La tapa de "Barcelona" y el cumpleaños del papa Francisco
La revista Barcelona hace uso sin filtros un humor negro irritante. Pero es humor, en definitiva, aunque también es una forma diferente de opinar. No debe haber sector que no le tema a ser tapa de la revista porteña y, cuando ya lo ha sido, el repudio es el acto inevitable, del tipo del que los editores de esa publicación ya deben estar acostumbrados a recibir.
Esta vez se la tomaron con Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco, por cumplirse un año de su “reinado” al frente de la iglesia católica y del Estado Vaticano.
Lo hicieron con su estilo: brutal. Y detrás del humor negro se trasluce una fuerte y descarnada opinión sobre qué es esa pequeña ciudad estado europea, o mejor dicho: qué fue y para qué llegó un argentino a gobernarla.
Sirve para analizar –partiendo desde un extremo- el primer año de papado, tras la inédita renuncia de Benedicto XVI. Por eso partimos desde su afirmación de portada, en donde se lo compara con el narcotraficante y político colombiano Pablo Escobar Gaviria a través del título de la miniserie que repasa su vida, “El patrón del mal”. A Francisco, la revista Barcelona lo llama “El patrón del bien” y dice:
“Tomó el mando de una organización mafiosa, retrógrada, opresora, sanguinaria, fascista, sexista, multimillonaria, corrupta y pedófila, y en un santiamén la convirtió en una institución querida por todos”.
“Mafiosa, corrupta, millonaria”. El concepto de “mafia” es equivalente al de “organización creada para delinquir”. Por antonomasia, no es un término con el que se pueda adjetivar sobre el Vaticano. Diferente es hablar de las mil historias de vínculos políticos de la mafia italiana con la curia romana, negociados con el Banco Vaticano y éste, como refugio de los depósitos del dinero sucio del crimen internacional. Un caso paradigmático lo contó el veterano periodista Juan Arias en su blog del diario español El País. Allí reveló los lazos entre la curia vaticana y el asesinato de Emanuela Orlandi, una chica de 15 ños, hija de un funcionario del Estado Vaticano, que jamás fue esclarecido y que, según el autor, “una de las hipótesis es que el padre de Emanuela era sabedor de las ligaciones mafiosas y masónicas del Banco Vaticano con el crimen organizado. Habrían secuestrado a su hija para taparle la boca. Y se la taparon”. El mismo periodista es quien revela que –ya en el tren de sumar anécdotas para hablar del calificativo de “mafioso”- que “el tristemente famoso mafioso, Enrico De Pedis, de la importante Banda de la Magliana, que acabó asesinado y del que tantos artículos escribí entonces, se encuentra enterrado nada menos que en la Basílica de San Apolinar de Roma, junto con famosos papas y obispos”. Ya con la renuncia de Benedicto XVI al papado, algo, sin dudas, inédito en 600 años y, además, un golpe de efecto fenomenal hacia adentro de la iglesia, se habló de un intento del alemán Joseph Ratzinger de torcer el rumbo del Vaticano. Cuando fue elegido el argentino Jorge Bergoglio dijimos desde MDZ que se trataba de “un exótico papa bisagra”. Hablábamos de un hombre alejado del centro de la curia romana (a la que el resto del mundo mira de reojo), con fuerte poder de mando emanado de su condición de jesuita y su rol, posiblemente, una transición hacia una iglesia y un Estado más actualizado, lo que implica “santidad” (no hay estado “santo”, al menos en este planeta), sino una adecuación cultural: vivir en este tiempo y no en un constante retorno a la Edad Media. Hoy se habla de que el propio papa Francisco es amenazado por la mafia debido a sus reformas. Las más profundas no afectan a la estructura de la iglesia, precisamente, pero sí a la madre de todos los vicios: la plata. Adhirió a los organismos de control internacional del IOR (que conocemos todos como Banco Vaticano) con lo que los fondos en negro en circulación por el mundo ya no pueden recalar allí, como estaba sucediendo hasta ayer no más. Hay un obispo preso por lavado de dinero y, si bien lavó el dinero según parece, la actitud fue no ocultarlo sino ponerlo a disposición de la justicia. Y se le quitó influencia sobre las cuentas al “monje negro” de las últimas tres décadas, el otrora poderoso cardenal Tarcisio Bertone.
