La fiebre del estaño: por qué la inteligencia artificial disparó su precio y amenaza la oferta
La inteligencia artificial revaloriza al estaño, clave para soldar chips y servidores, en un mercado chico, escaso y cada vez más caro.
El estaño es uno de los metales más antiguos que conoce la humanidad. Hace 5.000 años alguien lo mezcló con cobre y nació el bronce. Esa aleación dio nombre a una edad entera de la historia. Mucho después, este metal permitió enlatar comida para los ejércitos de Napoleón. Durante el Siglo XX fue el metal de la cocina y de la despensa, lo que lo dejó como un elemento humilde, doméstico y sin gloria.
Entonces, el mundo lo olvidó y las grandes mineras lo abandonaron. La ironía es notable porque Billiton, que hoy forma parte del gigante BHP, nació con la búsqueda de estaño en una isla de las Indias Orientales Holandesas. La empresa que fundó su fortuna con este metal terminó por desentenderse de él. Lo mismo hicieron casi todas. Durante 30 años nadie abrió minas nuevas de escala y el estaño quedó relegado al rincón de los materiales aburridos. Hasta que llegó la inteligencia artificial.

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Aquí conviene una imagen. Todos hablan de los chips de Nvidia, de los centros de datos y la electricidad que devoran. Pero nadie habla del pegamento porque cada servidor, módulo de potencia y conmutador de red existe porque miles de puntos de soldadura de estaño mantienen unidas sus piezas. Este metal es el utilero del teatro de la inteligencia artificial, es decir, no sale a escena pero sin él la función se cancela.
El mercado tardó en darse cuenta y cuando reaccionó lo hizo corriendo. El estaño duplicó su precio desde 2023 y al momento de este análisis superaba los $50.000 dólares por tonelada en Londres. Los especuladores también llegaron tarde y en masa. El estaño es el metal base que menos se negocia en la Bolsa de Metales de Londres. Sus volúmenes diarios son una fracción mínima de los del cobre, por lo tanto, un mercado tan chico es como una pileta de patio donde cualquier zambullida hace olas. A fines de 2025 entró tanto dinero especulativo que un organismo de esta industria en China advirtió públicamente a los apostadores en Shanghái.
El problema de fondo es la geografía. La producción mundial de estaño se concentra en pocos países y casi todos quedan en zonas complicadas. Según los datos del Servicio Geológico de Estados Unidos, tres países concentran cerca del 60% de la oferta. China es el mayor productor y sin embargo importa estaño porque su industria consume más de lo que extrae. Su principal proveedor es Myanmar, donde las minas operan en una región semiautónoma atravesada por el conflicto. Indonesia, segundo productor mundial, frenó licencias de exportación, persiguió la fundición ilegal y planea duplicar las retenciones. En el Congo, la guerra y las enfermedades erosionan lo que queda.
Este material, además, es genuinamente escaso. La corteza terrestre contiene unas 35 veces menos estaño que zinc. Los gobiernos se preocupan por las tierras raras, esos elementos de nombres impronunciables que en realidad no son tan raros, sin embargo el estaño, con su nombre de almacén, es escaso; tanto, que el Reino Unido lo incluyó en su lista de minerales críticos.
Una advertencia sobre un número que circula en el sector, es que quedarían 14 o 15 años de estaño en el suelo. Pero el dato es engañoso porque las reservas mineras no son un tanque que se vacía, sino una categoría contable que se expande cuando sube el precio porque yacimientos que antes no convenía explotar se vuelven rentables. Con el petróleo pasó lo mismo durante 50 años, es decir, siempre quedaban 30 años y nunca se acabó. Lo que sí es cierto es que abrir una mina nueva tarda una década y que el dinero recién ahora empieza a volver. Cornish Metals reabrirá hacia 2028 un yacimiento británico parado desde hace tres décadas, con costos de extracción estimados en $14.500 dólares por tonelada, menos de un tercio del precio actual. El Departamento de Defensa de Estados Unidos financia otro proyecto con ambición de integración vertical. Esos márgenes explican la fiebre.
Hay un antecedente que conviene recordar. Cuando la IA disparó el consumo de microchips, las fábricas de autos y de lavarropas descubrieron que no conseguían semiconductores. Con el estaño se repetirá la historia. Si los centros de datos pagan cualquier precio por soldar sus servidores, la electrónica común competirá por el mismo metal con el bolsillo más flaco. El metal de las latas de conservas elegirá entre la heladera de una familia y el servidor de un gigante tecnológico.
Durante 30 años nadie quiso saber nada con el estaño pero ahora todos corren a buscarlo. Los metales no perdonan el olvido, lo cobran con intereses.
Las cosas como son.
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