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La maquinaria que devora a sus hijos: cómo la lucha contra la discriminación se volvió exclusión

La lucha contra la discriminación, un movimiento que abrió puertas, mutó en exclusión en oficinas y áreas de recursos humanos, dividiendo aliados y adversarios.



Toda idea noble contiene la semilla de su caricatura. La lucha contra la discriminación fue una de las causas más justas del siglo XX. Esta abrió universidades, profesiones y parlamentos a quienes tenían las puertas cerradas por el color de su piel o por su sexo. Pero en algún punto del camino, una parte de esa iniciativa dejó de medir su éxito por las puertas que abría y empezó a contarlo por la gente que expulsaba. Lo que nació como un movimiento de apertura se convirtió, en muchas oficinas universitarias y departamentos de recursos humanos, en una maquinaria de exclusión que ya no distingue entre adversarios y aliados.

El racismo y sus nuevas caras

Los casos más reveladores no son los previsibles. Erec Smith es un profesor negro de retórica en una universidad de Pensilvania. Smith defendió una idea que cualquier abuelo suscribiría, a los estudiantes conviene enseñarles el inglés estándar, porque es la lengua de los contratos, de los tribunales y de las entrevistas de trabajo. Sus colegas lo acusaron de sostener el lenguaje de la supremacía blanca y de padecer síndrome de Estocolmo. Tabia Lee, una académica negra contratada en un colegio universitario de California para dirigir programas de equidad, sugirió en su primera reunión que alguien tomara notas y fijara un orden del día. Le respondieron que dejara de hablar como blanca. Cuando insistió, la despidieron. La pregunta que ella misma formuló queda flotando ¿qué esperaban de una mujer negra? Que llegara tarde, no anotara nada y fuera perezosa. Esta corriente de antirracismo militante reproduce, con signo invertido, los estereotipos que decía combatir.

El mecanismo que hace posible este desenlace es la corrupción del lenguaje, y opera por acumulación. Las palabras cambiaron de significado sin avisar. Supremacía blanca ya no designa a los nazis porque en ciertos círculos académicos incluye la puntualidad, el perfeccionismo y la creencia en la objetividad, declarados valores culturalmente blancos. Un espacio seguro ya no es un lugar donde nadie te golpea, sino donde nadie te contradice. El desacuerdo pasó a llamarse violencia y la incomodidad pasó a llamarse daño. Cuando las palabras significan cualquier cosa, todo puede castigarse. Carole Hooven, bióloga evolutiva de Harvard, afirmó en televisión en 2021 que el sexo biológico es binario, una posición científica corriente, y aclaró que hablaba de biología y no de identidad. En cuestión de horas, la responsable de diversidad de su propio departamento la acusó de transfobia, sus alumnos de posgrado se negaron a trabajar con ella y su carrera en Harvard terminó. Kathleen Stock, catedrática de filosofía en la Universidad de Sussex, sostuvo entre otras cosas que los espacios reservados a mujeres no deberían ser de acceso irrestricto para mujeres trans. Hubo filósofos que le respondieron con argumentos, como corresponde en una universidad. Pero lo que terminó con su cátedra en 2021 no fue una discusión académica, sino una campaña estudiantil que exigía su despido. La diferencia entre refutar y destituir es la distancia entre una universidad y un tribunal de pureza.

Aquí es donde el sentido común se aleja de la escena. La sensatez dice que llegar a horario es una cortesía, no una ideología; tomar notas es un hábito útil, no un acto racial; y un profesor que enseña la lengua estándar ayuda a sus alumnos pobres más que quien les enseña a desconfiar de ella. Pero la razonabilidad tiene un defecto fatal en este ecosistema ya que no otorga prestigio. Nadie construye una carrera académica ni un cargo administrativo repitiendo obviedades. El incentivo profesional premia el hallazgo de nuevas ofensas, y una burocracia entera vive de encontrarlas. Es decir, donde hay inquisidores rentados, siempre aparecen herejes.

Casi todos estos ejemplos son estadounidenses y eso no es un defecto del argumento sino un dato del fenómeno porque Estados Unidos funciona como el laboratorio cultural de Occidente, y lo que sus universidades incuban llega años después a las empresas, los tribunales y los gobiernos del resto del mundo. Por eso el final de esta historia importa fuera de sus fronteras. Los excesos engendraron una reacción de fuerza equivalente y de signo contrario.

El gobierno de Trump invocó problemas reales, el extremismo y el antisemitismo en los campus, y los usó como fundamento legal para ir mucho más lejos: canceló programas federales, congeló fondos de investigación que nada tenían que ver con la política universitaria y revocó visas de estudiantes por sus opiniones. Los activistas que durante una década perfeccionaron las herramientas del silenciamiento descubrieron que esas herramientas no tienen dueño. Quien normaliza la censura para causas que considera justas le regala el manual a su enemigo. En Inglaterra el gobierno instauró un sistema de quejas con multas para las universidades que no protejan la libertad de expresión, un remedio legal para una enfermedad que es cultural, porque ninguna ley impide que los colegas te congelen en los pasillos.

Recursos humanos y el fenómeno global

El problema nunca fue el objetivo sino algunos métodos. Las reformas que abrieron las puertas resolvieron injusticias auténticas y ese trabajo sigue pendiente en muchos lugares. Pero las sociedades funcionan sobre un acuerdo tácito acerca de lo evidente: las personas valen por sus actos y no por su piel; discutir no es agredir; la verdad se busca comparando ideas y no eliminando a quienes las sostienen.

Ese acuerdo tardó siglos en construirse y puede deshacerse en una generación. La libertad de expresión tiene una propiedad incómoda que la vuelve indivisible porque nadie puede conservarla solo para los que piensan como él, y una libertad que depende de tener la opinión correcta ya es un permiso. Sin embargo estos permisos, a diferencia de los derechos, siempre tienen un dueño que los revoca.

Las cosas como son.

*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.