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Conocé a Luisa Casati, la primera Lady Gaga

El único empeño de esta celebridad de la Belle Époque fue convertirse en una "obra de arte viviente" y lo consiguió. Nadie logró nunca evitar girarse a su paso o sentir admiración y a veces miedo.
Foto: http://2.bp.blogspot.com/-qQWTqXqbRwY/UROPmFEWHJI/AAAAAAAABEU/PiqpHyq1WKY/s1600/man+ray.jpg
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Si existe una celebritie que sepa acaparar como nadie flashes, focos y columnas en el denominado papel couché esa es, sin duda alguna, la diva americana del pop Lady Gaga.

Sin embargo, si en algún momento hubo alguien que pensó que la icónica Lady Gaga era única en su especie, sin duda se equivocó. Por mucho que la diva esté haciendo gala de una personalidad basada en el disparate ya hubo alguien que, tiempo atrás, logró lucir como nadie su extravagancia y hacer de lo raro su forma de vida.

Se trata de Luisa Casati, celebridad por excelencia de la Belle Époque y cuyo propósito en la vida se podría resumir con una frase que ella misma no dudó en repetir hasta el fin de sus días: ser una obra de arte viviente.

Luisa Casati (1881 — 1957) perteneció desde su nacimiento a una familia acomodada aunque no fue hasta su matrimonio con Camilo Casati Stampa di Soncino, Marqués de Roma, cuando comenzó a dejar atrás la personalidad que siempre la había acompañado para diseñar el personaje que pronto la convertiría en una de las más distinguidas damas de la sociedad: la marquesa Casati, recuerda ABC.

Su matrimonio con el Marqués de Roma, de quien acertadamente tomó el apellido que conservaría hasta el día de su muerte, abrió a Luisa las puertas de un mundo, el de la aristocracia, que hasta entonces desconocía pero del que pronto aprendió a sacar partido. Tras un divorcio más que anunciado de Camilo Casati, Luisa decidió ubicar su residencia definitivamente en Venecia y consiguió hacer de la ciudad de los canales su particular paraíso en el que, sin que nadie pusiera coto a su imaginación, siempre dio rienda suelta a sus locuras.

La marquesa, como hogaño hiciera la diva del pop, logró dar un cambio radical a su apariencia física con el fin único de convertirse en alguien inmitable: el cabello rojo como el fuego, unos ojos verdes cuyo brillo aumentaba gracias a la belladona y sus ropas, dignas de una diosa sin miedo a que se intuyeran sus curvas, hicieron de ella un personaje envidiado y deseado al mismo tiempo por varones y féminas.

Luisa Casati, obsesionada con que el mundo entero supiera de su existencia, adoptó un comportamiento cuando menos excéntrico y poco común que la llevó a, entre otros muchos hechos documentados, pasear casi desnuda por las calles de Venecia, acompañarse de guepardos que hacían las veces de mascotas o portar, como si de un collar se tratase, una serpiente viva enroscada a su cuello.

La vida de la musa de la Belle Èpoque no tardó en ser lo más comentado entre la aristocracia. No solo eso sino que Luisa, quien con su apariencia y actitud pronto logró ser esa obra de arte viviente en la que siempre soñó convertirse, consiguió ser la mujer más retratada del mundo después de Cleopatra y la virgen María.

Sin embargo, la obsesión de Luisa Casati por perdurar en el tiempo jamás podría haberse hecho realidad de no ser por la fuerte base económica que permitió a la marquesa concederse el privilegio de adquirir todas las propiedades, joyas y obras de arte que siempre le vinieron en gana. A