La última propaganda por correo que viajaba en un sobre
La propaganda encapsulada en sobres y estampillas, desde la Alemania nazi hasta la Revolución Cultural china, ofrece una ventana única a la historia.
El correo convirtió durante décadas a la propaganda estatal en parte silenciosa de la correspondencia privada.
Generada con IALa estampilla está en vías de desaparición. Las máquinas franqueadoras comenzaron la quita al correo comercial hace un siglo y el correo electrónico terminó el trabajo, porque la carta dejó de ser el modo en que la gente se habla. La Unión Postal Universal estima que el correo internacional de 2024 volvió al volumen de 1888 y la correspondencia doméstica mundial al de 1965. El mundo escribe más que nunca y manda menos cartas que en tiempos de la bicicleta.
La carta: un medio de comunicación insustituible
Durante 150 años la carta fue la única voz que llegaba a todas partes, a la aldea sin teléfono, al barco, a la cárcel y al frente. Alrededor de ella se construyó una forma de vida que hoy parece inverosímil porque existía el ajedrez por correspondencia, con federaciones, torneos y campeones del mundo.
Cada jugador mandaba su movida en una tarjeta y esperaba 1 semana o 2 la respuesta del rival. Así, una partida podía durar años. También existían las relaciones epistolares, con amistades y amores enteros hechos de papel y de espera. La demora no era un defecto del sistema, sino el ritmo natural de hablar con alguien lejano.
Correos en tiempos de guerra
Lo más notable es que la carta funcionó incluso en la guerra. Durante la Segunda Guerra Mundial los ejércitos montaron correos propios para que millones de soldados escribieran a sus casas. Estados Unidos fotografiaba las cartas en microfilm, cruzaban océano en rollos y las imprimía en destino para ahorrar espacio en los aviones. Alemania movió miles de millones de piezas de correo militar. Por su parte, la Cruz Roja transportaba mensajes de 25 palabras entre familias separadas por el frente. Con las ciudades bombardeadas y los mares minados, el sobre seguía llegando. Ese sistema sobrevivió a la guerra más grande de la historia pero sucumbió ante el correo electrónico.
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Antes de que desaparezca vale la pena contar el uso más raro que se le dio. Durante casi dos siglos los Estados imprimieron pequeñas imágenes y obligaron a la gente a pegarlas sobre sus cartas. Algunas mostraban flores, edificios y poetas; otras retrataban jefes, soldados, doctrinas y enemigos. La estampilla servía para pagar el correo y para decir a quién venerar o a quién odiar.
Ese objeto tenía una propiedad que el cartel y la radio no conocían, porque el ciudadano compraba la propaganda con su dinero. Luego, la llevaba a su casa, la pegaba con su saliva y escribía debajo el nombre de una persona querida. Finalmente, la entregaba al Estado para que viajara. La propaganda entraba gratis en una conversación privada y no pedía atención, porque formaba parte del paisaje. Solo el billete comparte esa propiedad. Los dos son impresos oficiales con valor nominal que pasan de mano en mano sin que nadie los mire, y ambos se desmaterializan al mismo tiempo.
Hay que distinguir dos grados, porque los sellos definitivos eran los comunes de todos los días, los que usaba cualquiera para mandar una factura o un saludo. Allí la propaganda alcanzaba su penetración máxima, porque el remitente ni siquiera elegía el mensaje. Las emisiones especiales, con sus aniversarios y campañas, eran la propaganda explícita, y los coleccionistas las compraban.
La propaganda nazi en el correo
Así, la Alemania nazi puso a Hitler en la serie definitiva y su rostro viajó millones de veces por día pegada a cartas de gente. El odio al judío llenó los diarios, las películas y los libros escolares del régimen, pero en el franqueo cotidiano dominó el jefe.
Un segundo caso enseña a venerar una doctrina del momento. En 1967, en plena Revolución Cultural, el correo chino emitió una serie con Mao pasando revista a los guardias rojos y con citas suyas impresas en rojo y amarillo. En 1975 otra serie de millones de ejemplares llevó la consigna de la campaña contra Lin Biao y Confucio. Así, una iniciativa política del año se convertía en franqueo.
En otra oportunidad se enseña a odiar y además se cobra por la lección. En la Serbia ocupada por Alemania se inauguró en octubre de 1941 una exposición contra la masonería que apuntaba a masones, comunistas y judíos como una sola conspiración. El 1 de enero de 1942 el gobierno colaboracionista emitió cuatro sellos con iconografía de una Serbia victoriosa sobre serpientes y símbolos judíos y masónicos. Cada sello llevaba un recargo sobre el valor postal y ese recargo financiaba la propaganda antimasónica y antijudía. El ciudadano no solo franqueaba su carta con odio, también pagaba un suplemento para imprimir más.
Un cuarto caso enseña a odiar a un enemigo permanente. Corea del Norte usó sus sellos durante décadas para contar la historia de cómo Estados Unidos invadió y asesinó. Aparecen soldados estadounidenses amenazados, derrotados, humillados y hasta representados como bestias. En 2016 una serie oficial reprodujo directamente carteles de propaganda. El sello dejó allí de parecerse a una moneda y pasó a verse como un cartel de guerra de tres centímetros.
El alcance global de la propaganda postal
A eso se suma el matasellos, que estampaba consignas en el sobre sin que nadie comprara nada. Y se suma una diferencia con el cartel que da sentido al título. El cartel de Belgrado se quedaba allí, pero el sello cruzaba una frontera y llegaba a un país neutral o lejano. Ese pasaporte era limitado, ya que el correo internacional era una fracción diminuta del total, pasaba por censura en tiempos de guerra y entre países enemigos no circulaba. Pero era el único medio de propaganda que un particular sacaba del país sin proponérselo.
Es casi imposible medir cuánto funcionó, precisamente porque no exigía atención. Lo que sí queda es un documento raro porque los gobiernos niegan discursos y reinterpretan guerras, aunque una estampilla ofrece menos margen. Allí están el dibujo, la consigna, el valor postal y el nombre del país. El mismo Estado que cobraba impuestos y enviaba soldados firmó esa pequeña imagen, y luego ese objeto llegó a los cajones de medio mundo.
El mecanismo no murió con la carta, sólo cambió de soporte. El Estado ya no viaja en la esquina de un sobre sino en la pantalla que lo reemplazó, y allí no necesita que nadie pegue nada. La diferencia es que el sello dejaba huella y la pantalla no. Así, dentro de 100 años se podrá estudiar el sello serbio de 1942 tal como salió del correo. Sin embargo, reconstruir qué propaganda recibió una persona en su teléfono un día cualquiera de 2026 será mucho más difícil. Por eso conviene mirar esos rectángulos ahora que casi nadie los usa.
Las cosas como son.
*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

