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Del Rolex al diamante: la crisis de los objetos de lujo que dejaron de ser refugio de valor

El mercado del lujo enfrenta un cambio profundo, los objetos que antes conservaban valor hoy pierden terreno frente a nuevas inversiones.



Durante décadas, ciertos objetos funcionaron como depósitos de riqueza que también podían usarse. Un hombre podía llevar un Rolex en la muñeca y saber que ese reloj, si lo vendía, devolvería gran parte de lo que pagó. Una mujer con una cartera Birkin al hombro lleva la conciencia de que ese objeto valía más cada año. Un diamante sobre un anillo de compromiso era, en el imaginario colectivo, una piedra que el tiempo no erosionaba en dinero. Esa certeza, construida durante generaciones, se desmorona ahora con una velocidad que los mercados apenas comprenden.

Los datos son precisos. La prima de reventa promedio de las carteras Birkin y Kelly, que mide el precio de subasta respecto al costo minorista original, cayó de 2,2 veces su valor en 2022 a 1,4 veces en 2025. No es una corrección menor, sino la señal de que el mercado secundario de Hermès pierde la densidad mítica que lo sostenía, tras años de funcionar como un activo financiero cuasi independiente,

El propio director ejecutivo de Hermès, Axel Dumas, describió en una conferencia de resultados el avance de compradores oportunistas que adquieren carteras para revenderlas, impidiendo el acceso a sus clientes reales. Lo que Dumas no dijo, pero está implícito, es que la marca perdió el control narrativo sobre su producto más emblemático en el momento en que ese producto se convirtió en un vehículo de inversión.

El mercado de los relojes suizos de lujo atraviesa un proceso similar. Los precios de los Rolex en el mercado de segunda mano cayeron alrededor del 5% en 2024, los de Patek Philippe un 4% y los de Audemars Piguet un 7,5%. El cuarto trimestre de 2024 marcó el undécimo trimestre consecutivo de descenso de precios en el sector. El pico fue en mayo de 2022, cuando la confluencia de liquidez pandémica, tasas de interés en cero y especulación generalizada elevó los precios de algunos modelos a cinco veces su valor minorista. Lo que los especialistas del sector describen como un mercado de interés que se había transformado en mercado de activos, terminó cuando los especuladores salieron del segmento. Por lo tanto, los relojes vuelven a ser relojes.

El caso de los diamantes es más serio porque involucra una ruptura tecnológica, no solo un ciclo de mercado. Los diamantes naturales de un quilate promediaron unos $4.200 dólares en 2025, contra cerca de $6.000 en 2021. Los cultivados en laboratorio, químicamente idénticos a los extraídos de la tierra, cuestan entre un 73 y un 83% menos que sus equivalentes naturales. La industria que De Beers construyó durante el siglo veinte con el argumento de que un diamante dura para siempre enfrenta una contradicción que no tiene respuesta marketinera: si el producto es materialmente idéntico y cuesta una décima parte, el precio original era en su totalidad una construcción social. Un análisis de McKinsey advirtió que si los diamantes cultivados en laboratorio caen tanto de precio que se convierten en simples accesorios de moda, todos los diamantes, naturales o sintéticos, corren el riesgo de perder relevancia.

Estos tres fenómenos, las carteras de Hermès, los relojes suizos y los diamantes, son distintos en su mecanismo pero convergen en el mismo síntoma. Así, los objetos que las generaciones anteriores usaron como reserva de valor privada, accesible, visible y usable, dejan de cumplir esa función. La pregunta es si hay una causa común más profunda que la simple corrección de un ciclo alcista.

La hay, y es generacional; esto se evidencia en un informe sobre consumidores de alto patrimonio. Este encontró que los millennials y la generación Z están en la vanguardia de una redefinición del estatus, priorizando experiencias que definen la identidad, el bienestar y los valores compartidos por encima de las posesiones. El gasto en lujo experiencial crece al doble de la velocidad que el gasto en objetos de lujo. La razón no es solo filosófica, sino económica y estructural. La generación Z tiene los niveles más bajos de acceso a la vivienda de cualquier grupo etario activo, con pagos hipotecarios promedio que casi duplican en términos reales los que enfrentaron los millennials para su primera vivienda.

Cuando la acumulación de patrimonio a través de activos tradicionales, la casa propia, la jubilación gradual, la herencia familiar, se vuelve inalcanzable, la psicología del ahorro cambia. El objeto que guarda valor pierde sentido cuando no hay un proyecto de largo plazo.

Lo que algunos analistas llaman “desilusionómica” describe la forma en que la generación Z ve con claridad a través de la ilusión del lujo de marca hacia el valor concreto que puede extraer de un objeto. Esto es racionalidad aplicada a un mundo donde el mito dejó de ser gratuito. La cultura del objeto duplicado, la copia fiel a una fracción del precio, no es solo una tendencia de consumo, sino la expresión de un grupo generacional que ya no acepta pagar por el relato.

Lo que reemplaza al objeto como depósito de valor es menos tangible y más volátil. Los inversores jóvenes buscan activos que sean fáciles de acceder, más transparentes y mejor alineados con cómo viven y operan en su vida cotidiana. Eso incluye criptomonedas y coleccionables digitales que ofrecen escasez verificable, portabilidad y existencia en los mismos entornos digitales donde ya pasan la mayor parte del tiempo. La escasez, el ingrediente activo que hizo valioso a un Birkin o a un Submariner, migra al código. Un token no fungible puede ser tan escaso como una cartera de cocodrilo y no ocupa espacio en un armario. Que ese patrimonios ea también volátil, opaco y susceptible de colapsar en horas no parece disuadir a quienes ya vieron cómo los diamantes “eternos” perdieron el 90% de su valor en siete años.

Entre tanto, el oro resiste. En los últimos doce meses, mientras los Birkin perdían prima y los brillantes se derrumbaban, el oro ganó cerca del 70% y alcanzó máximos históricos, y la plata superó alzas del 130% , impulsados por la misma ansiedad que desmorona los objetos de lujo como depósito de valor, es decir, la desconfianza en los sistemas institucionales. El oro no necesita mito. Su escasez no depende de un departamento de comunicaciones ni de una lista de espera gestionada por un asociado de ventas.

Lo que termina no es el lujo, sino una forma particular que prometía el placer de usar y la satisfacción de conservar valor coexistiendo en el mismo objeto. Esa promesa fue siempre parcialmente falsa, y ahora la generación que creció con acceso ilimitado a información de precios en tiempo real lo sabe con exactitud. Y cuando se acaba el mito, solo queda el precio.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.