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Ucrania revoluciona la guerra con drones: defensa barata contra ataques costosos

La guerra aérea cambia de paradigma: Ucrania utiliza drones como defensa económica contra ataques costosos, invirtiendo la ventaja del atacante.

Drones ucranianos baratos redefinen la guerra en Europa.

Drones ucranianos baratos redefinen la guerra en Europa.

EFE

Durante décadas la defensa aérea fue una idea sencilla de imaginar. Un país que quería proteger una ciudad o una base instalaba radares para ver la amenaza y misiles o cañones para destruirla. El esquema funcionaba porque las amenazas eran caras, es decir, un avión enemigo costaba decenas de millones de dólares y derribarlo con un misil de varios cientos de miles parecía un buen negocio.

Pero ese mundo dejó de existir. Hoy una amenaza llega en forma de un dron pequeño que cuesta menos que un teléfono y lleva una cámara, transporta explosivos o simplemente señala dónde están los blancos. Además, casi nunca llega solo porque viaja en enjambres.

La ecuación económica de la defensa aérea

Ahí apareció el problema que ningún ejército resolvió durante años. Para derribar esos drones de pocos dólares los defensores disparaban sus armas más costosas. Un solo misil Patriot cuesta entre $3 y $4 millones de dólares. El dron iraní Shahed que intentaba interceptar costaba entre $20.000 y $50.000. Esto es una cuenta ruinosa para el defensor. Puede ganar todas las batallas y perder igual, porque se queda sin misiles y sin dinero antes que el atacante se quede sin drones.

La salida que se impuso parece simple y durante mucho tiempo se consideró poco seria, y consiste en usar drones baratos para cazar equipos baratos. Ucrania la convirtió en estrategia por necesidad, porque su economía es mucho menor que la rusa y no podía competir gastando. Por lo tanto, decidió competir pensando.

Los resultados cambiaron la ecuación. Los interceptores ucranianos costaban entre $1.000 y $5.000 dólares por unidad, frente a los $20.000 a $50.000 de cada Shahed. Durante enero de 2026 Ucrania derribó 1.704 drones rusos en un solo mes. Más del 70% de esas intercepciones sobre Kiev se debieron a drones interceptores y no a cañones ni a misiles. Por primera vez en esta clase de guerra la defensa costaba menos que el ataque.

La razón física es intuitiva. Un dron atacante vuela bajo, se esconde detrás de edificios, cambia de rumbo en segundos y aparece desde direcciones inesperadas. Entre tanto, los sistemas clásicos están clavados al suelo. Un cañón dispara desde una posición fija y un radar mira desde un punto. Un dron defensor, en cambio, persigue y tiene la misma libertad que su presa, de modo que juega en el mismo terreno.

Pero la verdadera explicación no está en las alas sino en lo que el dron lleva adentro. Durante años la defensa más barata contra un dron fue la interferencia electrónica. Esta consistía en cortar la señal de radio que une al dron con su operador. Sin esa transmisión el aparato quedaba ciego, sin embargo, el atacante respondió con drones que ya no dependen de esa señal. Y el defensor hizo lo mismo.

Los interceptores modernos llevan a bordo cámaras térmicas y programas de inteligencia artificial. Estas detectan el calor del motor enemigo, calculan su trayectoria y se lanzan sobre él. Una vez fijado el blanco terminan la persecución solos, aunque les corten la radio. Un dron defensor ucraniano llamado Bumblebee, desarrollado por un proyecto que dirige el antiguo director ejecutivo de Google, acierta más del 70% de sus ataques después de fijar el objetivo. La interferencia electrónica, que era la defensa más económica, se vuelve inútil frente a una máquina que no necesita una guía humana.

Ese cambio explica hacia dónde se mueve el dinero. Si el enemigo ya no escucha órdenes por radio, perturbar sus comunicaciones no sirve de nada y conviene destruirlo físicamente. Por eso los grandes compradores pasan del bloqueo electrónico al interceptor que choca contra el blanco. El Pentágono firmó un contrato de hasta $500 millones de dólares con una empresa de interceptores autónomos y reservó más de $3.000 millones para defensa contra drones en su presupuesto de 2026.

Conviene no exagerar. El interceptor barato no es una solución total y arrastra límites serios. El primero es la saturación ya que si 1.000 drones atacan a la vez y cada interceptor neutraliza uno o dos, la defensa mejora pero no se vuelve invulnerable. El segundo es la velocidad, puesto que los primeros Shahed volaban a unos 180 kilómetros por hora y eran fáciles de alcanzar. Las versiones nuevas con motor a reacción vuelan a 500 o 600 km/h y dejan atrás a los interceptores diseñados para los lentos. La carrera no termina, solo cambia de etapa.

El tercer límite es de alcance. El dron interceptor sirve contra otros drones y contra amenazas lentas pero is inútil contra misiles balísticos o proyectiles de artillería viajando demasiado rápido. Entre tanto, eso no reemplaza a los sistemas caros sino que los complementa. Su función es producir derribos baratos de armas de bajo costo y guardar los misiles de millones de dólares para los blancos que solo ellos pueden alcanzar.

De ahí surge la idea que ordenará la defensa de los próximos años, estructurada en capas. La primera intenta cegar o engañar al dron. La segunda lo quema con láseres y la tercera lo derriba con cañones automáticos. Queda una cuarta que lo persigue con interceptores. Cada estrato cubre lo que los otros no alcanzan, y los interceptores baratos sostienen a los demás, porque evitan que las municiones costosas se agoten.

Conviene mirar el fondo del asunto, que es económico antes que técnico. Lo que empezó como improvisación se volvió industria. Ucrania fabricó 100.000 interceptores durante 2025 y planeó multiplicar esa cifra. Asimismo, las monarquías del Golfo y el ejército de Estados Unidos, que durante la guerra contra Irán quemaron misiles caros contra drones baratos, terminaron pidiendo a Ucrania los diseños probados bajo fuego. Por lo tanto, quien fabrica el interceptor autónomo y barato a gran escala fija las condiciones del resto.

La enseñanza no es que una aeronave derribe a otra. Durante un siglo el atacante tuvo una ventaja de costo sobre el defensor, porque destruir siempre fue más barato que proteger. Por primera vez en mucho tiempo esa ventaja se invirtió en un rincón concreto del campo de batalla. Quien entienda antes que la próxima guerra se gana en el precio de cada intercepción, y no en la sofisticación de cada arma, llevará la delantera.

Las cosas como son.

*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.