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El acuerdo que se quedó "sin fichas"

La decisión de la Suprema Corte de Justicia al desestimar la homologación del contrato “nuevo” de las tragamonedas entre el casino y la empresa MCE, del grupo Vila-Manzano, dejó a la política sin “paraguas” para sostener el acuerdo. Todo tiene algún costo en esta historia. La pregunta es quién lo paga. Y cómo sigue.
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Que sí, que no… Que pagamos el canon, que mejor lo vea el fiscal… que hagamos un acuerdo… que lo revise la Corte… El “presente griego” que el ex gobernador Celso Jaque y el ex titular de Juegos y Casinos Daniel Pereyra le dejaron a Francisco Pérez con el ya famoso contrato de las tragamonedas, sigue proyectando su sombra y afectando la administración actual, que acaba de recibir un sonoro cachetazo por parte de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza, aunque el golpe fue más espectacular que efectivo.

La Corte no quiso homologar el acuerdo que enterraba las diferencias cruzadas entre el Instituto de Juegos y Casinos y la empresa Mendoza Central Entretenimiento; es decir, la división juegos del grupo Vila Manzano. Tras esta decisión de los supremos y con el antecedente de un dictamen del Tribunal de Cuentas durísimo en los conceptos y observaciones pero extrañamente liviano en el reparto de las responsabilidades, el gobierno y el Instituto se quedaron sin “paraguas” para mantener la prórroga de este contrato que en su momento firmaron Pereyra y el directorio anterior, favoreciendo a la empresa de Vila con más canon, más dinero, y más tiempo de explotación sin licitación, y con una ecuación económica que nadie vio; ni siquiera el Tribunal de Cuentas o la Corte; aunque quienes han hecho denuncias –como algunos dirigentes de la oposición y el gremio ATE- han calculado las pérdidas del casino con este contrato que Pereyra dejó de “regalo”.

Tanto el fallo de la Corte como el dictamen del Tribunal de Cuentas que este medio publicó el martes generaron una verdadera tormenta de consultas entre directivos del casino, miembros del gobierno, jueces, abogados, y asesores varios. Eso sí, las conversaciones revistieron el carácter de ultra secretas, bien al resguardo de las preguntas curiosas. Está claro que el contrato del casino es de alta sensibilidad, porque afecta a empresarios de los más poderosos de la provincia, con un poder de fuego capaz de dañar a gobiernos y funcionarios a través de sus medios si los negocios salen mal. Y este parece ser el caso, aunque no está dicha la última palabra.

Los jueces rara vez son absolutamente claros, concluyentes, y hasta los fallos de la Corte pueden ser interpretados. Eso pasó ayer, cuando distintos actores de esta ¿comedia? ofrecían diversas visiones sobre la decisión. Por ejemplo, fuentes del Instituto afirmaban que el decreto de la Corte era prácticamente inocuo y que si bien no homologaba el acuerdo con Vila, tampoco lo anulaba ni indicaba acciones concretas. Sí admitían que había “un par de oraciones” muy complicadas del alto tribunal que dejaban a “la política sin espacio para maniobrar”. Esto quiere decir que cualquier medida del directorio podía ser criticada o elogiada con el mismo grado de saña o adhesiones según el caso.

Esta visión optimista del fallo de la Corte chocó de frente con quienes conocen de técnica legal, y que dijeron que el contrato “está liquidado” y que debía retrocederse el reloj al 13 de mayo, cuando la Fiscalía de Estado anunció que la cláusula del “contrato Jaque-Pereyra” que le daba a MCE la facultad de “autoprorrogarse” perjudicaba de los intereses de la provincia y por lo tanto el Instituto de Juegos debía iniciar una acción de lesividad para derogarlo. Esta interpretación también es optimista en favor del Estado. La verdad es que la Fiscalía de Estado aceptó más tarde que reemplazar aquella “autoprórroga” por un acuerdo en el que el Instituto daba su consentimiento, subsanaba aquel vicio formal de no haber licitado. Ni la Fiscalía ni el Tribunal de Cuentas objetaron la homologación. El gobierno, por su parte, exhibió tranquilidad hacia afuera, pero “por dentro” envió a hacer todo tipo de consultas jurídicas a abogados amigos, a otros de organismos estatales, y también a letrados radicales cuyos nombres no trascendieron.

