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Educación: el sainete político es lo menos grave

La más grande de las batallas de los próximos años será revertir la decadencia educativa, que perjudica más a los que menos tienen.
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ
Foto: Nacho Gaffuri / MDZ

“No hay aplazaos ni escalafón”

“Lo mismo un burro que un gran profesor”

Enrique Santos Discépolo, “Cambalache”, 1934

El sainete político sobre la habilitación a repetidores a acceder a la bandera tal vez sea el menor de los problemas del tema en cuestión. Por supuesto que importa conocer qué poder tiene un gobernador para remover o no a un funcionario, pero más grave es que alguien crea que es bueno que a un repetidor se les borren las notas para que le mejore en promedio, como si a un ciudadano se le pudieran borrar sus antecedentes para mejorarle el certificado de buena conducta.

Una de las tragedias de la educación pública argentina es que todos sabemos que está en decadencia pero nadie hace algo efectivo para revertirla. Nos quejamos de que los chicos saben cada vez menos y de que la autoridad de los maestros se ha pulverizado, pero desde los gobiernos, ininterrumpidamente, se siguen tomando medidas que profundizan el facilismo con la excusa de la “inclusión”. No parecen darse cuenta de que, cuando se miran los resultados, esa “inclusión” es cada vez más lejana, porque los chicos de la escuela pública, sencillamente, salen cada vez peor preparados para acceder a los mejores puestos de trabajo.

En la Argentina, la escuela pública bien entendida fue siempre un instrumento de ascenso social, es decir un facilitador para que los alumnos accedieran a títulos y niveles de vida que sus padres no poseían. Pero para eso había que esforzarse para estudiar y someterse a una disciplina mínima. La relajación de las reglas y las trampas burocráticas para que los alumnos pasen de grado y redondeen unas bonitas estadísticas sin haber tenido que estudiar demasiado, lo único que han logrado es que muchos alumnos se hayan ido a la educación privada, donde sus padres pagan para que les exijan como antes lo hacía la escuela pública. Ahí se está acunando la mayor catástrofe argentina: que los hijos de los más que tienen tendrán una educación paga que les permitirá acceder a los mejores puestos de trabajo, mientras que los hijos de los que menos tienen saldrán con una formación que sólo les permitirá quedarse con lo que queda. Eso se llama estratificación social y en el fondo perjudica a los más indefensos, aunque algunos crean que con el facilismo educativo los están ayudando.

Si uno se pusiera en conspirador delirante podría pensar que el tener cada vez menos clases, el pasar de grado con más facilidad, el quitarle autoridad a los maestros y el relajar la disciplina escolar (es decir, marchar hacia que no haya “aplazaos ni escalafón”) responde a un plan siniestro de algún imperialismo o fondo buitre para que en el futuro seamos un país más débil. Pero probablemente no sea eso sino una simple confusión sobre qué puede ser mejor para los argentinos del futuro. Viniendo del orgullo de haber tenido una ley de educación pública, laica, gratuita y obligatoria en 1884, es penoso observar cómo aquel espíritu de ascenso social a través del sistema educativo se ha ido degradando. El país y Mendoza tendrán que arreglar muchas cosas en los próximos años, pero revertir esa decadencia será la más grande de todas las batallas.