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Bonos: la verdad que los gobiernos ocultan sobre la economía

Cuando una economía se deteriora, los precios de los bonos caen y los rendimientos suben, reflejando el pesimismo de los inversores sobre el futuro.

El mercado de bonos envió una señal inédita: por primera vez, los rendimientos de la deuda china cayeron por debajo de los japoneses, un reflejo del deterioro de las expectativas sobre la economía de China y de la lenta recuperación de Japón.

El mercado de bonos envió una señal inédita: por primera vez, los rendimientos de la deuda china cayeron por debajo de los japoneses, un reflejo del deterioro de las expectativas sobre la economía de China y de la lenta recuperación de Japón.

Generada con IA

Un bono es una cosa simple, es un préstamo. Cuando un gobierno necesita dinero, pide prestado a inversores de todo el mundo y a cambio promete la devolución del capital en una fecha fija a un interés.

El rendimiento de un bono se comporta como una variable antagónica respecto del precio del activo y funciona como un termómetro porque mide lo que millones de inversores creen sobre el futuro de una economía. Y a diferencia de los discursos oficiales, ese termómetro no miente. Nadie compra un bono por patriotismo. Por eso el mercado de deuda soberana es el lugar donde las economías dicen la verdad aunque sus gobiernos prefieran callarla.

Conviene entender una regla que parece contraria a la intuición. Cuando una economía está sana y crece, los precios de sus bonos suelen ser altos y los rendimientos bajos en un contexto de demanda de crédito con alternativas atractivas donde poner el dinero. Cuando una economía se enferma, los precios caen y los rendimientos suben. Los inversores huyen del riesgo, se refugian en otros activos. Un rendimiento muy bajo no es una buena noticia, porque es la señal de que el dinero tiene miedo y de que nadie espera ni crecimiento. Es el precio del pesimismo.

La deflación y el estancamiento japonés

Japón conoce esa enfermedad mejor que nadie. En 1990 estalló su burbuja inmobiliaria y bursátil; lo que siguió fueron tres décadas de precios estancados o en caída, un fenómeno llamado deflación. Puede sonar inofensivo pero no lo es. Cuando los precios bajan, el consumidor pospone sus compras porque mañana todo costará menos. Así, las empresas venden menos, recortan salarios e inversiones, y la economía entra en un letargo del que es muy difícil salir. El banco central japonés bajó sus tasas a 0% y los rendimientos de los bonos lo siguieron. Durante años, prestarle dinero a Japón a 10 años no rindió casi nada, es decir, el termómetro japonés marcaba hielo.

El giro inesperado de China

China parecía el caso opuesto. Durante tres décadas creció a tasas que el mundo miraba con asombro. Sus bonos pagaban rendimientos saludables, propios de una economía en expansión; hasta que el termómetro empezó a bajar. En noviembre de 2024 ocurrió algo sin precedentes: el rendimiento del bono chino a 30 años cayó por debajo del japonés por primera vez en la historia. Un año después cruzó el bono a 10 años. En marzo de 2026 cruzó el de 2 años. Así, tramo por tramo, plazo por plazo, la deuda china pasó a rendir menos que la deuda del país que inventó el estancamiento moderno. Al momento de redactar estas líneas, el bono chino a 10 años rendía cerca del 1,7%, un mínimo histórico.

El cruce tiene dos motores y ambos cuentan la misma historia desde orillas opuestas. Japón, después de 30 años, salió de la deflación, así, los precios y los salarios volvieron a subir y su banco central elevó las tasas hasta niveles que no veía desde 1995, cuando Windows 95 era la novedad tecnológica del planeta. Por lo tanto, el paciente crónico se levantó de la cama al tiempo que China, en cambio, se acostó en ella. Su mercado inmobiliario, tras representar cerca de la cuarta parte de su economía, se desplomó y arrastró el ahorro de las familias. Su deuda total es monstruosa. Y entre tanto, su población envejece y se achica. Sus precios coquetean con la deflación. Los inversores chinos, sin confianza en los ladrillos ni en la bolsa, corrieron a refugiarse en los bonos del Estado y empujaron los rendimientos al subsuelo.

Rivalidad económica y destino compartido

La comparación duele más porque los protagonistas son vecinos y rivales. China y Japón compiten en automóviles, en electrónica, en acero, en construcción naval y en casi todo. Comparten además rasgos profundos ya que son economías dirigidas desde arriba, bancos al servicio de la política industrial, burbujas inmobiliarias alimentadas por crédito barato y demografías en declive. Japón mostró el guión completo de esa película hace 30 años. China juró siempre que su caso era distinto, que su Estado todopoderoso evitaría el destino japonés. Pero el mercado de bonos acaba de emitir su veredicto, cuando llegó al destino desfavorable más rápido, más endeudada y más pobre por habitante que Japón en su caída.

La diferencia decisiva es que Japón se estancó siendo ya un país rico, con un ingreso por habitante entre los más altos del mundo; por su parte, China se detiene a mitad de camino, antes de alcanzar la riqueza, con cientos de millones de personas todavía lejos del bienestar. Envejecer pobre no es lo mismo que envejecer rico.

La verdad del mercado frente al control estatal

Los gobiernos pueden maquillar estadísticas, prohibir palabras en las redes sociales y castigar a los analistas pesimistas. Pekín hizo las tres cosas y lo que ningún gobierno puede maquillar es el precio al que millones de personas deciden prestar su propio dinero. El termómetro chino marca hoy menos que el japonés. Y el termómetro, a diferencia del Partido, no tiene comité de censura.

Las cosas como son.

*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.