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El diálogo como combustible de la vida política

La política argentina funciona con la fuerza de una rara tracción: palabras como combustible que, de tanto invocarlas, terminan por extinguir su significado.

Así, lo fueron –a lo largo del siglo veintiuno: voto, peludo, golpe, infame, pueblo, masas, dictadura, democracia, revolución, invierno (hay que pasar el) y nuevamente, dictadura, acuerdo. Lo fueron golpe (nuevamente), resistencia, movilización, dependencia, paz, conflicto, multipartidaria, voto y democracia (con la que se come, se cura y se educa).

Vinieron luego avispa, síganme, corrupción, salariazo, carapintadas, alianza, aburrido, helicóptero, saqueos. Default. Piquetes, inclusión, redistribución, pingüino, mujer (será porque soy).

Hasta hace poco la palabra que movía la vida política era “traidor” y por primera vez, luego de que se pronunciara “derrota” volvió a usarse “traidor”, pero por otros (muchos, conurbanos), más propios.

Pero la palabra del momento es “diálogo”.

Por mucho que se la pronuncie, el diálogo no viene solo: necesariamente requiere de, por lo menos, dos. De unos y de otros. (No sirve hablar sólo ni con los que son lo mismo que uno). Necesita, además,  lenguas en movimientos y orejas dispuestas, pero en dosis iguales o equivalentes. Si no se cumple esta última regla, se pasa al monólogo automáticamente. Y si esto pasara, su rol de combustible de la vida política del país podría pasar a convertirse en material inflamable, capaz de eliminar esa misma existencia.

Puede pasar algo peor por tanto echarle “diálogo” como combustible a la realidad sin antes encender la máquina. Puede pasar que se ahogue y no funcione. Los que saben, sostienen que se trata del mejor carburante para la democracia, aunque lo hay de mejor y peor octanaje. Hay falsos, simulados y ficticios diálogos, además del verdadero e invocado ahora.

Perón “dialogó” con las masas y Uriburu con las armas. Yrigoyen no dialogó con casi nadie, pero luchó para que la gente dialogara a través de las urnas. Onganía dialogó con Mariano Grondona; Justo y Ortiz con la Sociedad Rural. Videla, Massera y Agosti lo hicieron con la Iglesia y la Iglesia dialogó con ellos. Alfonsín, con los carapintadas, pero también con los partidos políticos. Menem escuchó susurros al oído en otro idioma y lo movió a sostener relaciones carnales. Kirchner dialogó con Menem, con Duhalde, con su esposa Cristina y con Cobos. Con D´Elía, Guillermo Moreno, Ricardo Jaime. Habla, ahora, frente al espejo mientras que su esposa –a quien cada vez le conviene menos hablar con su marido, llama a todos aquellos a quienes les negó todo (la palabra, la existencia) a dialogar.

La convocatoria a hablar de las cosas de las que hay que hablar es una tardía novedad para el Gobierno. Pero hay que alentarla y cuidarla. Porque no hay otra forma de lograr que los engranajes institucionales se muevan y funcionen.

¿De qué hablarán? La Presidenta quiere orientar estos encuentros hacia una consolidación de las estructuras partidarias tradicionales y marcar la agenda de los últimos dos años –de un total de ocho- en el poder del matrimonio Kirchner.

Sin embargo hay otras palabras que no deben faltar en este crucigrama que llenarán oficialismo y oposición. Éstas son, entre muchas otras que el lector podrá agregar a la lista: economía, superpoderes, corrupción, Indec, soberbia, inflación, gripe, empleo, pobreza, institucionalidad.

Si no hablan de lo que la sociedad reclama que se hable, no servirá de nada.