¿Por qué se lincha? La experiencia latinoamericana
Guatemala y Bolivia son los países en donde más gente muere como producto de linchamientos. En este último país, la prensa dio cuenta de que mueren “entre diez y veinte personas al año quemados, ahorcados o enterrados vivos”.
El tema, sin embargo, es recurrente en la agenda latinoamericana: si no es en esos dos países, algo sucederá acaso en Perú o en algún otro lugar de Centroamérica y, ocasionalmente, en Brasil y tal vez, en Argentina.
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El peruano Basombrío.
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El factor "miedo"
Desde Montevideo, Luis Pedernera, secretario ejecutivo del Comité de los Derechos del Niño de Uruguay y miembro de Ielsur, el Instituto de Estudios Legales y Sociales de su país, se mostró preocupado por lo que sucede en la Argentina.
“Uno asiste preocupado a estos procesos de profundización de la fragmentación social que en el linchamiento tiene su peor expresión.
Son cuestiones complejas que no pueden abordarse desde una única perspectiva, pero tienen un denominador común: son el producto de décadas de apostar al endurecimiento punitivo para vender la ilusión de que los problemas de inseguridad se resuelven solamente creando nuevos delitos, agravando penas en definitiva apostando al sistema penal”.
Así, Pedernera se introdujo de lleno en un tema complejo, admitiéndolo como tal y subrayando su opinión en torno a las causas.
“No debemos olvidar -completó en su diálogo con MDZ desde el otro lado del ´charco´- que los sistemas penales destruyen vínculos comunitarios, y contribuyen a la fragmentación”.
Fábrica de linchamientos
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Luis Pedernera, a la derecha de la imagen.
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Sin embargo, Pedernera indicó que “también hay que reflexionar sobre las policías de la región y las responsabilidades políticas que nunca aparecen”. En este punto, sostuvo que “los países que avanzaron en procesos que abordan este tipo de conflictos desde otras perspectivas enseñan que el endurecimiento punitivo, lo que trae aparejado es que en definitiva los problemas terminan no resolviéndose: se los congela y se los devuelve a la sociedad agravados”.
Qué hacer
El uruguayo sostuvo que hay que “apostar a quebrar un discurso monocorde, que pone como vedette a la cárcel y al sistema penal, debería ser el norte para empezar de pensar en el abordaje de esta situaciones desde miradas mas comprensivas de estos procesos sociales para que no se termine en una venganza generalizada”.
“Eso -reconoció Pedernera- es complejo en tiempos donde los sectores conservadores apuestan a la criminalizaciòn como forma de acumular electoralmente, tener atención mediática y lograr rápidos consensos a partir de la imagen de que el delincuente es un enemigo, porque es barato y satisface en términos simbólicos. Pero es caro si uno lo mira a largo plazo”.
En cuanto a la discusión sobre la seguridad, consideró que “se juega mucho en el debate sobre el tema en este terreno, y especialmente en torno a algunas preguntas: ¿qué sociedades estamos dejando a las generaciones más jóvenes?”.
Para el experto en jóvenes y violencia uruguayo, “si la seguridad solamente pasa por el tamiz punitivo, construiremos hostilidad y distancia con los sectores más desventajados, que son la clientela habitual del sistema penal. Si queremos sociedades integradas con otras formas de enfrentar los conflictos, lo penal no debe ser la estrella: debemos pensar y construir desde una cabeza donde lo penal realmente sea una excepción”.
Finalmente, señaló que “recobrar la idea del ´otro´ como semejante constituye uno de los desafíos cruciales para el desarrollo de la política píblica en términos de lo que enseñaba Sennet, de luchar contra la ´fatiga de compasiòn´ que es el acostumbramiento a realidades persistentemente dolorosas”.
Bolivia: el problema y la respuesta
En Bolivia el linchamiento es considerado por algunos como “una tradición”. Por eso, en medio de una ola de asesinatos ocurrido el año pasado, el defensor del Pueblo, Rolando Villegas, llamó a aplicar “políticas públicas enérgicas” para evitarlo. Costumbres ancestrales llevan a que todavía hoy se practique esa forma de resolver un conflicto, por lo que pidió, también, que se produzca “un paso entre esa tradición y una cultura democrática que es lento, y todavía se cree que está bien que si alguien comete un delito, debe ser la comunidad quien le dé una ´sanción ejemplarizadora´”.
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Maclean Soruco.
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Defendió esta última instancia, instituída para acercar mecanismos de resolución de disputas a las comunidades, en un país plurinacional, como el suyo.
En su charla con MDZ en La Paz, dijo por entonces que “en áreas rurales existen diversos mecanismos de solución de conflictos sin intervención de autoridades judiciales. Muchos de estos mecanismos tienen origen en las costumbres sociales y religiosas del grupo social que instituye el mecanismos de justicia comunitaria”. Abundó al respecto: “En área rural la conflictividad por lo general se presenta en temas de tierras, tenencia de animales, deudas y conflictos de relacionamiento. En el área andina, por ejemplo, conozco de sistemas de justicia comunitaria que, en poblaciones chicas, operan convocando a toda la comunidad a crear un gran tribunal comunitario, presidido por un líder (mallku) para decidir sobre límites de parcelas, sanciones a personas que perturben la paz y la armonía, y formas de resarcimiento de daños previos causados”.
