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Donde hubo mafias, costumbres mafiosas quedan

¿Qué pasa en una ciudad cuando el poder de la mafia impone su marca y hereda a las nuevas generaciones sus costumbres? El caso de Medellín y el debate sobre cómo salir, una vez más, desde el fondo del pozo de la violencia y la muerte, en un diálogo con referentes sociales locales.
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La ciudad colombiana de Medellín representa un múltiple paradigma: el de la muerte, con Pablo escobar Gaviria como emblema y el de la resiliencia y la vida, con la fuerte inversión sociocultural que puso luz sobre tanta oscuridad tras la muerte del narco más famoso.

Pablo Escobar al centro, "apoyando al deporte".
Pero el fantasma del monstruo deambula por esa ciudad. A veces asusta. Y así como se lo invocó tanto para retratar al mal que había sido vencido, su imagen cobró fuerza, sus fieles se reinventaron y, consecuentemente, los métodos mafiosos volvieron a hacer carne.

Es como sucede con el fuego y las cenizas, en donde hubo mafias, costumbres mafiosas quedan. Más de 1.250 muertes violentas en lo que va de 2010 delatan que aquella alma en pena se ha apoderado nuevamente de la ciudad superando los grandes esfuerzos de las autoridades locales por exorcizar Medellín.

Algunos autores dan cuenta que para que una mafia se precie de tal debe cumplir con un rosario de condiciones, a saber:

1) Tener voceros políticos;
2) tener la segunda generación sin sospecha ni antecedentes penales;
3) legalizar el patrimonio;
4) manejar niveles de violencia invisibles.

Escobar Gaviria se dio todos los lujos: construyó su mansión en las afueras, con lago y todo. Montó su zoológico e hizo desfilar por allí a todas las partes de lo que ingenuamente la ciudadanía considera como “el poder”. Pero se mostró también promoviendo el deporte, formulando donaciones importantes a causas justas, promoviendo el desarrollo urbano y hasta coqueteó con la política, que lo tentó a blanquear su rol de titiritero y pasar al frente de alguna lista de candidatos. Él desapareció, pero sus enseñanzas quedaron.

Lo que pasa y por qué pasa

La sucesión del líder mafioso muerto busca instalar nuevos referentes. El ataque disperso del Estado, sin tener en cuenta el trasfondo social de esa guerra intestina que dispara demasiadas esquirlas hacia el resto de la sociedad, no funciona.

En Medellín, "hay 52 lugares de confrontación" y la Policía se alía a uno de los bandos, lo que produce "connivencia y corrupción, ya que la propia Policía entrega armas y ayuda en esa lucha". Así lo afirma el director de Con-Vivamos, Elkin Pérez.

La guerra entre pandillas que se disputan el territorio y operan bajo el mando de narcotraficantes y paramilitares se ha desbordado en la ciudad, donde desde enero se contabilizan casi 1.270 homicidios, lo que ha puesto en alerta a todo el país.

Otros consideran que “la situación no es tan grave”. No sería novedad que así fuera, en una Latinoamérica plagada de negocios vinculados a la inseguridad. Esa es la opinión que deja a MDZ Mauricio Barzola, quien tiene la tarea de coordinar al activo grupo “Comuna Nueva”, un núcleo de trabajo sociocultural ubicado en la Comuna Nueve de Medellín y que busca –entre otras cosas- enfrentar semióticamente a los hechos de violencia con actos a los que denomina “hechos de paz”.

Barzola nos dice que “no es tan grave como los medios lo pintan, si se está pasando por una situación difícil por grupos pandilleros que se arman en algunos barrios por simplemente apoderarse de ciertos lugares estratégicos donde se venden sustancias psicoactivas”. Analiza el fondo del problema que no es tan simple como podría pretenderse en una Colombia sembrada de grupos que buscan conseguir lo que quieren por medio de las armas: “A partir de las desmovilizaciones –acota el dirigente social- hace ya un tiempo de grupos armados al margen de la ley, se han venido conformando con algunos desmovilizados estas bandas, pero afortunadamente se ha podido capturar a los grandes jefes de estas bandas delictivas”.

En Medellín se hizo una profunda transformación desde el Estado, un Estado que está presente, indudablemente. Eso perfiló al ex alcalde (intendente) Sergio Fajardo como figura política nacional y lo estaba haciendo con el actual, el periodista Alonso Salazar, hasta que la violencia comenzó a golpearlo y a pesar de las ingeniosas estrategias para trabajar por una ciudad segura.