En verdad, en una jornada de silencios propios de un serrallo, hubo tantas interpretaciones de estos fallos como fuentes consultadas. Pero hay un par de hechos incontrastables que deben tenerse en cuenta: el contrato debía ser homologado judicialmente y esto no sucedió; y el Tribunal de Cuentas señaló vicios muy fuertes que incluyeron cambio de objeto, falta de un análisis económico que justificase el aumento de canon, prórroga sin licitación, falta de control real de las sumas en juego, y varios puntos más.

Hay dos conclusiones posibles de este contrato. Una es política, y es que así como está, no hay “espacio” para seguir, ni paraguas protector. Ante cualquier denuncia o presentación judicial; “la justicia debería amparar y estudiar todo de nuevo” admitió una fuente del Instituto de Juegos. Desde este punto de vista, el contrato que llevó el juego de las tragamonedas a que el Instituto pague más y gane cada vez menos, y pase el canon desde el 23 % al 47 % primero y al acuerdo por el 43,85 % después pero por más tiempo; es absolutamente débil. A las autoridades del Instituto les sería muy difícil defenderse si alguien les preguntase “¿Por qué van a seguir este contrato que la Suprema Corte no homologó”? Políticamente es intragable, sobre todo teniendo en cuenta que los empresarios del contrato son fuertes actores económicos y políticos también, toda vez que influyen con fuerza en casi todos los gobiernos. Pero también sería difícil para el directorio cortar el contrato y afrontar juicios, porque ya han firmado otra cosa, y porque en definitiva ni la Corte ni el Tribunal de Cuentas les han pedido que se inmolen.

La conclusión jurídica y administrativa tiene menos vueltas: La Corte no homologó el contrato, lo criticó con dureza, pero dijo que no era su competencia y aludió a procesos abiertos en el Tribunal de Cuentas, que también fue muy duro con los funcionarios pero tampoco del todo concluyente. No obstante, y de acuerdo a la resolución 666 del propio Instituto de Juegos, el acuerdo debía ser homologado. Y si no es así, no existe. La situación debería regresar al momento en que ingresó en litigio, es decir, cuando el Casino decidió a través de sendas resoluciones firmadas por la ex titular del Instituto Nidia Martini y por el ex director Héctor Caputo, no pagar el canon pleno del 47 % y MCE accionó contra el Estado.

Convine un repaso esquemático para comprender globalmente este complejo asunto que es jurídico, político, y también social. Seguramente hay en Mendoza decenas de entidades a las que les gustaría recibir el canon que hoy el Instituto comparte con privados. Desenrollemos el ovillo desde la punta.

LA CORTE DIJO “NO”. La Suprema Corte decidió no homologar el acuerdo con el que el Instituto de Juegos y los empresarios intentaron superar las objeciones al “contrato Pereyra”. Los jueces aludieron a posibles irregularidades en la renegociación, a que si fallaban ahora estarían impedidos de hacerlo más tarde en caso de litigio derivado de un informe del Tribunal de Cuentas, y a que en la decisión podrían estar involucrados fondos de “rentas públicas”. Por estas y otras razones, no homologaron. Abajo, se puede ver completa la decisión de la Corte.

