Milei, Meloni y las bases de adhesión al Club Donald Trump
Hay parejas con relaciones a distancia que no se ven tantas veces como Javier Milei y Giorgia Meloni. Este fin de semana protagonizaron en Roma su quinto encuentro en un año, coronado con la entrega de la ciudadanía italiana al presidente argentino, en honor a sus antepasados calabreses.
Más allá de los abrazos, las sonrisas, los gestos y la euforia que genera este vínculo en las redes, está claro que es absolutamente inusual que una primera ministra italiana tenga una relación tan cercana con un jefe de Estado argentino. Pero la sintonía más importante no es personal. Lo más interesante que los une es ser parte del exclusivo Club Donald Trump.
Mientras se encontraban reunidos en Italia, Milei y Meloni recibieron una invitación para participar el próximo 20 de enero en Washington D.C del acto de asunción de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos. Muchos medios puntualizaron en que no hay precedentes de un mandatario electo estadounidense invitando a un presidente argentino. Pero el dato se queda corto: la historia muestra que no hay antecedentes de mandatarios extranjeros formando parte de estas ceremonias.
Trump está rompiendo con una tradición que hacía de la inauguración un hecho de política interna. Es cuanto menos curioso que un líder acusado de aislacionista tome una decisión así. Es una de las paradojas del club que preside.
La afinidad entre Trump y Milei es conocida por todos. Fue el primer mandatario extranjero en reunirse con él después de las elecciones, en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) organizada en Mar-a-Lago, su lugar en el mundo. Pero también a Meloni lo une un lazo importante. Días atrás dijo que era “una mujer fantástica”, un calificativo que tomó prestado de Elon Musk, que tiene puentes comunes con los tres mandatarios. Alrededor de la italiana y el futuro titular del Departamento de Eficiencia Gubernamental —inspirado en el Ministerio de Desregulación que conduce Federico Sturzenegger— hay tantos memes y especulaciones como entre ella y Milei.
Los otros dos invitados confirmados son Nayib Bukele, presidente de El Salvador, y Viktor Orbán, primer ministro de Hungría. Ambos son miembros fundadores de este club que reúne a representantes de una nueva forma de hacer política, muy característica de este tiempo histórico. Son líderes que combinan un fanatismo inusitado por el capitalismo, tendencias nacionalistas, valores conservadores y la defensa de una política iliberal en nombre de la defensa de Occidente.
Este grupo, surgido del terremoto que causó en la política mundial el triunfo de Trump en 2016 —y reforzado ahora por su espectacular regreso en las elecciones de noviembre—, tiene un enemigo común: el orden internacional conformado por la ONU y su enjambre de organizaciones, oenegés y fundaciones dedicadas a la defensa de los derechos humanos, las minorías postergadas y el ambiente. Ese objetivo compartido los lleva a reunirse para diseñar una acción conjunta, venciendo los reparos que suelen tener estos líderes por la diplomacia y los foros multilaterales. Esta coordinación, que algunos podrían asimilar con una "internacional de la derecha", es una de las grandes novedades de esta época.
La crisis de las democracias liberales
¿Qué tienen en común Estados Unidos, Italia, Hungría, Argentina y El Salvador? Son víctimas de una pandemia que afecta a casi todas las democracias liberales, casi sin excepciones. Si en tan poco tiempo y en países tan diferentes surgieron líderes con rasgos similares, que encima están empezando a organizarse, es porque son fruto de una crisis compartida.
Como todo problema complejo, es multicausal. Hay un problema de base y es que este sistema descansó siempre en una ficción: la idea de que quienes gobiernan, quienes administran los recursos económicos, jurídicos y técnicos del Estado lo hacen en nombre del pueblo, representando sus intereses, no los propios. Como si fueran meros intermediarios.
Esto siempre fue una ficción. En todos los sistemas políticos el poder político es ejercido por grupos reducidos de personas que se representan a sí mismas. Esto no significa que las democracias sean lo mismo que las monarquías religiosas o las dictaduras. Estas últimas son sistemas totalmente cerrados, donde no existen mecanismos de rendición de cuentas, y por tanto tampoco hay libertades básicas.
Las democracias que funcionan bien son las que se ajustan a la definición de poliarquía del politólogo estadounidense Robert Dahl, que supone un sistema en el que hay competencia electoral, libertad de expresión, derecho a la organización, pluralidad de voces y control ciudadano. Los que toman las decisiones pueden ser pocos, pero no son siempre los mismos y deben someterse al escrutinio de la población.
Pero eso no resuelve el problema de legitimidad que está en el fondo de la cuestión: formalmente, al ciudadano se lo convence de que sus gobernantes lo representan y gobiernan en su nombre. Entonces, cada acción que contradiga ese supuesto, que revele la verdad de las cosas, conmueve los cimientos del edificio democrático.
Esto era menos problemático décadas atrás, en sociedades que eran más jerárquicas, y en donde los políticos gozaban de cierta privacidad, porque había pocos medios de comunicación y estos llegaban sólo hasta cierto punto. Así era más fácil sostener la ficción. Pero desde hace ya algunos años, en línea con transformaciones sociales que provocaron un derretimiento de las jerarquías, todo lo que hacen los políticos está vigilado, controlado y expuesto. Ya sea por los medios tradicionales o por las redes sociales. Casi nada escapa del ojo público. Hoy es mucho más difícil creerse el cuento.