“Retrógrada”. El Vaticano puede ser visto desde múltiples maneras: una ciudad sagrada, la sede de una religión de escala global, un Estado europeo con alcance y jurisdicción dentro de otros estados, etc. Pero también funciona como una especie de “confederación” de líneas de pensamiento dentro de la iglesia católica. Depende del papa que esté al frente, unas u otras líneas de pensamiento serán las más hegemónicas. Ineludiblemente, se trata de un Estado que basa toda su actividad en un conjunto de ritos: su numen es la “tradición”. Pero dentro de esta acepción pueden reconocerse diferentes “fotografías” o momentos. Cada papa y cada sector de la Iglesia decide en qué momento de la historia quedarse para reivindicarlo como el especial, el memorable y necesariamente “revivible”. De allí que el calificativo de “retrógrado” puede entenderse más que como descalificación, como un concepto de su esencia. Sin embargo –y sin que lo ritual haya sido dado por tierra- puede reconocerse en el primer año de papado de Jorge Bergoglio que la iglesia, como decíamos en el párrafo anterior, inició un cambio de índole “cultural”. Si entendemos por cultura a la capacidad de comprender el mundo actual, pues no hay dudas: lo está haciendo. Si el lema del Vaticano fuera “todo tiempo pasado fue mejor”, la situación sería absolutamente diferente, habida cuenta que, tal como lo escribió el escritor Eric Frattini en su libro “Los papas y el sexo”, a lo largo de la historia de 261 pontífices, según su versión, entre Dámaso I en el siglo IV y Benedicto XVI en el XXI, Eric Frattini documenta 12 papas casados, 7 fetichistas, 22 homosexuales, 10 incestuosos, 17 pederastas, 10 proxenetas, 20 sádicos masoquistas, 9 violadores, 6 hijos de curas, 4 papas hijos de papas y 4 papas padres de papas. No se pretende en este artículo ofrecer juicios de valor en torno a qué cosas se deben cambiar y cuáles no, sino poner al papa Francisco en un “momento cero” y evaluarlo 365 días después. Sí, el Vaticano no dejará de ser “retrógrado” en algunas cosas jamás. Pero al elegir en cuál pasado quedarse, posiblemente el liderazgo de Francisco esté en uno mucho más comprensible por el presente.
“Opresora”. Está en el mensaje permanente del Vaticano y, en especial, de su nuevo papa Francisco, el uso de la palabra “opresión” y la condena a los “opresores”. Lo ha hecho en este pequeño período de un año al referirse a las guerras, a la esclavitud y la trata de personas, y también a las mañas de los propios sacerdotes. Hay quienes sostienen una cuestión conceptual en contra de la Iglesia: que les da acompañamiento a los opresores del mundo y que acoge en su seno, sin discriminar, a “explotadores y explotados”. Quedará por ver la definición que imprima Francisco a su “gestión” papal. Por ahora, los sectores más diversos de la Iglesia lo están aplaudiendo, con la sola excepción de la extrema derecha, prácticamente ya desde afuera de los límites de la institución religiosa. Un caso que parece no molestar del todo a sectores como, por ejemplo, el Opus Dei –que cada vez que puede rescata y enaltece la figura de este pontífice, sin criticarlo- es la recuperación de lo que para los anteriores papas Juan Pablo II y Benedicto XVI resultó casi una pieza de arqueología político religiosa, como es la Teología de la Liberación. Hoy el Vaticano le da espacios a su creador, el cura peruano Gustavo Gutiérrez, quien en más de una oportunidad, inclusive sin trascendencia pública, se ha reunido con el papa.
“Sanguinaria”. Más por omisión que por acción, este descalificativo puntual le ha cabido en los últimos dos siglos a la Iglesia en ocasiones muy puntuales y trascendentales: el respaldo a los nazis o el acompañamiento de las dictaduras latinoamericanas, entre otros hechos. Ni hablar de su rol en los siglos anteriores, con papas genocidas y guerreros. Sin embargo, ¿alguien puede afirmar que en los últimos 365 días el papa Francisco haya dado una señal hacia ese camino?
