La última cumbre del G20 antes de la tempestad
La cumbre de líderes del G-20 en Río de Janeiro podría ser, tranquilamente, la última. No es que el foro vaya a interrumpirse en el futuro inmediato. Todo indica que continuará. Entre otras cosas porque, al igual que sucede con la ONU —aunque en una escala más pequeña—, ya existe una burocracia consolidada.
Esta estructura fue desarrollada por los 19 países miembros, a los que se suman la Unión Europea, completando así el grupo de los 20. Este cuerpo diplomático trabaja durante todo el año en función de esta cumbre y representa un costo hundido, lo que dificulta imaginar que el foro se desactive de un año para otro.
Sin embargo, estamos ante la última cumbre antes de la tempestad. La última que aún puede mantener cierto aspecto de normalidad, tal como ocurrió con todas las realizadas en las últimas dos décadas. La invasión de Rusia a Ucrania había sido un primer golpe del que el foro no ha podido reponerse. El emergente más visible es que Vladimir Putin no volvió a participar de esta cita anual. Difícil que pueda hacerlo con una orden de captura de la Corte Penal Internacional por los crímenes que está cometiendo en Ucrania. Eso es lo más notorio. Lo más profundo es cómo esa invasión rompió el de por sí precario equilibrio político global.
El segundo golpe, el que tal vez sea de nocaut, es el espectacular regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Por dos razones. La primera, más evidente, es que el presidente electo de Estados Unidos no cree en el multilateralismo ni en ninguna instancia de deliberación colectiva. Para él, situaciones en las que muchos países deben sentarse alrededor de una mesa para discutir los grandes temas de la humanidad —desde el comercio mundial hasta el cambio climático y la pobreza— carecen de sentido. Según su visión, estos son asuntos que Estados Unidos debe resolver por sí mismo y, en todo caso, negociar directamente, país por país, imponiendo los términos que él considera adecuados.
La segunda razón, más de fondo, es que la victoria del caudillo republicano pone en evidencia un problema mayor: la completa deslegitimación de estas instancias ante los ojos de la ciudadanía global. La Asamblea General de la ONU, la Organización Mundial de la Salud, UNICEF o el propio G-20, están todos sumergidos en la misma crisis.
El G-20 de Brasil nos está permitiendo ver en escala la dinámica que veremos potenciada desde el año que viene en Sudáfrica. Desde Brasil hay mucho malestar con la intransigencia argentina en varios puntos de la declaración conjunta propuesta por el gobierno de Lula da Silva.
Nada que sorprenda. Con la expulsión de Diana Mondino de la Cancillería, Javier Milei terminó de darle forma a su visión de la política exterior: un campo más de la batalla cultural que busca dar en todos los niveles. En ese nuevo enfoque hay poco lugar para el comportamiento estratégico y transaccional que caracteriza a la diplomacia profesional, siempre dispuesta a hacer concesiones parciales a otros países para después cobrarlas en el futuro en cuestiones que puedan ser de interés nacional.
La política exterior entendida como parte de la batalla cultural supone mirar cada decisión como un hito en sí mismo. Sólo así se pueden entender las últimas votaciones en la Asamblea General de la ONU, en las que Argentina fue el único país en rechazar resoluciones a favor de pueblos indígenas y contra la violencia machista.
Todos sabíamos que esa misma obstinación iba a dificultar mucho llegar al consenso cuando Brasil impulsaba cosas como compromisos en materia de cambio climático, de impuestos a los súper ricos o de igualdad de género. Para ser justos, la posición brasileña tampoco fue demasiado amigable. Personas familiarizadas con las negociaciones hicieron saber a este medio que Itamaraty pretendió imponer un texto de prepo, sin muchas discusiones. Algo muy alejado de la praxis habitual en este tipo de eventos.
Más allá de la tensión que se vivió hasta último momento, Milei optó por firmar la declaración conjunta para no ser visto como responsable de su caída. Pero lo hizo marcando su disidencia en todos los aspectos relacionados a la Agenda 2030 de la ONU. En su comunicado posterior, Presidencia recalcó que es "la primera vez" que Argentina sigue ese camino.
