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Gestos que valen más que mil palabras

La presidenta logró mostrarse como única "dueña" del poder, ocho años después de ser parte del proyecto que gobierna el país. Su hija le puso la banda y ya no hay, prácticamente, escollos en su camino. Se esperaba un puente hacia el diálogo, pero pidió acompañamiento para sí misma.
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Reasumió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Se especuló mucho sobre los detalles del acto pero nadie, sinceramente, pudo calcular lo que finalmente pasó: tanto la mandataria como su vice, Amado Boudou, "autojuraron". Sin embargo, el detalle gestual que ha causado más polémica es que la banda presidencial la colocó su hija, Florencia Kirchner, ante un vicepresidente que, al final, no fue tan golpeado en este acto y que, en ese mismo momento, tras aplaudir, daba media vuelta y se retiraba del Congreso.

Jurar por "Él", en referencia a su marido fallecido, el ex presidente Néstor Kirchner, representó otra osadía. Elevarlo al rango de deidad por la cual se puede jurar en paralelo a la Dios, la Patria y los Santos Evangelios fue otro indicador de lo que puede evaluarse como "un simpático salteo al protocolo" o "una afrenta a las normas de la República".

Más allá del cotillón simbólico, fuertemente místico, lo importante: el discurso presidencial.

La presidenta pronunció un discurso con altibajos, yendo de lo estratégico a lo más o menos banal de manera alternada: ora, una estadista; ora, una comentarista de televisión; ora una animadora sociocultural. Pero siempre, sosteniéndose a sí misma como la jefa del proyecto en que abrevan todos los demás dentro del oficialismo y, a decir verdad (y hasta tanto no aparezcan figuras y proyectos de relevancia) también de la oposición.

Cobos, criticable o no, representó, finalmente, una cuña que permitió equilibrio, una posibilidad de contrapeso y control, una voz que, aunque débil, era discordante desde adentro de la fórmula de gobierno.

Está clarísimo que eso ahora no pasará: Boudou, alineado y subordinado ("Yo te puse de vicepresidente") tomó la palabra como si estuviera en un escenario artístico, festejó y rió desenfadamente cada chiste de la mandataria.

Ella demostró en sus palabras ante la Asamblea Legislativa, que, además de liderar un proyecto, sabe cómo va a continuar. Demostró autoconfianza. Hizo un discurso fuertemente basado en los temas de "la economía real" y repasó, a vuelo de pájaro, las políticas sociales, dándolas por arraigadas definitivamente.

Se aguardaba una apertura al diálogo político, lazos que permitan discutir la agenda del país con gente que no comulga con sus ideas, pero no pasó. Pidió más adhesión y hasta se burló de quienes la critican. No tendió ningún puente.

Reafirmó sus críticas al ajuste y se rió, graficamente, de la crisis mundial. Repasó artículos de lo diarios de hoy, se quejó de algunos titulares de medios "adversarios" y volvió a criticar a los organismos financieros internacionales, a quienes instituyó -a falta de una expresión local dentro de la política- como los verdaderos opositores a su gobierno.

Sin dudas, los gestos quedarán en la superficie más que cualquier otro punto de su mensaje al país: Cristina Fernández de Kirchner hizo pie definitivamente en el poder. Ya no hay "Cobos" ni detractores a su alrededor. Y "Él", ya no es una figura de tensión, compañía o disputa, sino de inspiración.