La otra: la disputa entre dos K por el poder y el perfume glamoroso del triunfo eterno
"Lo difícil es saber combinar colores. Si te vestís toda del mismo, no le vas a errar nunca. No tengo un gran placard. Si revisás mi ropa vas a ver que repito mucho. No todas las prendas te quedan bien, entonces al momento de elegir, ¿por qué no ponerte lo que te queda mejor?".
Definiciones de Karina Rabollini a la revista Noticias.
Es increíble cómo una letra puede causar tanta fascinación: la K, ausente en casi toda la historia argentina, marca los tiempos, decide candidaturas, obliga y condiciona, genera amores y odios, designa funcionarios en la cúspide y, ahora, luego de hartar el espectro del oficialismo que la esgrime como un estandarte a ultranza, se cuela hacia el otro lado, resignificando su propia razón de ser casi una década después de su imposición como reina del alfabeto electoral.
Ella se llama Karina y es “la otra”. En un país regido por el fuerte carácter de una mujer, es otra la que es alimentada por cientos (sino
miles) de ángeles caídos del paraíso kirchnerista como la astilla del mismo palo capaz de causar dolor electoral.
Si el kirchnerismo es quien le devolvió a la política su lugar de preponderancia y el cristinismo quien la tiñó de su propio contenido para definir qué tiene y qué no razón de ser, es desde la entrañas de la misma matriz que surgirá aquella fuerza capaz de oponérsele.
Cuando el peronismo fue derecha, su propia izquierda lo sometió. Y su derecha, condicionó –como acto seguido- la supervivencia (literalmente hablando) de su izquierda. Al privatismo lo mató el estatismo. Y a Cristina Fernández de Kirchner le dará pelea Karina Rabolini, en un escenario que, a primera vista suena tan dispar y hasta ridículo, como posible por estas tierras y, más aún, tratándose del indomable estado bonaerense.
Daniel Scioli, un apolítico sin contenido, sobrevivió al colapso del menemismo por su capacidad camaleónica. Lleno de nada, ideológicamente hablando, fue entonces el primer kirchnerista, una vez que mudó su piel anterior. Así de hueco, fue capaz de contener a sectores irreconciliables entre sí con su neoperonismo del siglo 21: nada de ideologías, mucho de apariencias.
Instituyó el “no hago nada, pero gestiono”. Como jefe de una confederación de caudillos que ni siquiera le responden, es un administrador de situaciones que sobrevive surfeando en la cresta de la ola. Todos los temas les son ajenos y todos, además, le incumben: allí donde hay un problema, él está antes que nadie para reclamarle al jefe político local que lo solucione.
Así de inviolable, fue capaz hasta de conseguir un respaldo proporcionalmente mayor al de la Presidenta en las últimas elecciones.
Pero no estaba sólo: el cuerpo había sido infectado por la candidatura a vicegobernador de un cuerpo extraño, el incondicional K Gabriel Mariotto, su sombra mala, su contracara, su karma.
Mientras el gobernador bonaerense construye, Mariotto reconstruye. Así planteadas las cosas, a Scioli, el sobreviviente, prepara una nueva mutación de piel en un acto que, esta vez, puede ser definitivo.
Su esposa, la modelo y empresaria (con dineros del Estado) Karina Rabollini, se ha transformado en su único alterego. Incapaces de generar política, a los Scioli no les ha quedado otra que clonarse.
Experta en nada, a la Rabolini tampoco le haría daño una derrota. Por eso, ¿por qué no intentar una candidatura? Admirada en los sectores glamorosos de la sociedad, es aceptada como un modelo envidiable por las clases medias insatisfechas y considerada como la posibilidad de alguna ayuda instantánea y, aunque efímera, ayuda al fin por los sectores más postergados, que la ven como a una princesa mágica que puede "bajar" y hacerles cumplir –como un concurso de Susana- alguna de sus necesidades transmutados de tanto esperar en "deseos".
Fue el diario La Nación quien hace unos días la descubrió como "la carta secreta del sciolismo", en un globo de ensayo que rápidamente usaron todos. Desde el kirchnerismo y también desde la desconfigurada oposición, comenzaron a medirla desaforadamente. Y es más: la Casa Rosada evitó darle entidad mientras investiga, en sus laboratorios, la calidad electoral del nuevo espécimen recientemente hallado.
Como gato encerrado por su vice Mariotto, Scioli reacciona. No lo condicionan los parámetros clásicos de la ciencia política, que tanto esgrime la juventud que rodea a la presidenta.
Y así, sin códigos, como siempre le fue bien, avanza con su esposa a quien puso a repartir planes sociales desde la presidencia del Banco Provincia de Buenos Aires.
A la candidata con nombre de perfume le da lo mismo Venezuela que Colombia, los últimos dos destinos de su esposo el gobernador, en medio de la disputa por YPF. Lo de ella es el glamour.
Y, por cierto, no hay nada más glamoroso que hacerle morder el polvo a otra mujer en su propio territorio.
@GabrielConteMDZ