Pero pensar que el problema del G-20 es el actual gobierno argentino sería no entender la película. Porque Milei no es más que un emergente de algo mucho mayor. Forma parte de un clima de época que muestra al propio Lula con una agresividad en su política exterior que contrasta con el pragmatismo que guió a sus primeros dos gobiernos. Un clima en el que —en eso coinciden todos los negociadores— es cada vez más difícil llegar a acuerdos básicos porque ningún país quiere ceder en sus pretensiones, porque ninguno se somete a liderazgo alguno.
En cualquier caso, estas son nimiedades frente a lo que se viene desde 2025, cuando Trump esté en el lugar de Biden. Si Milei fue un dolor de cabeza para Lula, imagínense lo que puede ser Trump para Cyril Ramaphosa, el presidente de Sudáfrica. Cambio climático, pobreza, impuestos, regulaciones, género. Podríamos seguir varios párrafos enumerando las objeciones que presentaría. Pero hay algo de fondo, que trasciende a las diferencias sobre algunas políticas o ideas concretas. La impugnación es contra todo lo que representa el G-20 tal como fue concebido.
Crisis de legitimidad
El G-20 es, en esencia, el último producto de un mundo que alguna vez estuvo guiado por la ilusión de que la desintegración de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín marcaban el “fin de la historia”, como postuló Francis Fukuyama. Este ideal suponía que todas las naciones convergerían, con ligeras variaciones, hacia economías de mercado abiertas y modelos políticos similares a la democracia liberal occidental.
Creado en 1999 como un foro para ministros de finanzas y banqueros centrales, el G-20 ascendió en importancia en 2008, en respuesta a la crisis financiera global provocada por la caída de Lehman Brothers, convirtiéndose en un espacio de encuentro para los líderes de Estado. Pero las cosas cambiaron, y mucho.
Ya nadie cree que vamos a una convergencia global en torno a economías abiertas y democracias liberales. En su lugar, presenciamos el empoderamiento de modelos alternativos. China se proyecta como una potencia dominante que impone sus condiciones. India, cada vez más influyente, adopta un rol central como estado pivot. Algunas veces acompaña a Estados Unidos debido a su rivalidad histórica con China. Al mismo tiempo, aprovecha las sanciones internacionales para usufructuar su relación con Rusia, con quien comparte con China y Brasil la membresía a los BRICS, desde donde busca ser un contrapeso de Occidente.
Este es un mundo donde cada nación sigue sus propias reglas, donde los acuerdos comerciales cedieron su paso a las guerras comerciales, y donde la idea del consenso está en vías de extinción. El G-20, lejos de ser el espacio de deliberación que se propuso ser, refleja la fragmentación de un sistema global en creciente conflicto.
En Occidente, la resonante victoria de Trump, tan difícil de asimilar para el establishment político y cultural, evidencia la creciente distancia entre las elites dirigentes y el ciudadano medio. Esa distancia, que se vuelve cada vez más insoportable para las grandes mayorías, no sólo golpea en la legitimidad de gobiernos, congresos y partidos políticos. También le pega a las burocracias supranacionales, que son vistas —con mucha razón, por cierto— como parte del mismo problema.
Estas elites, dedicadas en gran medida a su propia reproducción como clase social, tienen objetivos y una visión del mundo que se han desprendido completamente de la realidad en la que vive el grueso de la población. Lo que ve el ciudadano medio de estas grandes citas internacionales en las que se debaten los grandes temas es que casi nunca eso se materializa en mejoras para su propia vida. Y el desapego se convierte en enojo cuando quienes asisten a esas cumbres le hablan desde un púlpito, con superioridad moral.
Alguien podría argumentar que hace 50 años estos foros ya existían y tampoco aportaban soluciones concretas. No obstante, ese era un mundo con velos que rodeaban de misterio a la política local y global. De ese misterio emanaba el respeto que sentían los comunes por los integrantes de esos círculos de poder. Pero esos velos se corrieron hace tiempo. Hoy la regla es, ante la duda, desconfiar de cualquier instancia de poder.

