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Básicamente, gobernar es solucionar conflictos, no trasladárselos a la sociedad
Cuando el Estado decide contar con un área que se encargue de la Seguridad, por ejemplo, lo que está haciendo es mediando en la conflictividad social, intentando que los conflictos, las diferencias e intereses contrapuestos –que son la base de una sociedad normal en la que todos piensan y actúan de maneras distintas- no se resuelvan de manera violenta. Cuando lo hace como parte del conflicto, fracasa, como lo vemos cotidianamente cuando estas áreas se ponen como parte del problema y no como parte de la solución.
Esta misma modalidad puede traspolarse al resto de las áreas que componen el Estado. Un gobierno, entonces, es tal y se justifica su existencia cuando avanza en la canalización de esos conflictos exitosamente: priorizando, negociando, evitando que la sangre llegue al río.
Durante mucho tiempo, estamentos de las áreas gubernamentales se entrenaron con herramientas de negociación, arbitraje y resolución de conflictos. Mendoza, en la década pasada, tuvo un liderazgo nacional al capacitar a muchas áreas de su propio gobierno en recursos para la avanzar en la mediación.
A todas luces, quienes se apropiaron de esos instrumentos lo han podido utilizar para llevar su trabajo a niveles que podrían calificarse como exitosos. Pero hubo un gran fracaso a la hora de avanzar en la escalera del poder: los principales decisores públicos, arriba, siempre estuvieron demasiado ocupados en las cuestiones coyunturales, en la política partidaria o en otras cosas, lo que les impidió ponerse al día en este tipo de temas. Otros, lisa y llanamente consideraron que ya lo sabían todo y que nada les resultaba ajeno a la hora de enfrentar las principales decisiones de un gobierno. A esos les bastó la foto del que manda detrás del escritorio en el que se refugiaron, cual trono impenetrable.
Sin embargo “no es así la cosa”, como se puede escuchar en cualquier café a algún sabio analista popular. Los estratos medios del Estado sí lograron volcar lo que fue una “cuestión de actitud” en su trabajo diario. Sus jefes no.
La última Vendimia dejó en claro qué pasa cuando no se sabe cómo actuar frente a un conflicto. Porque podremos hablar mucho del origen, legitimidad y duración del entredicho que originó el bochorno histórico, pero también hay que detenerse en cómo se afrontó una situación de crisis por parte de las personas en quienes delegamos la tarea de dirigir áreas estratégicas del Estado.
No se supo mediar. El conflicto –como si se tratara de un agujero negro- se subsumió comiéndose a las propias cusas y a la Vendimia, el Estado, la sociedad y a todo lo que giraba a su alrededor. La “solución” presumida y asumida fue la peor: pasó todo lo que no debía pasar.
Queda claro entonces que una actitud épica supera, hoy en día, en boca de los funcionarios, a la responsabilidad de gobernar que les toca como mandato. “Yo di la cara como pocos lo han hecho”, dijo, por ejemplo, el secretario/ministro de Cultura, reclamando cucardas y pasando facturas a sus pares del Gabinete, según se puede leer de esas palabras.
Pero el asunto es que nadie está buscando –como lo puede presumir el funcionario- héroes, sino gobernantes, gente capaz de superar un escollo con éxito y sin ruido, sin aplausos y con el único (y gran) mérito de que el Estado funcione, avance, lidere, proponga, ejecute y sorprenda para bien.
Todos los días un intendente logra que mil problemas encuentren su cauce y, probablemente, que otros diez, veinte o cien, no. Lo mismo pasa en todos los laberintos de un Estado que funciona más por inercia que por impulso y que –más por suerte que por mérito- que todos los días da pequeñas respuestas.
Entonces, si “gobernar es solucionar conflictos”, resaltarlos, ensalsarlos y dejarlos rodar hasta que estallan, ¿qué es?
La última Vendimia dejó en claro qué pasa cuando no se sabe cómo actuar frente a un conflicto. Porque podremos hablar mucho del origen, legitimidad y duración del entredicho que originó el bochorno histórico, pero también hay que detenerse en cómo se afrontó una situación de crisis por parte de las personas en quienes delegamos la tarea de dirigir áreas estratégicas del Estado.
No se supo mediar. El conflicto –como si se tratara de un agujero negro- se subsumió comiéndose a las propias cusas y a la Vendimia, el Estado, la sociedad y a todo lo que giraba a su alrededor. La “solución” presumida y asumida fue la peor: pasó todo lo que no debía pasar.
Queda claro entonces que una actitud épica supera, hoy en día, en boca de los funcionarios, a la responsabilidad de gobernar que les toca como mandato. “Yo di la cara como pocos lo han hecho”, dijo, por ejemplo, el secretario/ministro de Cultura, reclamando cucardas y pasando facturas a sus pares del Gabinete, según se puede leer de esas palabras.
Pero el asunto es que nadie está buscando –como lo puede presumir el funcionario- héroes, sino gobernantes, gente capaz de superar un escollo con éxito y sin ruido, sin aplausos y con el único (y gran) mérito de que el Estado funcione, avance, lidere, proponga, ejecute y sorprenda para bien.
Todos los días un intendente logra que mil problemas encuentren su cauce y, probablemente, que otros diez, veinte o cien, no. Lo mismo pasa en todos los laberintos de un Estado que funciona más por inercia que por impulso y que –más por suerte que por mérito- que todos los días da pequeñas respuestas.
Entonces, si “gobernar es solucionar conflictos”, resaltarlos, ensalsarlos y dejarlos rodar hasta que estallan, ¿qué es?