Canción de amor al "Oso" Quiroga
Sabrán algunos que, hace unos días, debatí en Mdz Radio con Osvaldo “Oso” Quiroga, padre de Matías Quiroga, joven asesinado durante un asalto. El hombre, luego de la tragedia, se constituyó en referente de la llamada “mano dura” y, ahora, milita junto a Cassia en tal sentido. En la radio, hablamos sobre temas de seguridad y de manos duras y garantismos, situación de los presos en las cárceles de Mendoza y de los delincuentes que fracasan y de los que no fracasan nunca.
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¿Hace falta que te maten un pariente para ejercer ciudadanía? Claramente, no; y este hombre ahora lo sabe y lo advierte. Y participa, también con lo que el dolor le dicta.
Ahora, él, entre mirar un partido de rugby o la serie “Friends” o “Dr House” por televisión y salir a militar lo que piensa, ya no hay alternativa posible. El, como todos, está preocupado por la seguridad.
Yo ahora digo lo que a él dije: que siga haciendo lo que hace, con buena leche. ¿Queremos vivir seguros? Propongo que nos apropiémonos del espacio público y que hagamos de la participación social una actitud ante la vida.
Ahí está la unión vecinal, la cooperadora escolar, el partido político, la iglesia, la plaza, el club del barrio, el bar, la biblioteca, la esquina de tu casa, todos hermosos sitios para pararse a vivir y a tomar contacto con el otro. Entonces, si lo hacemos, vamos a sentirnos más seguros, porque la seguridad será un resultado de nuestro propio ejercicio.
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Identificar a todos los delincuentes como asesinos y violadores (y legislar al respecto, como Petri y Cassia como si todos los fueran y hacer campaña metiendo miedo y odio como hacen ellos y otros como Aguinaga y Rosales), es escaparle groseramente al bulto de la solución a la inseguridad. Del mismo modo, identificar a todos los delincuentes con los delincuentes pobres (los otros son los exitosos, los que jamás caen en cana), es escaparle groseramente al bulto de la construcción de ciudadanía y del mero ejercicio de humanidad.
Cuando partes de la clase media y de la media alta –constructoras de realidad a través de sus amplificadores periodísticos, religiosos, empresariales y políticos, sobre todo–, cuando esas partes dejen de identificar lo diverso, lo distinto, con lo criminalizable, vamos a sentirnos más seguros y vamos a ser más humanos y vamos a combatir el delito a partir de un concepto distinto de criminalidad.
Sencillamente, sucede así: si las cosas que nos rodean son un poco de todos y por todos ejercidas, entonces no habrá tanta necesidad de custodiarlas ni de apropiárselas ni de declamarlas. Y cuando haya delito, pues también habrá aplicación de la ley, caiga quien caiga.
Naturalmente, después de años de trabajo en un diario digital bien sé que no habrán de hacerse esperar los foristas cobijados en seudónimos que levantarán sus agresiones y sus castillos de mano dura, para luego, minutos después, olvidarse del asunto. Así funcionan las cosas, pero no así funcionan las cosas para todos.
Por eso, esta vez, yo elijo destacar a este hombre que, aun en las antípodas, ejerce un compromiso genuino y duradero. Desde el otro lado de la calle del mundo, yo abrazo a este hombre duro y quebrado y apretado en un dolor, como tantos padres que han perdido hijos anónimos y marrones, sin, además, sufrir la condena de la celebridad y sin alimentar, en ningún caso, la venganza como falsa cura. Algo de uno hay en el otro.
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Cierro con algo que a él dije: ¿sabe por qué trabajo con presos? Porque les temía, hasta que los conocí: como en las películas, el monstruo me dio miedo hasta que lo vi.
Sin embargo, lo sé muy bien: algo de mí hay en ellos y algo de mí hay en Quiroga; todos somos espantosamente parecidos. Así, agradezco, al cerrar este día, haber podido charlar con él y aprender de él y gozar de su estima y nuestro saludo sincero de despedida, mal que le pese a muchos, así son las cosas.
Al fin y al cabo, somos todos, como Asterión, el minotauro de Creta: divinos y humanos, rectos y contradictorios, víctimas y victimarios.
Ulises Naranjo.




