Presenta:

Cómo fabricar la “sensación” de seguridad, cuando ocurre lo contrario

Hay acciones que toma el gobierno para generar sensación de seguridad. El problema es que cuando creen en sus propios operativos, erran el diagnóstico y toman medidas equivocadas.
238075.jpg

Carlos Ciurca es el mejor ministro que la provincia puede tener, en este momento, al frente de la cartera de Seguridad.

Hay varias razones para afirmar esto que es tan solo una opinión: es político y por lo tanto sabe conducir; se especializó en temas sociales y por lo tanto no desconoce cuáles son las verdaderas causas de la violencia; es peronista y dirigente territorial del PJ y por ende tiene poder para sostenerse; gobierna el ministerio en alianza con el sector azul del oficialismo, el mismo que lleva la voz cantante en las elecciones con Adolfo Bermejo con candidato y, entonces, tiene equilibrio político para continuar al frente.

No está siendo exitoso en la tarea, un objetivo difícil de alcanzar para todo aquel que no tenga todo el poder político necesario y la comprensión para encarar una tarea que supere al mero rol de “ministro de Policías”.

Su problema es el gobierno del que es parte, y se agrava en un año electoral en el que se ven forzados a sacar de la galera acciones que le hagan creer a la gente todo lo contrario de lo que realmente pasa.

En un mundo donde reinan las sensaciones, lo que se busca no es resolver problemas, sino generar nuevas sensaciones: de tranquilidad, de gestión activa, de seguridad.

Cuando se decide creer que lo que pasa es tan sólo una sensación, pasa, en definitiva, que vivimos en un mundo ficticio, en un círculo vicioso, en un mundo de sensaciones.

Sensación de tener al mundo en un puño. La mejor receta que dan quienes tienen mayor experiencia y éxito en la tarea de gobernar, es hacer o tener (conseguir, alquilar, comprar) un buen diagnóstico de qué es lo que pasa. Si la idea que se tiene de la realidad es equivocada, sustentada sólo por el imaginario popular o bien, si nos basamos en el “olfato”, premoniciones, percepciones (sensaciones) o verdades de Perogrullo, a la hora de darle respuesta a los problemas sólo estaremos respondiendo con un inútil ademán que, o no causa consecuencias de ningún tipo, o todo lo contrario: le echa más leña al fuego.

Sensación de estar gobernando. El gobierno tiene casi dos millones de pesos por día para Seguridad. Pero si no cuenta con un diagnóstico claro, no será inversión sino derroche. Pongamos un ejemplo claro, ficticio, claro está: El gobierno decide dar a conocer a la prensa sólo los robos menores, aun cuando lo que esté pasando sea mucho más grave. Supongamos también que logra crear la sensación de que el problema es ese, miles de arrebatos cometidos por niños malos sin control. El gobierno lee la prensa que le hace caso y se cree su propia operación y toma, en consecuencia, medidas para resolver esa sensación que ha creado. Los resultados serían catastróficos, porque estarían lanzando fuego a discreción sobre un fantasma, mientras que el monstruo verdadero se ríe a carcajadas por detrás.

Sensación de que se invierte en seguridad. Esta falsa idea de estar depositando fondos para cambiar la realidad de la inseguridad puede hacer creer a los crédulos pero también a ingenuos y distraídos, que cada día, a fuerza de equipamiento y gasto público, el delito y la criminalidad dan un paso más hacia atrás, cuando en realidad no ocurre.

Sensación de ninguneo. “Que manden a la Gendarmería” pudieron pensar los cinco policías que el sábado a las 8 de la mañana tomaban café en la rotonda de la Terminal y Costanera y que, cuando les fueron a avisar, desesperados, de que estaban golpeando y atacando con un arma a una persona, miraron al denunciante con desdén. Es que es lógico pensarlo. El gobierno presentó con bombos y platillos el desembarco (una vez más) de los gendarmes. La Gendarmería, según lo anuncia en su propia página web, no está preparada para trabajar en la seguridad urbana, pero se espera de ella eso. Es increíble: ¡se la obliga a trabajar en algo que no es su especialidad! La Gendarmería es buena, en todo caso, como cuerpo antitumulto. ¿Alguien pensó en que se ocupen de poner a raya a los barrabravas? No. Los ponen a desfilar setenta pasitos para acá y setenta para allá, en forma de cruz, por las calles del centro. Seguimos a una pareja de gendarmes y es eso lo que hacen. Buscan una brújula. No tienen la menor idea de dónde están parados, desconocen la realidad social y delictual de Mendoza, no saben por qué los alejan de sus familias cientos o miles de kilómetros. Conclusión: en este mundo de sensaciones, el gobierno tienen la sensación de que va a crear una idea de saturación de la vigilancia (aunque los delincuentes no se chupan el dedo), los gendarmes van a tener la sensación de que están haciendo algo para lo que no fueron preparados y probablemente, la Policía de Mendoza siga ninguneando a la gente que recurre a ellos porque también tienen una sensación rara, una que indica que los han ninguneado a ellos trayendo gendarmes a malcumplir con su propio rol.

Sensación de caos. La orden indica que de noche y de día los móviles policiales deben patrullar con las balizas encendidas, como acudiendo a un hecho prestamente. La idea ya se usó en la época de Leopoldo Orquín, pero en un contexto diferente. En aquel entonces, se diseñó un sistema de patrullajes por cuadrículas, determinando y adjudicando áreas de acción a los móviles policiales durante las 24 horas. La idea era que se conocieran con los vecinos, que se anticiparan a los hechos, que disuadieran a los delincuentes y que los vecinos pudieran controlar su presencia y, por eso, las balizas encendidas. El problema de antes fue pequeño y absurdo, pero real: todos los días se quemaban las luces y era muy burocrático volver a comprarlas. Hoy, además de esto, pasa que no hay un sistema de cuadrículas predefinido y por lo tanto los móviles pasan a lo tonto, todo el día, con las balizas. El viernes, un grupo de vecinos reunidos en el barrio San Lorenzo de Las Heras informaba azorado: “Es increíble, a cada rato pasan móviles persiguiendo delincuentes; nunca hemos estado peor”. Consultadas las autoridades policiales fueron sinceras: “no, no, mire, lo que pasa es que ahora los móviles van y vienen con las balizas encendidas, pero es para disuadir. Pero no se trata de persecuciones”. La sensación, una vez más, cuando las acciones se programas por ocurrencia y no por planificación, les sale por la culata e hiere de muerte la escasa credibilidad de las políticas públicas de seguridad. La sensación de seguridad que se pretendía generar con tanto móvil iluminando de azul y blanco la calles se ha transformado en una sensación de caos incontrolado. Un chasco.

Vivimos en un mundo de sensaciones.