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Estado de la Unión: dos siglos de tradición y un nuevo capítulo escrito por Trump

El discurso que comenzó en 1790 vuelve al centro de la escena con Trump, que lo usará para fijar agenda en su segundo mandato.

Presidente Donald Trump, ante un nuevo discurso de Estado de la Unión. 

Presidente Donald Trump, ante un nuevo discurso de Estado de la Unión. 

EFE

Donald Trump hablará este martes por la noche ante una sesión conjunta del Congreso en lo que funcionará, en los hechos, como el lanzamiento político de su segundo mandato. No obstante, el discurso tiene un marco histórico que es preciso atender.

Aunque mantiene la estética y el ritual del Estado de la Unión —el hemiciclo lleno, transmisión en cadena nacional, aplausos medidos y gestos coreografiados—, formalmente no se trata de ese mensaje anual. Es la intervención que los presidentes realizan al inicio de una gestión para fijar prioridades y marcar el tono del ciclo legislativo.

El mensaje se dará en medio de disputas económicas abiertas, cierre parcial del Departamento de Seguridad Nacional y nuevas controversias que rodean a la administración republicana. El discurso llega con tensión acumulada.

La historia del Estado de la Unión

La Constitución de Estados Unidos establece en su Artículo II, Sección 3, que el presidente debe informar periódicamente al Congreso sobre la situación del país y recomendar medidas. No fija fecha ni formato. La tradición fue moldeando el rito.

El primer mensaje lo pronunció George Washington en 1790, en persona. En 1801, Thomas Jefferson optó por enviar su informe por escrito, práctica que se mantuvo durante más de un siglo. Recién en 1913, Woodrow Wilson retomó la exposición oral ante el Congreso, inaugurando la versión moderna.

El nombre también evolucionó. Durante décadas fue el “Mensaje Anual al Congreso”. En 1935, Franklin D. Roosevelt comenzó a llamarlo “Estado de la Unión”, denominación que se consolidó formalmente bajo Harry Truman, quien además encabezó en 1947 la primera transmisión televisada.

Desde la década de 1980 se consolidó otra práctica: cuando un presidente inicia mandato —o comienza uno nuevo— su primer mensaje ante el Congreso no se considera oficialmente un Estado de la Unión, aunque cumpla funciones similares. El antecedente más citado es el de Ronald Reagan en 1981, centrado en su programa de recuperación económica.

Eso es lo que hará Trump: no un balance exhaustivo, sino una hoja de ruta.

El objetivo político: marcar agenda

Más allá del encuadre histórico, Trump utilizará la tribuna para presentar prioridades, ordenar el debate legislativo y enviar señales tanto a aliados como a opositores.

El acto reúne a casi toda la arquitectura del poder federal: Cámara de Representantes, Senado, jueces de la Corte Suprema, gabinete y altos mandos militares. Y como marca la tradición desde la Guerra Fría, un miembro del gabinete será designado como “sobreviviente designado” y permanecerá en un lugar secreto para garantizar la continuidad institucional ante una eventual emergencia.

El discurso, además de político, es un evento mediático de alto impacto. Las últimas intervenciones de este tipo han sido vistas por decenas de millones de personas. El último Estado de la Unión de Trump, en 2020, superó los 37 millones de televidentes. En la era de la fragmentación digital, sigue siendo uno de los pocos momentos de audiencia masiva simultánea en Estados Unidos.

Trump ya anticipó que hablará “largo”. No sería una novedad: en marzo de 2025 marcó un récord con una intervención que se extendió durante 1 hora y 42 minutos. No hay límites formales de duración. Hay, sí, un límite político: cuánto logra instalar de su agenda en un Congreso polarizado.