“Este, sin embargo -sostuvo el jurista boliviano- es un ejemplo aislado de muchas otras formas de justicia comunitaria de mediación y resarcimiento que deberían explorarse con más seriedad ahora que existe regulación constitucional formal para la aplicabilidad obligatoria de los fallos de tribunales comunitarios. De cualquier manera, creo que es sumamente irresponsable confundir la justicia comunitaria como fenómeno social-rural con los linchamientos de crónica roja”.
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Juan José Lima.
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Dijo Lima que “la justicia comunitaria no sólo no admite los linchamientos sino que los evita. En Bolivia el Estado apenas puede cubrir (y mal) las necesidades urbanas, por ello la justicia comunitaria es una realidad que durante siglos ha sido empleada en la resolución de conflictos”.
Al comentar los avances de la normativa en su país, dijo -en un diálogo sostenido antes de que se conocieran estos casos en la Argentina- que “lo que hace la Constitución es sólo reconocer la realidad preexistente, todo este tiempo se ha exigido a la justicia comunitaria que reconozca a la justicia occidental, pues ahora es un instituto occidental (la Constitución) la que reconoce a la justicia comunitaria, que no necesita de este reconocimiento para existir, algunas voces se levantan pidiendo el respeto de los derechos humanos y de unidad legislativa, y estas voces sólo pretenden asegurar ese respeto para aquellos que nunca (o en hipótesis extrañas) se verán sometidos a la justicia comunitaria”. Para Lima, “la Justicia Comunitaria es la forma legítima de resolución de conflictos de inmensas mayorías que se reconoce ahora a nivel constitucional”.
¿Por qué se lincha?
A la hora de los análisis de la situación extrema que representa que una horda castigue al presunto autor de un delito, cometiendo otro, hay que diferenciar la disputa política, mediática y social del momento de la evaluación que los expertos o académicos ajenos a esta realidad pueden hacer.
Por ello, mientras en la Argentina hasta puede verse ya posturas “oficialistas” y “opositoras” en un torno a un tema tan serio que no merecería ese tipo de tratamiento, en el exterior sopesan la casuistica internacional para darle sustancia al análisis.
Antonio Rangel Bandeira es un sociólogo brasileño de prestigio internacional. Fue político, docente en su país y en Canadá, asesor en Chile, viceministro de Desarrollo Social a nivel nacional y líder de la ONG “Viva Río”, que trabaja en la pacificación de las favelas. Es escritor y un conocido conferencista que vincula las experiencias de respuestas sociales a problemas de inseguridad.
Habló con MDZ a raíz del caso que estalla en la Argentina y que ha generado que, con un “cuentaganado”, las redacciones periodísticas numeres y ponderes presuntos casos de linchamiento, con gran ansiedad.
"El linchamiento -nos indicó Rangel Bandeira. Es un término que viene del juez norteamericano Lynch y que generó el término en inglés ´lynching´´. Es un fenómeno que se nutre básicamente de la falta de confianza en que el Estado, ya sea a través de la policía o de los tribunales, cumpla con su obligación de punir al criminal, protegiendo a la comunidad”.
El experimentado académico brasileño consideró que “si no se confía en que el delincuente va a ser castigado por el Estado, pagando por su delito e impedido de volver a amenazar la seguridad de los ciudadanos, la tendencia será a hacer justicia por las propias manos”.
Subrayó Rangel en este punto que “cuanto menos es la confianza en la policía o en la justicia, más crece la tendencia a resolver las cosas por sí solos”.
Sobre la “utilidad” de la venganza
El experto brasileño, sostuvo que “otros componentes que motivan el linchamiento son la intolerancia y el miedo. la intolerancia frente al ´otro´, al diferente”.
“Fundado -agregó- en el dogmatismo de que somos dueños de la verdad, o que somos superiores, racial o económicamente, nos dejamos llevar hacia el desprecio del otro, tratado como ´cosa´ o ´animal´, sin derechos y además, amenazantes”.
Para Rangel hay un elemento principal que debe considerarse: “Es el miedo, a la violencia, por ejemplo, que lleva las personas reclamar un ´gobierno fuerte´, que pase por encima de las leyes y ´extermine´ a ´los malos´. Hay gente que quiere que el gobernante asuma el poder de ´eliminar el mal´”, analizó el experto carioca en diálogo con MDZ.
Relató una anécdota de su ciudad. Contó que “en Rio de Janeiro, hace dos meses, frente a la incompetencia y corrupción de la policía, incapaz de contener el aumento de los atracos y asaltos en las calles, en el barrio de Flamengo, los jóvenes de clase media se organizaron para ´cazar´ en las calles a los ladrones, jóvenes pobres de las favelas, dedicados a robar; cuando los agarraban, los golpeaban, cortaban sus orejas, ´para que eso sirviera de ejemplo´ a los demás delincuentes. Un joven ladrón negro, después de ser golpeado, fue desnudado y atado a un poste de luz con la cadena y el candado de una moto; los jóvenes atacantes se manifestaron inmediatamente ´orgullosos´ de proteger a la comunidad y de enviar, con sus acciones, un mensaje a los demás delincuentes. Una semana después, el mismo ladrón fue arrestado, practicando otro atraco en Copacabana. Ni siquiera sirve la venganza”.