Canción para que no te mueras

John Harold Dávila es un trovador “paisa” que, sin miedos, canta a la paz lo que allí puede ser interpretado por el costado opuesto: canta en contra de mucha gente poderosa.

Autor e intérprete de tangos y baladas, su presencia es descontada en cada encuentro que se organiza para buscar que la vida cambie, para mejor.


LA PENA DEL HOMBRE DE TIERRA - JOHN HAROLD DAVILA
- ¿Qué pasa en Medellín?

Desde mi punto de vista, lo que pasa tiene que ver con la falta de continuidad de las políticas públicas de seguridad y de convivencia, que interrumpen las administraciones municipales cuando ostentan un nuevo período de poder.

Suena familiar el planteo de Dávila y, por cierto, menos melódico de lo que se esperaba de un artista. Con filo, el poeta y cantante, sigue con su análisis, en esa misma línea:

“Acá se acusa un falso enfrentamiento entre bandas por el control territorial. Eso está pasando, pero no es el fondo del asunto”, matiza.

- ¿Y entonces, qué sucede en Medellín?

El fondo del asunto parte de las fallas estructurales de un sistema que prioriza el consumo inútil y la vida fácil, al igual que el endeudamiento que crece pero no el empleo. Eso retiene una expectativas de crecimiento de los mercados que no logran moverse con el circulante escaso y el blanqueamiento de dineros del narcotráfico y las corruptelas. Todo esto pone en evidencia una riqueza concentrada que hace que los sectores armados quieran tomar ese dinero sea de quien fuere. Y lógico: los humildes son los primeros en ser hurtados. Bienes y servicios son extorsionados en los barrios populares, pues las fuerzas armadas del estado no conectan con la delincuencia, pues el producido de los pequeños negocios ilícitos sumados, son fortunas.

Dávila da cuenta en su extensa charla que, además, “los políticos son incapaces de solucionar un problema, ellos solos posponen el inevitable gigantismo del conflicto urbano que será el escenario de los atropellos al derecho internacional humanitario, en un futuro cercanísimo: las ciudades”.

Una Medellín, dos ciudades

Mientras el fantasma de la muerte confunde y divide a todos quienes podrían derrotarla, pero si estuvieran unidos, se multiplican por la ciudad los análisis de los porqués.

Hace un tiempo, cuando visitamos la ciudad, dialogamos con niños que no podían llegar a la escuela porque “la tenían jurada” y también, con maestras que vivían condenadas a muerte por movilizar a esos pibes en rumbos diferentes a los dictados por el imperio mafioso en busca de líderes.

Una organización que apoya a las comunas y entidades locales es Redepaz. John Fernando Mesa –además de ser un buen anfitrión y porfiado reclamante a las autoridades- es un hiperactivo militante social.

La pregunta, para él, es la misma que para todos los que miramos azorados lo que ocurre en “la ciudad de la eterna primavera”: ¿qué es lo que pasa?

- Hay una falta de oportunidades reales para los jóvenes y las madres cabeza de hogar. Las propuestas del Estado solo se quedan en maquillaje y en paños de agua tibia.

- ¿Cómo creés que se está enfocando la tarea para revertir la violencia de las calles?

- Solo se cree que el problema se arregla con represión y bala, no se buscan mecanismos de dialogo con los actores armados, como los “combos” y bandas. La administración municipal se queda corta con funcionarios que no están capacitados para mirar, estudiar y afrontar la problemática de la violencia.

- ¿Cómo está viviendo esta situación la gente que habita en las comunas?

- Existe una deuda social histórica con las comunas de Medellín, lo que está llevando a que los jóvenes, niños y niñas, vean en el trafico de drogas y en armarse para poder defender sus territorios, un gran comercio de armas y trata de personas, la posibilidad de un sustento económico, político y de status para sus comunas.

- ¿Por qué llegan a esa situación? ¿En qué falló el Estado en todo caso?

- Las personas de las comunas no creen en la policía ni el Ejército y en general, tampoco en la justicia. Por lo tanto recurren a grupos armados -los mismos jóvenes de sus comunas- para que los defiendan y amparen de otros combos y bandas. Eso lleva a que se esté dando en toda la ciudad un gran número de extorsiones y robo a los pequeños comerciantes. En síntesis, la ciudad está dividida en dos: una ciudad que se le muestra a los turistas(no pasa nada, es una ciudad segura) pero otra ciudad donde la muerte, el silencio y la falta de oportunidades reales es el pan diario de nuestras comunas.