El raro espectáculo de una muerte singular, que tendrá un final feliz
Gran Hermano/ Capítulo final. En un espectáculo raro, los canales de televisión no cesaron ni de día ni de noche de transmitir la imagen del ex presidente Raúl Alfonsín en su ataúd y una cola en la que conocidos y desconocidos se alternaban para darle el último adiós. No sabemos aún el rating obtenido. Sin embargo, hay algo que es contundente: los medios de comunicación –y, sobre todo, los audiovisuales- siguen siendo los dueños de un poder tremendo, un poder que eleva o disminuye; que consagra o condena; que moviliza o paraliza. Así es ahora y lo fue, también, durante el gobierno de Alfonsín.
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Pero no sólo este “espectáculo de la muerte” fue el centro de la escena. “La previa”, los momentos de espera del velatorio, funcionaron con la mecánica de los programas de análisis al estilo Gran Hermano. Rescatando a Alfonsín, todos, hasta los que hicieron más de lo posible para enterrarlo en vida, hasta los que nunca se “rebajarían” a pisar un piso de un canal de cable, lo hicieron, desfilaron para sentarse en los estudios para contar anécdotas que pretendían, por lo general, agrandar a quien la contaba y no al homenajeado. Plantas escuálidas que dio la política, queriendo crecer a la sombra, inmensa sombra, del presidente muerto.
Así, es necesario imaginarse, por citar un caso, a Fernando de la Rúa sentado al lado de un viejo teléfono fijo en su casa, secándose la transpiración por el agotamiento de tanto hablar, esperando ser puesto al aire en Canal 26, TN, C5N y así sucesivamente para decir…nada. Por lo menos, nada que pueda creerse de sus labios. Lo mismo hicieron muchos otros. Algunos, en vivo, intentaron –en vano, claro está- equiparar su estatura a la del muerto. Tal el caso del ex presidente Kirchner quien, en diálogo con sus adláteres de C5N no cesó un instante de hablar en modo “nosotros” al referirse a Alfonsín y sumarle a su esposa Cristina a la foto hablada de lo que para él representa algo así como la Santa Trinidad de la Democracia.
“Qué tristeza. Y qué alegría”. Con esta bipolar frase, una porteña que llevaba un ramo de flores arrancadas de su propio jardín, ramo ralo, que lucía tan triste como ella, pero flores al fin, sintetizó frente a las cámaras de televisión lo que estaba pasando allí, en las escalinatas del Congreso. Había dolor, pero también cierto regocijo. Lo primero, por la obvia razón de que, junto a otros miles de personas, se disponía a ingresar a la capilla ardiente en donde velaban los restos de Raúl Alfonsín. Expliquemos ahora un poco eso de la alegría: es que se producía el reencuentro de una generación que se desperdigó, aquella que después de los saqueos y corridas de 1989 que le dieron un toque popular al golpe de Estado económico contra el ex presidente salieron corriendo para no volver a la política.
El periodista Osvaldo Bazán se sinceró en su columna del diario Crítica, el día después de la muerte de Alfonsín. Ya desde el título dio una señal que nos estremeció tanto o más que el fallecimiento del líder: “Oficialmente, ha muerto nuestra juventud”. Y es que eso pasó y generó ese escalofrío de tristeza y alegría.
Cuando indagamos a radicales y no radicales en torno a las sensaciones que despertó el suceso que ocupa todas las cámaras de la televisión nacional, hubo una constante y fue la sensación de que, junto con esta pérdida, se nos había ido parte de la adolescencia y juventud de toda una generación. Adosado al final de los días de Alfonsín sobre la tierra, se nos fue la juventud, como escribió Bazán. Pero también quedó una sensación de estar al borde del abismo y con la urgente necesidad de pasar al frente de las decisiones, como cuando ya se murieron los abuelos y, de repente, nos damos cuenta que también se murieron nuestros padres. “Nos toca a nosotros; somos quienes seguimos en la lista”.
Alfonsín había muerto otras veces. Raúl Alfonsín murió por primera vez en 1987, cuando luego de salvar al país de una guerra civil encabezada por el ahora demócrata, nac&pop (nacional y popular) Aldo Rico, le dimos la espalda, lo condenamos a su primer fusilamiento cívico. Cuando más poder popular necesitaba, se lo quitamos. Como cuando encaró el histórico Juicio a las Juntas Militares, citando un precendente mundial que ni siquiera es equiparable a Nüremberg. No salimos a apoyarlo; no lo hicimos. Recién nos movilizamos cuando envió al Congreso las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final.
