Kirchner, un dramaturgo de la política que monta una comedia de enredos
Todo parece armado: el Gobierno aparece frente a la sociedad como "todo", dejando fuera de agenda a los opositores que no logran dar el primer paso y quedan como respondones. La política guionada, como una obra teatral de alto impacto emotivo, que nos deja a todos impávidos.
Pasados de rosca, en el Gobierno se está transformando lentamente en promotor y retractor de sus propias iniciativas.
Como siguiendo el libreto de algún dramaturgo de la política, se transforman adrede en oficialismo y oposición; institucionalidad y desestabilización. Marcan la agenda y la borran para volver a escribir sobre el agujero que dejan en el mismo papel. Copan el espacio: son todo.
Así, sobre el escenario, los personajes pasan del extremo dramatismo a la comedia, dejando en el público, nosotros, una sensación de poquedad atroz.
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No puede entenderse sino como parte de una trama literaria, de un guión calculado, el hecho de que el Jefe de Gabinete de Ministros de la Nación, nada menos que quien sería equiparable a un Primer Ministro en otros países, plantee sin frenos inhibitorios desde el hemiciclo de la Cámara de Diputados que hay una conspiración golpista y que el vicepresidente es parte de ella.
Si no fuese sólo una puesta en escena para conmover y crispar, para provocar emociones fáciles, arrancar aplausos aliados e incitar a los abrazos contenedores, para tirarle toda la luz sobre los presuntos “malos” de la trama, tamaña denuncia debería estar activando los mecanismos constitucionales que, de cajón, deben funcionar ante una amenaza contra el sistema democrático.
¿O qué hubiesen hecho en otros países, digamos, Chile, Estados Unidos, Brasil, España, frente a un caso similar? ¿Soltar tal convicción livianamente, como si se estuviera en el plató de un estudio televisivo?
Al mismo tiempo, se propone una necesaria reforma política, “para democratizarla”, y se niega la apertura sindical que democratizaría la vida gremial, tal vez devolviéndole a estas entidades el rol de defensor de los derechos de los trabajadores por el que fueron creados.
Por ese motivo, se mantiene a la “vidriera del país”, la Capital Federal, en un estado de caos latente por un conflicto sindical – el de los subtes, el de Kraft- que bastante seguido deja a un millón de personas boyando por la ciudad y a las cámaras de TV y sus micrófonos, atendiendo a los rehenes de la situación que hablan, protestan, opinan y colaboran en el enrarecimiento de un clima que –insistimos- si no se tratara de un acto teatral calculado, una experimentación con la dramaturgia, sería una provocación inaceptable.
En simultáneo, se convoca a una marcha a favor del Gobierno y se la desactiva. Y no sería parte de una comedia de enredos si los mismos que proclamaron la necesidad de amontonarse en una plaza para gritar “Sí Néstor, sí Cristina”, no hubiesen salido un par de horas más tarde a decir ¡todo lo contrario!
Por eso hay que estar más atentos que nunca. Muchas veces, cuando vemos una película o asistimos a un teatro lo que vemos y vivimos allí nos conmueve y condiciona.
Nos puede pasar lo mismo con la política cuando se la extirpa de los ámbitos naturales y se la pone bajo los reflectores. Por eso, la salud de la democracia está en que seamos curiosos –ciudadanos inteligentes- y nos colemos tras las bambalinas: veremos quién está detrás soplando el guión, moviendo las luces, subiendo el volumen de la música de fondo.
¿O qué hubiesen hecho en otros países, digamos, Chile, Estados Unidos, Brasil, España, frente a un caso similar? ¿Soltar tal convicción livianamente, como si se estuviera en el plató de un estudio televisivo?
Al mismo tiempo, se propone una necesaria reforma política, “para democratizarla”, y se niega la apertura sindical que democratizaría la vida gremial, tal vez devolviéndole a estas entidades el rol de defensor de los derechos de los trabajadores por el que fueron creados.
Por ese motivo, se mantiene a la “vidriera del país”, la Capital Federal, en un estado de caos latente por un conflicto sindical – el de los subtes, el de Kraft- que bastante seguido deja a un millón de personas boyando por la ciudad y a las cámaras de TV y sus micrófonos, atendiendo a los rehenes de la situación que hablan, protestan, opinan y colaboran en el enrarecimiento de un clima que –insistimos- si no se tratara de un acto teatral calculado, una experimentación con la dramaturgia, sería una provocación inaceptable.
En simultáneo, se convoca a una marcha a favor del Gobierno y se la desactiva. Y no sería parte de una comedia de enredos si los mismos que proclamaron la necesidad de amontonarse en una plaza para gritar “Sí Néstor, sí Cristina”, no hubiesen salido un par de horas más tarde a decir ¡todo lo contrario!
Por eso hay que estar más atentos que nunca. Muchas veces, cuando vemos una película o asistimos a un teatro lo que vemos y vivimos allí nos conmueve y condiciona.
Nos puede pasar lo mismo con la política cuando se la extirpa de los ámbitos naturales y se la pone bajo los reflectores. Por eso, la salud de la democracia está en que seamos curiosos –ciudadanos inteligentes- y nos colemos tras las bambalinas: veremos quién está detrás soplando el guión, moviendo las luces, subiendo el volumen de la música de fondo.


