Los claroscuros y enseñanzas que salieron a la superficie con la hazaña chilena
No todo fue "como por un tubo". Lo que se conoció tangencialmente, el cerco informativo, la reinvención de Chile con Piñera reasumiendo el cargo. Los peligros de no proteger a los trabajadores y la alegría, la legítima alegría.
Con la minuciosidad de un relojero, el gobierno chileno programó cada uno de los detalles de la transmisión del histórico rescate que mantuvo en vilo al mundo. En una versión aggiornada de la llegada del hombre a la Luna, esta vez los ojos no estaban en el desconocido espacio exterior sino en otro sitio también extraño a la mayoría de la humanidad: el corazón de la Tierra. Se calcula que mil millones de personas siguieron el minuto a minuto del rescate, mechado con una calculada utilización de palabras por parte del presidente Sebastián Piñera quien, sin que esto le reste mérito como máximo responsable de la exitosa operación, abusó de la oportunidad.
Los periodistas acreditados en el lugar, un par de miles, nada menos, vivieron –según sus propios relatos colaterales- un organizado montaje de cada detalle que les hizo recordar a la ausencia de cadáveres en el ataque a las Torres Gemelas o a las límpidas bombas, tipo fuegos artificiales, sobre Bagdad.
El éxito, así, fue múltiple:
- Los mineros están con vida y con un porvenir pleno de reconocimientos y beneficios.
- Chile se mostró al mundo de una manera diferente a cómo lo hizo a principios de año con el monumental terremoto: ahora, preparados para afrontar situaciones de crisis extrema.
- Consolidó su imagen de país minero con capacidad de revertir situaciones adversas que son producto de la explotación de los recursos de las entrañas de la Tierra. No en vano la figura descollante detrás de Piñera no fueron los ministros de áreas humanitarias, sino el de Minería.
- Piñera, en tanto, articuló una promoción en los medios que lo muestra como el líder que fue capaz de romper con la transición democrática para pasar a una democracia capaz de unir a los chilenos más allá de las diferencias.
Lo que no se vio, se conoció tangencialmente o se mencionó sólo al final fue destapado por Luis Urzúa, el jefe de turno de la mina colapsada y el último en salir: “Que no se vuelva a repetir”, dijo, apenas salió, al ministro de Minería, a quien por un instante se le borró su perenne sonrisa.
Urzúa se transformó en un símbolo más allá del incalculado cautiverio de 70 días y cuando volvió a respirar el aire de la superficie: el hombre cuyo padre y, también, su padrastro fueron asesinados por la derecha que gobernó Chile con Pinochet a la cabeza, felicitó a Sebastián Piñera y le encomendó seguir en la misma senda.
Antes, entre las cosas no dichas, había padecido la rebeldía de sus dirigidos, bajo tierra, pero él mismo dio por superado el incidente que sólo se conoció a través de lo publicado por el diario español El País la semana pasada, recogiendo versiones que luego se confirmaron y que lograron romper el cerco comunicacional oficial.
Urzúa hablaba de los peligros que encierra la actividad minera cuando no se protege a sus trabajadores adecuadamente, que es lo mismo que decir: cuando el celo de la empresa está puesto en el valor mercantil de la explotación y los trabajadores son sólo una herramienta.
A la lista de puntos oscuros que acompañaron a la hazaña final habría que incluir que:
- la empresa titular de la mina San José se había declarado en quiebra tras el derrumbe e informado que no podría no sólo indemnizar a sus hombres atrapados allí, sino que ni siquiera les podría pagar el sueldo;
- no todos los trabajadores mineros del mundo han tenido la suerte de los ahora célebres 33, ni 1.000 millones de espectadores conociendo en directo sus malas condiciones laborales, ya que el 26 de junio 72 murieron en el interior de la mina San Fernando, en Colombia; o los 63 mineros que murieron a 150 metros bajo tierra en Coahuila, México, en 2006, de los cuales ni siquiera se rescataron sus cadáveres. En Venezuela tan sólo este año han muerto 10 mineros.
Es verdad que una inmensa alegría deja en segundo plano cualquier tristeza anterior. Este es el caso de Chile que nos conmueve. Sin embargo el camino fue tortuoso. Los propios familiares dieron cuenta del “abandono” de las autoridades -ahora omnipresentes- en los momentos de mayor incertidumbre y dolor.