 
 
EL “CHAS CHAS EN LA COLITA” DEL TRIBUNAL DE CUENTAS. En su análisis del ejercicio 2011 publicado el 28 de agosto de este año, el Tribunal de Cuentas emitió un informe de 34 páginas sobre el Instituto de Juegos e hizo un apartado lapidario sobre el contrato de las tragamonedas. Objetó que no hubo licitación, ni informes económicos justificativos del nuevo canon, dijo que se cambió el objeto del contrato, resaltó la ausencia de controles “online” del juego, y dijo que “la relevancia de los cambios” en el contrato “hacían imprescindible el proceso de licitación”. En las páginas 26 y 27 del informe (ver documento completo abajo), los vocales del tribunal se despacharon con ganas. Pero (siempre hay un ‘pero’) no formularon cargos ni se metieron en la cuestión de fondo, es decir, si el nuevo contrato es o no perjudicial a la provincia. El hecho de no formular “cargos” quiere decir que se conformaron con poner multas a Daniel Pereyra por diez mil pesos y otras menores al resto, pero no obligaron a los funcionarios a responder con su patrimonio por el presumible daño producido, porque no lo han calculado apoyados en que –justamente- no hubo licitación, y que por lo tanto “no existen en estas actuaciones bases posibles de comparación” para determinar si hubo tal daño. Extraño círculo vicioso este entre controladores y controlados. El Tribunal de Cuentas dejó el proceso abierto a los descargos y aclaraciones de los funcionarios multados, pero no ordenó medida judicial alguna ni corrió vista al Fiscal de Estado (por donde el expediente pasó más de treinta veces en esta historia). Tampoco hará un nuevo dictamen. Aquí, el análisis del ejercicio 2011.
 
 
 
 
LA CLAUSULA ASESINA. El 6 de agosto de este año, el directorio “nuevo” del casino formado por Carlos Bianchinelli (presidente), Federico Domínguez y el radical Miguel Bondino, decidió darle curso al “acta complementaria” que acordó cambios en el contrato y cedió la prórroga sin licitación. Pero dijo expresamente que el acta deberá tener aprobación judicial. “* El convenio transaccional deberá ser homologado judicialmente” dice, y abajo se puede ver el documento. Indica claramente “deberá”, que no es “debería”, ni es “si no lo homologan no pasa nada”. Esta cláusula gatillo que la política pensó para cubrirse de juicios en el futuro es la que podría dar por caído este contrato, si alguien se pone lo suficientemente cargoso con las denuncias.
 


 
SIN CUESTIONES DE FONDO. Ni el fallo de la Corte ni el dictamen del TdC se refieren el fondo de la cuestión. Esto es, si la provincia fue perjudicada o no por el “contrato Jaque-Pereyra”, aunque por razones de forma lo han destrozado. La verdad es que el directorio encabezado por Bianchinelli podría encontrar en estos documentos razones de peso para dar de baja el contrato e iniciar una acción de “lesividad” como se lo indicó la Fiscalía de Estado en su momento, como para seguir adelante como si nada hubiese pasado.

El contrato que tantos dolores de cabeza le trajo a la política, si se cae, traería problemas asociados. Primero… ¿Qué canon se le paga a Vila hasta la finalización del contrato el año que viene? ¿El 47 %, el 40 %, el actual 43,85, cuál? Y la otra… ¿No toma vigencia una vez más el reclamo por 5,6 millones de pesos que la empresa le hizo al Instituto porque no le pagaban el canon generoso que Pereyra les dejó? Todas las especulaciones caben y cada uno intentará llevar agua para su molino. Hoy, a esta hora, lo único que se puede asegurar es que a pesar de fallos y dictámenes en contra, el contrato prorrogado con su acta complementaria que “salvó” el pequeño detalle de que MCE se autoprorrogaba la relación con el Estado, está vigente. De allí en más, hay muchos abogados que tienen trabajo que hacer.

Una reflexión para el final: ¿Un buen plan de negocios no posibilitaría al Estado comprar o hacerse de máquinas en leasing, y dedicar más ganancias a las cuestiones sociales asociadas al juego? Seguro que a CONIN, Fundavita, el Notti, o tantos otros, ese dinero les vendría muy bien.