Alfonsín: 1927-1989. Sí, en 1989 lo mató el Mercado al acelerar su capacidad de voracidad y al hartarse de un presidente que había logrado sostener por demasiado tiempo un sistema democrático en donde se intentaba que todos valiéramos lo mismo y en el que necesariamente había que marcar las diferencias con una dictadura en la que pusieron la cara los militares, pero sosteniendo los hilos de esas marionetas salvajes se encontraban los banqueros, grandes empresarios y propietarios de campos. Y también muchos políticos a quienes les resultaba difícil sino asqueante someterse al voto popular.
“Tantas veces me mataron”, pudo reflexionar Alfonsín tarareando la canción de María Elena Walsh, cuando casi muere de verdad en un choque patagónico. Pero también lo pudo pensar antes, cuando la dirigencia de su propio partido le escapaba a la foto con él porque se había transformado en un piantavotos. Los votos, finalmente, se piantaron solos, hasta el extremo de dejar a su partido más partido que nunca y a sus insólitos candidatos de comité figurando en los resultados detrás de políticos/candidatos tan formados como Moria Casán, por ejemplo.
Muerte, resurrecciones y milagros. Precisamente la muerte de Alfonsín, cual santo de la democracia, está produciendo ya milagros. No su propia resurrección, está claro, ya que ese tipo de ficciones se las dejó a la Iglesia a la cual tuvo la valentía de responderle sus agravios subiéndose al púlpito de la catedral, como nunca nadie antes o después lo hizo, marcando quién debe ser quien mande en el gobierno de la cosa pública. Lo que si está logrando generar son resurrecciones de otros y algunos milagros. Una serie de “muertos vivos” desfilaron junto al cadáver intentado captar la atención de las cámaras que, en vivo, transmiten sin interrupción el velatorio del ex presidente.
En cuanto los prodigios producidos, valga rescatar los pedidos de perdón puntuales de políticos y periodistas y, además, el hecho de que la gente misma, la ciudadanía, haya caído en la cuenta de que antes de que Menem arrasara con todo hubo un presidente, como que lo hubo también después de la noche de la dictadura. El milagro fue entender que hay algo más allá de la pelea entre el gobierno de los Kirchner y el resto. En esta concatenación de actos de contrición, el periodista Alfredo Leuco confesó, ante las cámaras de Canal 26, que él inventó un escándalo de corrupción y lo llevó a la tapa de la revista Somos. Pidió perdón al reconocer que no tenía tantas pruebas para haber sostenido un escándalo instantáneo que llevó al propio Alfonsín a presentarse en la empresa editora de la publicación, en persona, y reclamar por tanta necedad.
(El beso en la mejilla que le dio Carlos Menem al muerto; la elogiosa despedida de la Mesa de Enlace del campo, a quienes Alfonsín llamó "fascistas" cuando pretendieron humillarlo a chiflidos en una de las exposiciones rurales de Palermo).
Milagro (¿u oportunismo?) es también que el vicepresidente Julio Cobos haya abandonado las cámaras que lo tenían como mueble fúnebre en el Salón Azul del Congreso para arrimarse las cámaras del programa “A dos voces” de TN para ensayar una transferencia post mortem de liderazgos: “Voy a volver al radicalismo porque ese fue el último deseo de Alfonsín”, dijo y no hay forma de corroborar la veracidad del asunto.
Final feliz. Necesariamente se está construyendo, socialmente, un final feliz para este raro espectáculo. La gente ha repetido en los medios (y los medios, recordemos, reproducen su poder constantemente) dos palabras que estaban prohibidas en el léxico argentino: política y democracia. Desde hace más de 20 años que no se hablaba bien, al menos públicamente, de estas dos palabras y los conceptos que encierran. ¿Quién es el que ha muerto, en definitiva? ¿Es un cantante? ¿Un poeta? ¿Un filántropo? No, es un político y toda esa fuerza generada en la sociedad la ha producido un político. Eso fue Alfonsín. Ni más ni menos. Es feliz este final porque nos estamos dando cuenta que nos “metieron el perro” con aquello de los artistas, empresarios, celebridades de cualquier tipo a las candidaturas, arrogándose una representación que nunca superó la espuma. La política es la sustancia, el peso neto de la democracia. Y al hablar de democracia podremos, también ahora, contrastas qué tipo de democracia es la que queremos para nuestro país.