Es más: mientras Evo Morales llegaba a estrecharse en un también histórico abrazo con Piñera, los familiares del único minero boliviano que había quedado atrapado se quejaban porque tuvieron que llegar hasta Copiapó por tierra, con gran dificultad y sin ayuda del mandatario que arribó, lógicamente, en su avión.
Pero todo esto quedó –irónicamente- enterrado por la avalancha informativa del éxito. Fue arrollador. Se habla de “milagro”, pero la obra fue bien humana: ingenieros, técnicos, médicos, idóneos, funcionarios, expertos locales y extranjeros fueron la mano de obra del rescate.
Y a partir de ahora –con Urzúa como emblema- no habría que esperar intervenciones divinas, sino precauciones humanas. A los milagros es mejor prevenirlos que tener la necesidad de invocarlos.
- Consolidó su imagen de país minero con capacidad de revertir situaciones adversas que son producto de la explotación de los recursos de las entrañas de la Tierra. No en vano la figura descollante detrás de Piñera no fueron los ministros de áreas humanitarias, sino el de Minería.
- Piñera, en tanto, articuló una promoción en los medios que lo muestra como el líder que fue capaz de romper con la transición democrática para pasar a una democracia capaz de unir a los chilenos más allá de las diferencias.
Lo que no se vio, se conoció tangencialmente o se mencionó sólo al final fue destapado por Luis Urzúa, el jefe de turno de la mina colapsada y el último en salir: “Que no se vuelva a repetir”, dijo, apenas salió, al ministro de Minería, a quien por un instante se le borró su perenne sonrisa.
Urzúa se transformó en un símbolo más allá del incalculado cautiverio de 70 días y cuando volvió a respirar el aire de la superficie: el hombre cuyo padre y, también, su padrastro fueron asesinados por la derecha que gobernó Chile con Pinochet a la cabeza, felicitó a Sebastián Piñera y le encomendó seguir en la misma senda.
Antes, entre las cosas no dichas, había padecido la rebeldía de sus dirigidos, bajo tierra, pero él mismo dio por superado el incidente que sólo se conoció a través de lo publicado por el diario español El País la semana pasada, recogiendo versiones que luego se confirmaron y que lograron romper el cerco comunicacional oficial.
Urzúa hablaba de los peligros que encierra la actividad minera cuando no se protege a sus trabajadores adecuadamente, que es lo mismo que decir: cuando el celo de la empresa está puesto en el valor mercantil de la explotación y los trabajadores son sólo una herramienta.
A la lista de puntos oscuros que acompañaron a la hazaña final habría que incluir que:
- la empresa titular de la mina San José se había declarado en quiebra tras el derrumbe e informado que no podría no sólo indemnizar a sus hombres atrapados allí, sino que ni siquiera les podría pagar el sueldo;
- no todos los trabajadores mineros del mundo han tenido la suerte de los ahora célebres 33, ni 1.000 millones de espectadores conociendo en directo sus malas condiciones laborales, ya que el 26 de junio 72 murieron en el interior de la mina San Fernando, en Colombia; o los 63 mineros que murieron a 150 metros bajo tierra en Coahuila, México, en 2006, de los cuales ni siquiera se rescataron sus cadáveres. En Venezuela tan sólo este año han muerto 10 mineros.
Es verdad que una inmensa alegría deja en segundo plano cualquier tristeza anterior. Este es el caso de Chile que nos conmueve. Sin embargo el camino fue tortuoso. Los propios familiares dieron cuenta del “abandono” de las autoridades -ahora omnipresentes- en los momentos de mayor incertidumbre y dolor.
Es más: mientras Evo Morales llegaba a estrecharse en un también histórico abrazo con Piñera, los familiares del único minero boliviano que había quedado atrapado se quejaban porque tuvieron que llegar hasta Copiapó por tierra, con gran dificultad y sin ayuda del mandatario que arribó, lógicamente, en su avión.
Pero todo esto quedó –irónicamente- enterrado por la avalancha informativa del éxito. Fue arrollador. Se habla de “milagro”, pero la obra fue bien humana: ingenieros, técnicos, médicos, idóneos, funcionarios, expertos locales y extranjeros fueron la mano de obra del rescate.
Y a partir de ahora –con Urzúa como emblema- no habría que esperar intervenciones divinas, sino precauciones humanas. A los milagros es mejor prevenirlos que tener la necesidad de invocarlos.


