No tener estadísticas de delitos fue declarar al país "zona liberada"
No ofrecer estadísticas de delitos en la Argentina fue, desde 2008 hasta aquí, otra forma de generarle a la industria del delito una zona liberada. Claro que, en este caso, el territorio abarcado fue toda la república.
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Solo quedan algunos románticos que sostienen teorías tales como que la pobreza incuba delincuentes, que la policía "es la que sabe qué hacer" o que más vale el olfato que los datos.
El delito es una industria, una factoría y debería abordarse íntegramente como una actividad económica que, aunque en negro, lo es.
Si el país -o sus gobernantes, mejor dicho- hubiese querido desarrollar herramientas de dimensionamiento y control de la actividad criminal, hoy podríamos pronosticar su incidencia a futuro a partir de indicadores del presente y evaluando los del pasado, como sucede con cualquier otro factor económico.
Podemos predecir el índice inflacionario casi con certeza, y aun esperar su crecimiento sin que cunda el pánico, pero hemos estado -y aun lo estamos, por cierto- a ciegas en materia de delitos: no se supo en casi una década qué pasaba, en dónde y la justicia tiene todo un rol que cumplir: decir quiénes, cándo, cómo y por qué lo hicieron.
No hay que ponerse tan contentos con la reaparición de las estadísticas criminales. El hecho -que, por supuesto, hay que destacar- nos coloca no en el presente, sino ocho años hacia atrás. Esas cifras que nos muestran una idea de lo que pasó en 2014 y 2015, son una construcción de lo posible con herramientas viejas.
Por ejemplo, Mendoza aparece al tope de las provincias en donde hay más robos, tercera en las que hay más violaciones y por encima del promedio nacional de asesinatos en función de denuncias formuladas. Todos sabemos que es muy difícil formular una denuncia en esta provincia: no rige el mismo código procesal penal en todo su territorio, las fiscalías son incómodas, muchas de ellas con escaso personal o no del todo capaz de atender la demanda. (Muchos hemos pensado dos veces si denunciar o no un hecho delictivo, basados en el costo beneficio de arriesgarnos a que el denunciado se cobre venganza vs esclarecimiento del delito y recuperación de lo robado o la reparación del hecho).
Navegamos un avión a la velocidad de la luz, sobre zonas urbanas y sin instrumental: esa es otra metáfora para graficar lo que se vivió en ausencia de diagnósticos reales y en tiempo prdencial de la criminalidad. Y mientras eso pasaba, aquí abajo se congelaban las instituciones que tienen mucho que decir al respecto en los tres poderes del Estado, sumidas en debates banales sobre temas tan graves como que podrían proteger o quitar la vida a miles de personas.
¿A quiénes les convino trivializar la estadística criminal, al punto de convencer a la población de que podíamos dormirnos en los laureles mientras "alguien" se encargaba, "a ojo", de -en definitiva- regular la actividad delictual?
El problema a resolver, entre tantos, es que aquella misma Justicia que no estuvo a la altura de las circunstancias es antes la que deben dar respuestas.