Este problema de base se agrava por algunas desviaciones que se volvieron generalizadas en nuestras democracias. Una es la hiper profesionalización de las campañas, una reacción de los políticos para sobreactuar representación. El desarrollo de toda una elaborada tecnología para medir la opinión pública, y la adaptación del discurso a lo que se supone que espera la ciudadanía, fue homogeneizando a toda la política tradicional, vaciándola de contenido.
La búsqueda de los expertos en campañas de captar siempre la mayor cantidad de votos, perdiendo el menor número posible, provocó una aversión al riesgo que llevó a la mayor parte de los políticos a evitar un discurso propio y genuino. Eso los volvió cada vez más sensibles a las minorías movilizadas, que son las que más se hacen oír en el debate público. Con tal de evitar el repudio de alguno de estos grupos, todos se abrazaron a la corrección política: una retórica obsesionada con no ofender a nadie y con agradar a todos. Estaba claro que eso no podía terminar bien.
Al mismo tiempo, hubo una mutación en el campo intelectual, del cual la política siempre se nutre. Comenzó en los años 90, después de la caída del bloque soviético, que eliminó la alternativa que existió durante toda la Guerra Fría al capitalismo y a las democracias liberales. Convencidos de la idea del "fin de la historia" acuñada por Francis Fukuyama, según la cual el mundo iba a converger irremediablemente hacia democracias capitalistas, para los defensores del orden establecido perdió sentido hacer explícita su defensa. Para qué, si ya no había una amenaza en frente.
Esto permitió que ganara mucho espacio en la academia un discurso cada vez más hostil hacia Occidente, que por tener la hegemonía global se convirtió en el Leviatán que amenazaba con devorar todo. Se impuso la idea de que las democracias capitalistas eran el resultado de una interminable cadena de crímenes cometidos hacia afuera contra otras culturas y hacia adentro contra todo tipo de minorías. Obviando que la historia de toda la humanidad es una colección de atrocidades, se construyó un sentido común que imputa a Occidente aberraciones que son universales, y que le niega el reconocimiento sobre avances y logros que sí son exclusivos de nuestra civilización.
Estos supuestos modelaron las agendas de muchas organizaciones multilaterales y oenegés que proliferaron con la globalización. Y empezaron a permear el discurso político. Cualquier cosa que oliera a nacionalismo comenzó a ser visto como algo pasado de moda y asociado al fascismo. Defender principios básicos del capitalismo pasó a estar mal visto. Y sobre todo: se creó el consenso de que las minorías que reclaman reparaciones por ofensas pasadas o presentes tienen siempre la razón.
El desenlace inevitable de todas estas transformaciones fue una política totalmente alejada de la realidad de las mayorías, que tienen necesidades bastante más simples: estabilidad económica y perspectivas de desarrollo, seguridad y vivir con tranquilidad. Cuando el estancamiento económico, el aumento de la criminalidad y las crisis migratorias empezaron a afectar a buena parte del mundo, la política tradicional fue incapaz de articular respuestas eficaces. Estaba demasiado maniatada y alejada de la realidad.
El club que quiere cambiar el mundo
Lo que muchos engloban en las nuevas derechas es, precisamente, una respuesta conservadora a esta crisis de representación. Es una consecuencia de la falta de creatividad conceptual de la izquierda para proponer soluciones a estos problemas, y del temor de la derecha convencional a ejecutar las acciones en las que cree.
No es casual que Trump haya irrumpido después de Barack Obama. El primer presidente negro en la historia del país había generado muchas esperanzas y fue por lo tanto una fenomenal decepción para muchos que esperaban que por fin se terminaran muchas de las injusticias que la gran crisis de 2008 puso en evidencia. Pero los salarios no aumentaron significativamente, la salud siguió siendo un problema para la mayoría y Estados Unidos no dejó de gastar miles de millones de dólares en intervenciones en otros países de dudosa eficacia.
Trump contestó a ese desencanto como quien suponía que no iba a llegar a ser presidente. Hizo campaña diciendo lo que quiso, sin preocuparse de lo que indicaban los asesores expertos. No tuvo miedo de ser catalogado de loco o de fascista por sus propuestas sobre la economía, la inmigración y la inseguridad. Y, para sorpresa de todos —empezando por él mismo—, ganó.
Su atractivo fue ser visto como un marginal en términos de los cánones del establishment político. Pero un marginal que no proponía una revolución socialista, sino un regreso a las bases del capitalismo liberal. Es una fórmula que Orbán ya venía aplicando a su manera en su muy controvertido gobierno en Hungría —el más autoritario del grupo—, y que ejecutarían luego Bolsonaro en Brasil, Bukele en El Salvador, Abascal en España, Meloni en Italia, Wilders en Países Bajos y Milei en Argentina, por mencionar los ejemplos más notables.
La convalidación de Trump en las últimas elecciones de Estados Unidos es para todos una señal de que tal vez no sea un accidente histórico como muchos creían en 2016, sino un cambio de ciclo. "Antes todos me combatían, ahora todos quieren ser amigos míos", dijo el lunes en su primera conferencia de prensa desde que es presidente electo.
Por eso ahora los miembros del club coinciden en que tienen la oportunidad de organizarse y empezar a cambiar el orden internacional que tanto rechazan. Es muy pronto para saber cuán lejos pueden llegar en sus planes. De lo que no hay dudas es de que la crisis de las democracias representativas llegó para quedarse. El riesgo es que en esa concentración de poder sin contrapesos que tanto anhelan todos esos líderes terminen de darle la estocada final a muchos de los grandes progresos políticos que vinieron de la mano del liberalismo.

