó algunas polémicas en el vecino país: varios candidatos sacaron pocos votos, pero se beneficiaron gracias al "arrastre" de otros postulantes del mismo partido o coalición. Del mismo modo, otros quedaron afuera, a pesar de que habían sido más votados que sus rivales.
Sin embargo, esta forma de elegir de los chilenos, por lo menos a ojos de este testigo, refleja un ejercicio más pleno del derecho al voto.
No han acudido en Chile al voto electrónico, que en nuestro país es sinónimo de modernidad y, también, de polémicas. Pero las boletas de papel que usan no son las mismas que utilizamos aquí. En este sistema de voto papel hay menos manipulación partidaria y ausencia absoluta de propaganda electoral.
Las boletas de cada categoría son apenas un listado de nombres, sin fotos ni resaltados para ningún candidato. El voto, en consecuencia, exige un poco más de tiempo, ya que puede no ser fácil encontrar al que queremos votar.
Sin embargo, esto es mucho mejor que meter en el sobre una boleta que contiene todas las categorías juntas y en la que solo se conoce, por la foto, al que lidera la lista.
Otra diferencia clave. El festival de boletas que en Mendoza ejecutan los punteros en los días previos a la elección, no existe. Las boletas son entregadas por las autoridades de mesa y tienen números que las individualizan.
Una vez que recibe los papeles, el votante pasa con su lápiz a un recinto privado que se parece al probador de una tienda. Hay varios por cada mesa de votación, lo que permite mayor agilidad.
Después las autoridades de mesa le colocan al voto un autoadhesivo para cerrarlo y el sufragio termina en una urna plástica transparente, similar a un gran tupperware.
En síntesis, la forma de votar de los chilenos se parece bastante a la boleta única que ya han implementado con éxito las provincias de Santa Fe y Córdoba. Para los mendocinos, todas estas experiencias son una novedad.
Aquí, los cambios son apenas teóricos. Dos leyes provinciales (2013 y 2017) propiciaron el voto electrónico, que en realidad nunca se aplicó a escala general, a excepción de la última elección de intendente en Santa Rosa.
Chilenos, santafesinos y cordobeses sugieren otro camino, mientras en Mendoza nos quedamos en el amago. Siempre hay una excusa. Se nota que, en materia de votación, hay muchos a los que les conviene que nada cambie.


