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Inteligencia artificial vs. marxismo: la tecnología que desafía la teoría del valor-trabajo

La inteligencia artificial pone en crisis las teorías económicas centradas en el trabajo y plantea interrogantes sobre el futuro del empleo y la redistribución.


Matt Bruenig publicó un análisis sobre la inteligencia artificial (IA) que, sin pretenderlo, expone las limitaciones fatales del marco marxista para entender transformaciones tecnológicas radicales. Su argumento propone que la IA es capital, no trabajo; por tanto, los beneficios irán a los capitalistas; ergo, necesitamos redistribución estatal. Es Marx aplicado mecánicamente a un fenómeno que dinamita sus premisas fundamentales.

El marxismo descansa sobre una distinción clara entre capital y trabajo, entre quienes poseen medios de producción y quienes solo pueden vender su fuerza laboral. Esta dicotomía funcionaba razonablemente bien para analizar fábricas del siglo XIX. Pero la IA no es una máquina de vapor más grande. Es código que se replica a costo marginal cero y no requiere acumulación física, cuya “propiedad” es extraordinariamente fluida. Cuando modelos de código abierto permiten el acceso a cualquier individuo a capacidades comparables a las de corporaciones multimillonarias, ¿dónde exactamente se concentra ese “capital”? La teoría marxista asume escasez artificial mantenida por relaciones de propiedad; sin embargo, la IA es abundancia que se copia instantáneamente.

Más problemático aún, el marxismo no tiene vocabulario conceptual para la destrucción de rentas intermediarias. Su análisis se enfoca en la extracción de plusvalía del trabajador por el capitalista, pero ignora completamente las capas de intermediarios que extraen valor sin producirlo. Amazon no produce nada; sin embargo, captura renta por asimetría informacional. Los reclutadores no crean valor: extraen comisiones por conectar oferta y demanda. Los analistas financieros no generan riqueza; redistribuyen información privilegiada. La IA elimina estas capas parasitarias, pero el marco marxista carece de herramientas para analizar este fenómeno porque está obsesionado con la relación capital-trabajo directo.

La solución redistributiva que proponen los marxistas modernos asume un estado-nación con capacidad coercitiva sobre el capital. Esto era plausible cuando los medios de producción eran infraestructura física inmóvil, como fábricas, ferrocarriles o maquinaria pesada. Pero cuando el capital es código que cruza fronteras instantáneamente, y los individuos generan valor masivo sin organizaciones, cuando la IA habilita la competencia con corporaciones desde una laptop, la fantasía fiscal del siglo XX se desintegra. ¿Gravar a quién? ¿Dónde? ¿Con qué autoridad?

El problema más profundo es que el marxismo es fundamentalmente una teoría sobre la organización del trabajo porque asume que los humanos tienen valor económico a través de su labor. Toda su arquitectura conceptual —la explotación, la alienación y la plusvalía— presupone que el trabajo humano es indispensable. Pero ¿qué sucede cuando simplemente no lo es?

Cuando un agente de IA realiza en minutos lo que a un analista le tomaba semanas, no estamos ante “explotación más eficiente”. Estamos ante la obsolescencia del trabajo cognitivo humano como categoría económica.

Los marxistas responden instintivamente con redistribución, renta básica universal y propiedad colectiva de los modelos. Son soluciones que evaden la pregunta esencial: ¿qué hacen los humanos cuando no tienen nada económicamente valioso que ofrecer? La respuesta implícita es convertirlos en mascotas del Estado, subsidiadas perpetuamente, con propósito proporcionado desde arriba. Es una visión profundamente paternalista disfrazada de emancipación.

La ironía es deliciosa porque el marxismo prometía liberar al trabajador de la alienación del trabajo. La IA cumple esa promesa eliminando el empleo mismo, pero al hacerlo expone que el esfuerzo era precisamente lo que daba significado, estructura y distracción de la conciencia pura de existir. Sin esa distracción, ¿qué queda? El marxismo no tiene respuesta porque nunca imaginó un mundo donde su categoría central, el trabajo, dejara de existir.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.