Tu belleza florece en mi basura
Hacete cargo: vos los fabricaste. Son tu obra, tu legado, tu orgullo y la carne de tu miedo y de tu culpa.
Hay días en que el mundo resulta un sitio atractivo para vivir. No me refiero al mundo, en realidad, me refiero a Mendoza, a este espacio que tanto y tan poco, que ni muy muy ni tan tan, que una de cal y una de arena, que mucho bla bla y que poco chuic chuic; este hermoso lugar horrible que te recontra también, por las dudas, porque no confía en vos.
Decía que hay días que, como esas arboledas en otoño o esos libros bien escritos, da gusto atravesarlos, porque incluso antes de concluirlos, uno se da cuenta de que está aprendiendo cosas y de que uno ni bien envejece, lamentablemente, va dejando cada vez menos espacio para el aprendizaje y la sorpresa.
Pocas cosas más satisfactorias que soñar una obra, trabajarla con pasión y ponerla después ahí, a disposición del mundo para que la modifique y alimente. Puede ser un cuadro o un soneto, una puerta hogareña o una simbólica, una parición de gatitos o una torta de casamiento, un jardín o un vitral, una intervención quirúrgica o un alegato a favor del inocente. Es tu obra, es algo que hiciste y que rápidamente deja de pertenecerte y hace del mundo, ahora sí del mundo, un sitio más decente.
¿A quién no le ha pasado que trabaja mucho alguna cuestión, desde su sueño a su realización y, después, se sienta un minuto en un rincón, ajeno ya a toda pretensión, sin más afán que el silencio ante el gozo de lo hecho? Puede que esos segundos sean lo que algunos sabios de oriente llaman contemplación.
Bueno, algo así, me pasó el otro día, en la cárcel de Almafuerte y podría resumirse de este modo: el círculo de cierto proceso que uno inició, se cerró: el gusano no era nada y luego fue gusano y poco después fue mariposa y luego volvió a ser el gusano de la nada. Algo así, ponele.
Durante buena parte del año pasado, en mi otro laburo (en cárceles, con presos) investigué y escribí un documental y luego, con un destacado grupo de profesionales y gracias al apoyo y la confianza del Ministerio de Gobierno, pudimos realizarlo. Se llama, sabrán algunos, “No llegués hasta acá” y tiene como objetivo poner en conocimiento –sobre todo de adolescentes y jóvenes– lo difícil que es la vida en las cárceles, esos lugares adonde van a parar los delincuentes que fracasan, o sea, aquellos que además de delinquir, asumen la ineludible condición de ser pobres.
Terminado el trabajo, Ahora, con el área de Tratamiento de los penales, armamos, una nueva edición de la gira cultural “Más arte, menos violencia”, que involucra a ochenta artistas de Mendoza haciendo sus cosas en cárceles y junto a presos, codo a codo, como en las trincheras o en las coreografías de baile.
Así las cosas, nuestro documental por supuesto fue y es parte de la movida. Por eso, con mi amigo el Patán Púrpora, quien junto a Carlos Canale, ha sido fundamental en todo este proceso, andamos recorriendo prisiones con la película a cuestas y viéndola con internos y guardiacárceles.
En este marco, amigos, fue que pasó lo que pasó. El otro día, “No llegués hasta acá” fue visto por unos doscientos presos y muchos guardiacárceles (que también son parte importante del film) y los instantes que vivimos fueron, ciertamente, de verdadera contemplación, de profundo agradecimiento también e incluso de secreta belleza.
Ver a varios de los presos llorar emocionados al ver, por vez primera, sus propias vidas de miseria, angustia y soledad reflejadas, terminó de dar sentido a un viaje que involucró un año de desvelos de muchos.
¿Qué dicen ellos en el documental? Todo lo contrario a lo que muchos se imaginan y a lo que varios quisieran que dijesen.
Ellos hablan con aceptación de los errores cometidos: dejar de estudiar, dejar de valorar la familia, elegir los caminos de la conducta delictual y de las adicciones, por ejemplo. Hablan de lo difícil que es vivir lejos de sus amadas familias, del infierno que son las cárceles, de lo dañinas que son las drogas, de los sueños de salir y encontrar un trabajo digno, de las ventajas de volver a estudiar y también de la presencia de la muerte en sus distintas formas, en esos espacios de tantos, pero de nadie al mismo tiempo.
