Salud, un volantazo en medio de la tormenta
Una guerra sin cuartel se libra entre los gremios de la salud y la administración sanitaria de Mendoza. Unos, porfían con fuertes medidas de fuerza; desde el Gobierno se les replica con amenazas de multas que hasta triplican el patrimonio de los gremios, apuntando directamente a su desaparición.
Ambos atentan contra principios que sustentan en sus argumentaciones. El gobierno peronista desconoce el poder gremial al punto de asfixiarlos por no cuadrarse a sus iniciativas. Los sindicatos, en tanto, le niegan la atención de la salud a miles de personas bajo un argumento claro, pero contradictorio: “Paramos por una mejor atención a los mendocinos”, según podría sintetizarse.
¿Qué buscan ambos sectores en pugna? En lo inmediato, a simple vista, los representantes sindicales pretenden mejoras en las condiciones laborales de los trabajadores; los funcionarios, frenar esos reclamos.
Fuera del cuadrilátero, los primeros aseguran que no se han creado los cargos de médicos para cubrir los reemplazos ni se han pasado a planta a médicos que fueron contratados bajo un mecanismo de excepción que se transformó, con la desidia del paso del tiempo, en regla.
Borrón y cuenta nueva
El planteo del Gobierno parece, en tanto, contundente y tan ponderable como el anterior: reformar, de una vez por todas, el sistema de salud, quitando los privilegios, democratizando las estructuras y transparentando el ejercicio de la gestión en cada unidad, en cada efector.
¿Cuándo es el Día D de las reformas como las que se están planteando? A la luz de los antecedentes –que no son muchos- no hay formas estandarizadas para comenzarlas. Sí resulta necesario apoyo, que no es lo mismo que consenso.
Cuando en 1998 el Gobierno tuvo que echar mano a un replanteo integral del sistema de seguridad ante la anarquía generada por una rebelión policial no tenía consenso: los discursos eran sensacionalistas, los medios los reproducían sin más, buscando la adhesión fácil y los políticos poco sabían del tema, atentos a que no siquiera se habían hecho cargo de conducir esa área 15 años después de recuperada la democracia.
Pero siguió una norma de manual:
1- Estuvo decidido a avanzar;
2- Cerró el frente interno y todo el Gobierno se cuadró;
3- Se salió a explicar en qué consistía lo que había que hacer a toda la oposición y se consiguió (en alguinos casos a regañadientes) su respaldo formal;
4- Con eso en la mano, se plantearon leyes de fondo y se aprobaron en la Legislatura;
5- En medio de todo, se convenció a los referentes sociales y a los medios de la importancia de la reforma y de la necesidad de su continuidad.
No tenían apoyo de arranque, pero lo consiguieron: siguieron los pasos necesarios para conseguirlo. ¿Hoy lo están haciendo? ¿La pretendida reforma de salud es tal?
En las nuevas medidas, necesariamente, deberían estar incluidos, comprendidos, analizados al menos, los reclamos sindicales de vieja data. El Gobierno no le puede encargar a un ministro que, por sí solo, arremeta contra los presuntos privilegios de los que habla el titular de Salud. Y aun si el Gobierno en pleno decidiera avanzar, en su último año en el ejercicio del poder, nada podrá hacer si no reclama y consigue el respaldo de la oposición.
Si realmente el Gobierno de Mendoza se decide a replantear todo el sistema sanitario no debe quedar dudas que será respaldado. Si no de la oposición, de las corporaciones vinculadas al sistema o de los propios (no siempre los que apoyan dentro del Gobierno realmente lo hacen, ya que el éxito ajeno puede atentar contra las propias aspiraciones), lo que Salud deberá mostrar es cómo impactan las medidas directamente en la gente. Es más: debería ser la gente la que lo palpite y lo comunique.
Las reformas no dan héroes a la democracia, sino que ponen a la altura de las circunstancias a bolsones de canonjías que permanecen desde siempre por la inercia de un Estado mediocre.