“Fascista”. Ciertas dosis de fascismo -a veces con cuchara grande y otras con la pequeña- puede reconocerse en muchos gobiernos de izquierda y de derecha, en estos tiempos. Sus señas particulares suelen ser el culto al líder único, la anulación de la oposición como alternativa, un presumido diálogo con las masas y un autoritarismo como condición esencial. Pues en este punto el Vaticano tiene su propio régimen, más allá de su historia de intercambio de “votos católicos por dinero y territorio” con el primer fascismo, el de Benito Mussolini. No puede pedírsele a un Estado que resulta ser lo más parecido a un remanente del Imperio Romano lo que jamás presumió ser: una república. Ni que haya “oposición”, ni parlamento. Pero algunos pasos de Bergoglio buscan no “republicanizar” su funcionamiento, pero sí, al menos, aportar a una transición, dándole espacio a los que hasta sueñan con “elecciones libres” dentro de la iglesia católica para que entre todos los fieles elijan a un futuro pontífice. Francisco creó un “gabinete”, el G8: son ocho cardenales de altísimo nivel que lo acompañan en su toma de decisiones y que hasta hablan con la prensa sobre los proyectos del papa, algo inédito desde que existen los medios de comunicación.
“Sexista”. Y misógino. Y también homofóbico. No hay calificativo mejor aplicado para el Vaticano. ¿Pero llegó Francisco para “lavarle la cara” a una “organización sexista” o para cambiarla? Es todo un misterio, porque el papa va y viene con declaraciones y encíclicas que tocan de costado la temática, pero no termina por dar un cambio rotundo. ¿Son las resistencias internas de la Iglesia el gran freno o es su propia convicción? La enorme “papamanía” generada por un Francisco sonriente y humilde, dispuesto y laborioso, actual y carismático, nos juegan una mala pasada con respecto a sus posiciones. Creemos que rápidamente abrirá las puertas del Vaticano a homosexuales y lesbianas, que bendecirá su unión en matrimonio y que hará sacerdotisas, inclusive “obispas” y “cardenalas” a las mujeres. Pero puede ser una ilusión conceptual. El papa tuvo una primera acción con la que consiguió abrazar a millones de personas en todo el mundo que, hasta ese momento, no solo se sentían lejanas de la Iglesia, sino repudiadas por ella. Fue cuando, al retornar a Roma desde Brasil, habló con los periodistas en el vuelo de Alitalia y les dijo que “¿quién soy yo para criticar a los gays?”. En adelante, sus acciones no han ido en ese sentido. Sin embargo, en altos niveles de la curia romana se habla de la posibilidad de que este mismo año Francisco eleve a un rango importante dentro de la estructura católica a una mujer, dando un gesto histórico.
“Pedófila”. Durante siglos el Vaticano abusó de los niños, en múltiples sentidos: desde su “lavado de cerebro” antes de cumplir una edad capaz de razonar en torno a la religión, hasta las prácticas sexuales directas, pasando por el ocultamiento de situaciones de esclavitud, encierro, explotación. Pero aquí también vale preguntarse si Jorge Bergoglio llegó a Roma para seguir haciendo lo mismo, ignorándolo, condenándolo tan solo de palabra. O para cambiarlo. El primer gran gesto lo dio en la iglesia de Santa Marta el primer día de papado. Pidió que retiraran de allí al cardenal Bernard Law, su encargado, acusado de ocultar graves casos de pedofilia. Luego, empujó a los curas de República Dominicana hacia la justicia, para que rindan cuenta de sus propios abusos. Un episodio difícil se vivió no hace mucho, cuando el Vaticano tuvo que responder formalmente a las acusaciones de ocultamiento de la pedofilia a cargo de sus sacerdotes, en la sede de la ONU en Ginebra. Las acusaciones del organismo multilateral fueron muy duras y el Vaticano se allanó a responderlas, pero también en términos fuertes. La duda que prevalece fue cuál fue el rol de Bergoglio en la Argentina de, entre otros, el cura Julio Grassi. Porque la pedofilia no es tan solo un pecado, sino un delito penal. Las dudas están planteadas en torno a si la iglesia va a seguir viviendo como un país extranjero, con sus propias leyes y disposiciones dentro de otros o si se someterá los controles y leyes fuera de su propio ombligo. Y un asunto central no resuelto, hasta ahora, por el papa Francisco y que tiene mucho que ver con los casos de abuso sexual: no hay umbral para que se replantee el celibato religioso, esa gran frustración.