Por eso, viendo el entusiasmo y la emoción de ellos al verse a sí mismos como canales apropiados de un mensaje saludable y positivo, uno no puede menos que correrse a un rincón a contemplar y dar las gracias.
Ojo, no olvido, lo sé perfectamente: muchísimos de nosotros hemos sufrido hechos relacionados con la inseguridad. Todos queremos sentirnos más seguros, vivir más tranquilos, movernos con mayor libertad, no estar tan pendientes de lo que tenemos y estar más pendientes de lo que somos.
¿Por qué trabajo con presos, entonces, si soy tan consciente de la inseguridad? En parte, en buena parte, porque tengo miedo. Como cualquiera, tengo miedo de que algo malo, vinculado a la inseguridad o a cualquier forma de delito o la tragedia, pueda ocurrirle a alguien que amo o alguien que conozca, aunque sea de lejos.
Luego de veinte años de fatigar cárceles y conocer historias de vida de mendocinos pobres caídos en desgracia, estoy convencido de que la reinserción social es posible, si comunitariamente nos hacemos cargo de la problemática de la inseguridad y no permitimos que sólo las gestiones de gobierno sientan –por convicción o por presión– ese compromiso. Y tampoco dejamos que vengan salvadores, verdaderos adalides de la mano dura que sólo pretenden hacerse de tu voto jugando con tu miedo, para prometerte la ilusión de que, con mayor castigo y no con mayor educación, los delincuentes se vuelven buenitos y dejan de molestarte.
Te estoy diciendo que los presos son tuyos. Digo que vos los produjiste. Son tu obra y la mía, aunque en primera instancia te parezca que no. Ese preso, este periodista, aquel diputado, este empresario, el cura de la iglesia, el médico, la puta, el sepulturero y el comerciante del shopping, todos, están acá por obra y gracia de tu virtud y de tu olvido. Entonces, con buena onda te digo, en comunión te lo digo, hacete cargo. Sí: hacete cargo desde el lugar que te toca y esos pibes que se equivocaron se van a equivocar menos.
Cárcel de Almafuerte, tarde de otoño. Doscientos presos y una treintena de guardiacárceles aplauden un documental que habla sobre ellos mismos. Este es un buen día en este lugar de todos y de nadie, en este sitio adonde –permítaseme la imagen– depositamos desechos, basuras, que son –en realidad– personas, para que permanezcan lejos de nosotros, sin saber que la desidia de todos los hará volver, tal vez, con las malas artes mejoradas y vos responderás con tu miedo multiplicado. Y así. Y asá.
Volvamos a los aplausos, ya con los títulos, ahí, en un rincón del salón, sin dar las caras, nos miramos con el Patán y no nos decimos casi nada, porque no hace falta. Apenas, le dejo caer una frase: “Se cerró el círculo”.
Y el Patán asiente, silencioso, íntimamente satisfecho, mientras Mendoza, este espacio que tanto y tan poco, que ni muy muy ni tan tan, que una de cal y una de arena, que mucho bla bla y que poco chuic chuic, este lugar que nos convoca, parece querer dejar brotar una minúscula esperanza y una minúscula sonrisa.
Ulises Naranjo.
Durante buena parte del año pasado, en mi otro laburo (en cárceles, con presos) investigué y escribí un documental y luego, con un destacado grupo de profesionales y gracias al apoyo y la confianza del Ministerio de Gobierno, pudimos realizarlo. Se llama, sabrán algunos, “No llegués hasta acá” y tiene como objetivo poner en conocimiento –sobre todo de adolescentes y jóvenes– lo difícil que es la vida en las cárceles, esos lugares adonde van a parar los delincuentes que fracasan, o sea, aquellos que además de delinquir, asumen la ineludible condición de ser pobres.
Terminado el trabajo, Ahora, con el área de Tratamiento de los penales, armamos, una nueva edición de la gira cultural “Más arte, menos violencia”, que involucra a ochenta artistas de Mendoza haciendo sus cosas en cárceles y junto a presos, codo a codo, como en las trincheras o en las coreografías de baile.
Así las cosas, nuestro documental por supuesto fue y es parte de la movida. Por eso, con mi amigo el Patán Púrpora, quien junto a Carlos Canale, ha sido fundamental en todo este proceso, andamos recorriendo prisiones con la película a cuestas y viéndola con internos y guardiacárceles.
