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Elecciones

Si gana Dilma, ¿gana Cristina?

En foco, qué implica para el Gobierno argentino las elecciones brasileñas de este domingo.
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Hay un doble estándar con los países vecinos. Por ejemplo con Brasil, mantenemos una relación tensa, sino de conflicto permanente, en materia comercial. Pero en lo político, el Gobierno de nuestro país se define por la brasileña Dilma Rousseff y sus partidarios lo son también de un nuevo triunfo de la candidata que le podría dar al PT su cuarta gestión, tras dos de Lula y la posible repetición de la mandataria.

Ocurre lo mismo que con Chile y Bachelet o Bolivia con Evo Morales. En este último país, menos determinante para las relaciones comerciales de la Argentina, su presidente camina hacia una reelección por más de 40 puntos de diferencia por sobre su opositor más cercano en las encuestas.

Brasil es mucho más: es el fiel de una balanza política internacional, representa el liderazgo de las naciones latinoamericanas que la Argentina no ha logrado desarrollar y, además, es su principal Estado ante el resto del mundo.

Lo que pueda pasar con Rousseff, ¿es aplicable a Fernández de Kirchner? No, en principio, ya que aquí no se logró modificar las condiciones constitucionales que le facilitaran a nuestra Presidenta la posibilidad de competir por un tercer mandato. Cristina, sin embargo, ya goza del segundo mandato, como el que aspira Dilma. Y de hecho, a la dirigente peronista platense le costó menos su reelección que a su vecina brasileña: aquí llegó con facilidad, a pesar de que en el primer período estalló por los aires la “transversalidad” y la “convergencia” de “un nuevo peronismo con un nuevo radicalismo” que firmaron en su momento Néstor Kirchner con Julio Cobos y que colocó al mendocino en la Vicepresidencia.


Dilma llega con dificultades, amenazada social y políticamente, aunque la economía también la golpea con una recesión que se hace sentir. Acalladas las movilizaciones previas al Mundial de Fútbol que llevaban quejas reales de personas que reclamaban transporte y salud, esas demandas no fueron satisfechas todavía. Se dijo que perder el Mundial le iba a costar la reelección a la Presidenta y nada parece indicar que esa razón mueva la aguja este domingo.

Más bien otros factores, como la corrupción heredada de las gestiones de Lula y las del propio ejercicio del poder, es lo ha puesto en la picota a Rousseff. Otros hechos no calculados, como la muerte de uno de sus rivales, Eduardo Campos, también comenzaron a limar sus posibilidades fácticas de permanecer en el palacio del Planalto. Fue tras el accidente del socialista que emergió la figura de una gemela que la puso en crisis: Marina Silva. Ambas fueron ministras de Lula; las dos fueron mimadas por Lula; Dilma y Marina fueron reclutadas y lanzadas a la política por Lula. Y Lula, vale la pena decirlo, es quien todavía tiene una imagen positiva contagiosa que los brasileños pondrán en juego este domingo a la hora de votar. Por un lado, porque Lula reimpulsa a Dilma. Por el otro, porque Marina se pegó a Lula, al menos en el imaginario, como para mostrarse una opción a la altura de la Presidenta. Vale señalar como dato superlativo que Campos estuvo tercero siempre en las encuestas y Silva, que era quien lo secundaba, en algunos momentos hasta pasó por encima a Rousseff, hasta que las cargas se acomodaron y hoy se habla de que los brasileños están dispuestos a darle una posibilidad más a su mandataria.

El gran temor está planteado, ahora, en la segunda vuelta. Esa posibilidad aterra al PT, el oficialismo gobernante. Es que el ex presidente Fernando Henrique Cardoso, del socialdemócrata PSDB que postura a la Presidencia este año a Aécio Néves, ya dijo que, en caso de ir a un ballotage, Néves debe apoyar a Silva y viceversa. Restará ver si la suma da un resultado aritmético o si le pasa como al argentino Sergio Massa, que cada vez que suma a algún rebelde del kichnerismo, pierde seguidores al mostrarse como una ambulancia que recolecta heridos, y poco más que eso.

¿Si gana Dilma, gana Cristina? Son realidades diferentes. Pero no cabe duda de que un triunfo de Rousseff será capitalizado como una ratificación dentro de su propio espacio de ideas por CFK, tenga o no razón, sea o no real. Si pierde, en todo caso se igualarán las cargas: “Volverá”, dirá, como lo hizo Bachelet, ¿como ella misma lo tiene planeado para sí?

En todo caso, el proceso brasileño tiene más de sorpresa que de previsión. En la Argentina está claro que o se apoya al modelo kirchnerista o a otro absolutamente en sus antípodas. El humor social va por ese lado: se respalda ciegamente o se rechaza tajantemente. Durante doce años se cultivó esa división profunda que lleva a que no haya claroscuros y que las opciones sean así de terminantes y definitivas. En Brasil, en cambio, ninguno de los posibles presidentes, que hoy, el mismísimo día de los comicios, puede pensarse en que puede ser Dilma, Marina e inclusive Néves, sacaría los pies del plato de políticas de Estado sostenidas a lo largo del tiempo. El cambio será de formas, de equipos, pero pocos creen que resulten de fondo: Brasil se ha hecho grande y ya no tiene caprichos adolescentes ante el mundo.