El precio de los amuletos está por subir: la advertencia de la ONU a la aviación
El mecanismo de créditos de carbono, ideado por la ONU para la aviación, funciona como un amuleto ante las emisiones, pero su validez futura es incierta.
Los "amuletos" son clave para la industria de la aviación.
Existe un acuerdo mundial que obliga a las aerolíneas a comprar perdón por sus emisiones. La indulgencia se vende en unidades contables precisas equivalentes a una tonelada de dióxido de carbono que alguien promete reducir en otro lugar. Esa contabilidad recibe el nombre de crédito de carbono. Prefiero nombrarla según su naturaleza verdadera, que es la del amuleto.
El esquema lleva el nombre de Corsia, lo redactaron los funcionarios de la organización de aviación civil de Naciones Unidas y nació para cubrir un vacío evidente del derecho. Es decir, cada país regula los vuelos que ocurren dentro de sus fronteras pero nadie legislaba los vuelos entre dos países distintos. Un avión que cruza de Dubái a Londres no pertenece a ningún territorio concreto y Corsia vino a ocupar ese cielo de nadie.
La disposición del esquema resulta bastante simple de enunciar. Así, los países fijaron primero una referencia común equivalente al 85% de lo que el sector emitía en 2019. Mientras una aerolínea vuele por debajo de la marca, no debe nada. Cuando supera esa línea, debe pagar por el exceso para financiar una reducción equivalente en otro sitio del mundo. Así, se vuela y emite igual que antes, pero se compra el amuleto que aplaca la culpa de los pasajeros.
La naturaleza de los amuletos de carbono
Conviene preguntar ahora de qué están hechos estos talismanes y casi siempre son bosques lejanos. Un proyecto cualquiera promete cuidar un bosque o plantarlo desde cero. Luego, alguien calcula cuánto carbono ese bosque captura, y con ese guarismo se genera un crédito vendible. El cálculo entero descansa sobre una pila de suposiciones, como qué habría ocurrido sin la existencia del proyecto. Además, supone que el bosque permanece intacto durante varias décadas y que el árbol no arde ni cae bajo el hacha. Nadie demostró jamás ninguna de esas cosas porque, en realidad, semejantes promesas son imposibles de cumplir. Sólo son profecías sobre un futuro que todavía no ocurrió.
Aquí reside el corazón del negocio. Pagamos hoy para evitar una catástrofe anunciada para mañana, donde un grupo de científicos describe el desastre con muchos decimales. La calamidad descrita todavía no llegó a la puerta y quizás nunca aparezca del todo. Pero el pago es perfectamente presente y cierto. Es decir, compramos la promesa de que algo malo no sucederá, por lo tanto, estamos ante la estructura antigua y conocida del amuleto.
En otros tiempos, el campesino entregaba una moneda al sacerdote del pueblo para que el granizo no cayera. Si el la piedra no caía, el sacerdote cobraba el milagro y si granizaba sobre el trigo, faltó fe o faltó dinero. La ciencia del clima heredó esa misma lógica circular y después le agregó tablas, satélites y decimales para disimularla.
El amuleto como impuesto encubierto
Hay que decir además que el amuleto es un impuesto disfrazado. El tributo verdadero se vota en algún parlamento conocido y tiene siempre un responsable visible y una urna detrás. Sin embargo, este cobro nuevo no se votó en ninguna parte. Lo acordaron unos funcionarios reunidos en una asamblea técnica y lo cobran después intermediarios privados que viven de la complejidad. Cuanto más oscuro parece el cielo, más valen sus servicios. Llamarlo mercado le presta el prestigio sereno de la economía, pero denominarlo impuesto encubierto revelaría de inmediato su naturaleza real.
El propio informe confiesa sin querer su enorme fragilidad. Estados Unidos duda frente a la totalidad del compromiso porque ese Estado ya hundió antes un intento parecido sobre los barcos. Sus aerolíneas tal vez ignoren la cuenta sin castigo alguno y China recién entraría en el esquema durante el año próximo. Corsia tampoco dispone de una policía propia que vigile y así, Naciones Unidas no puede multar ni encarcelar a nadie. El castigo existe solamente si cada país lo escribe en su ley y si ese país luego decide aplicarlo en serio. Un esquema que depende del humor de cada gobierno está lejos de ser un asunto cerrado. Y si los grandes compradores no adquieren amuletos, la demanda cae y el precio baja. La amenaza de un precio altísimo y la fuga de los grandes no caben juntas en la misma frase.
Emirates y la dependencia de los amuletos
Queda por último el caso ejemplar de Emirates, se calcula en $8.000 millones de dólares a lo largo del esquema y lo comparan con una quinta parte de sus ingresos de un año. La comparación infla el golpe, porque el costo se reparte en once años distintos. La aerolínea vuela largas distancias desde el corazón del desierto, por lo que necesita más amuletos que ninguna otra. Y si un día decide no comprarlos, sus aviones perderán de golpe toda la suerte del mundo, es decir, no podrán aterrizar en ninguna pista. La superstición moderna castiga igual que la antigua. Quien no paga al sacerdote pierde sin remedio el favor del cielo.
El informe anuncia que el precio subirá casi ocho veces, y se lo presenta como una calamidad inminente. Prefiero leerlo como la confirmación de una verdad más simple, cuando un objeto sin valor de uso sube tanto de precio, no escasea ninguna materia tangible del mundo. Lo que falta es la fe colectiva que sostiene el talismán. Y los vendedores apuran la cosecha antes de que alguien note el vacío. El precio de los amuletos está por subir, sin duda alguna, y conviene mirar con calma quién los fabrica y quién cobra la comisión.
Las cosas como son.
*Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