En este marco, amigos, fue que pasó lo que pasó. El otro día, “No llegués hasta acá” fue visto por unos doscientos presos y muchos guardiacárceles (que también son parte importante del film) y los instantes que vivimos fueron, ciertamente, de verdadera contemplación, de profundo agradecimiento también e incluso de secreta belleza.
Ver a varios de los presos llorar emocionados al ver, por vez primera, sus propias vidas de miseria, angustia y soledad reflejadas, terminó de dar sentido a un viaje que involucró un año de desvelos de muchos.
¿Qué dicen ellos en el documental? Todo lo contrario a lo que muchos se imaginan y a lo que varios quisieran que dijesen.
Ellos hablan con aceptación de los errores cometidos: dejar de estudiar, dejar de valorar la familia, elegir los caminos de la conducta delictual y de las adicciones, por ejemplo. Hablan de lo difícil que es vivir lejos de sus amadas familias, del infierno que son las cárceles, de lo dañinas que son las drogas, de los sueños de salir y encontrar un trabajo digno, de las ventajas de volver a estudiar y también de la presencia de la muerte en sus distintas formas, en esos espacios de tantos, pero de nadie al mismo tiempo.
Por eso, viendo el entusiasmo y la emoción de ellos al verse a sí mismos como canales apropiados de un mensaje saludable y positivo, uno no puede menos que correrse a un rincón a contemplar y dar las gracias.
Ojo, no olvido, lo sé perfectamente: muchísimos de nosotros hemos sufrido hechos relacionados con la inseguridad. Todos queremos sentirnos más seguros, vivir más tranquilos, movernos con mayor libertad, no estar tan pendientes de lo que tenemos y estar más pendientes de lo que somos.
¿Por qué trabajo con presos, entonces, si soy tan consciente de la inseguridad? En parte, en buena parte, porque tengo miedo. Como cualquiera, tengo miedo de que algo malo, vinculado a la inseguridad o a cualquier forma de delito o la tragedia, pueda ocurrirle a alguien que amo o alguien que conozca, aunque sea de lejos.
Luego de veinte años de fatigar cárceles y conocer historias de vida de mendocinos pobres caídos en desgracia, estoy convencido de que la reinserción social es posible, si comunitariamente nos hacemos cargo de la problemática de la inseguridad y no permitimos que sólo las gestiones de gobierno sientan –por convicción o por presión– ese compromiso. Y tampoco dejamos que vengan salvadores, verdaderos adalides de la mano dura que sólo pretenden hacerse de tu voto jugando con tu miedo, para prometerte la ilusión de que, con mayor castigo y no con mayor educación, los delincuentes se vuelven buenitos y dejan de molestarte.
Te estoy diciendo que los presos son tuyos. Digo que vos los produjiste. Son tu obra y la mía, aunque en primera instancia te parezca que no. Ese preso, este periodista, aquel diputado, este empresario, el cura de la iglesia, el médico, la puta, el sepulturero y el comerciante del shopping, todos, están acá por obra y gracia de tu virtud y de tu olvido. Entonces, con buena onda te digo, en comunión te lo digo, hacete cargo. Sí: hacete cargo desde el lugar que te toca y esos pibes que se equivocaron se van a equivocar menos.
Cárcel de Almafuerte, tarde de otoño. Doscientos presos y una treintena de guardiacárceles aplauden un documental que habla sobre ellos mismos. Este es un buen día en este lugar de todos y de nadie, en este sitio adonde –permítaseme la imagen– depositamos desechos, basuras, que son –en realidad– personas, para que permanezcan lejos de nosotros, sin saber que la desidia de todos los hará volver, tal vez, con las malas artes mejoradas y vos responderás con tu miedo multiplicado. Y así. Y asá.
Volvamos a los aplausos, ya con los títulos, ahí, en un rincón del salón, sin dar las caras, nos miramos con el Patán y no nos decimos casi nada, porque no hace falta. Apenas, le dejo caer una frase: “Se cerró el círculo”.
Y el Patán asiente, silencioso, íntimamente satisfecho, mientras Mendoza, este espacio que tanto y tan poco, que ni muy muy ni tan tan, que una de cal y una de arena, que mucho bla bla y que poco chuic chuic, este lugar que nos convoca, parece querer dejar brotar una minúscula esperanza y una minúscula sonrisa.
Ulises Naranjo.

