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El día que los dioses bajaron al Bustelo

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Tengo que reconocer que tengo un problema: no tengo capacidad para comentar un recital de música. Para eso está mi amigo Walter Gazzo.

Pero tengo gustos musicales, inclinaciones y una historia sentimental. Y no puedo quedarme sin escribir algo sobre un acontecimiento histórico del que todavía no me recupero: haber escuchado a Yes en Mendoza. Es decir, haber visto y escuchado, a pocos metros, a algunos de los héroes de mi adolescencia. Y haberlo hecho al lado de mi esposa Paula y mis hijos Mauricio y Ludmila, como para que esto se haya transformado en lo que será parte de nuestra historia familiar.

Yo escucho a Yes desde que tenía 15 años, cuando un amigo me prestó un casette que tenía grabado “Close to the Edge”. En ese momento mis héroes pasaron a ser Jon Anderson y Rick Wakeman, porque esa voz y esos teclados, entonces, parecían directamente de otro planeta. Pero después, y especialmente con “Fragile” y “Tormato”, empecé a descubrir lo que significaban Steve Howe y Chris Squire. Dos monstruos sagrados absolutos, pertenecientes a un universo inalcanzable, que sostenían con su talento a una banda que fue variando muchas veces con el tiempo. Salvo por ellos dos, piedra, roca y sostén de ese sonido inalterable.

Los dioses a veces se hacen unas guiñadas cómplices para jugar a nuestro favor, y eso pasó este sábado en el Bustelo. Yo, hasta que no los ví en el escenario, no podía creer que los iba a escuchar en Mendoza. Media hora antes del recital ya estaba en mi asiento y debo reconocer que estaba nervioso como si el que fuera a tocar fuera yo mismo.

Después, ¿qué decir?

¿Que rogaba que no volviera la electricidad para que Howe siguiera con su set electroacústico?

¿Que Squire se me parecía a un emperador romano, con esa panza y esa vestimenta, y porque tocaba el bajo como si lo hubieran mandado directamente desde los cielos?

¿Qué todavía no puedo creer –pero realmente no puedo creer- que he escuchado en vivo “And you and I”, “Roundabout” o “Starship Trooper?”

Esos tipos eran los héroes de mi adolescencia, y el sábado a la noche me han golpeado el corazón y la cabeza como pocas cosas en mi vida.

Me he podido dar el gusto de decirle a mi hija, que escucha rock sinfónico (que por alguna razón hoy cultivan muchos grupos escandinavos), que Howe, Squire y Alan White son los papitos de sus ídolos actuales.

O que mi hijo ya haya averiguado que Howe fue considerado durante cinco años seguidos como el mejor guitarrista del mundo.
Haber escuchado a Yes en Mendoza ha sido, para mí, como haber estado en la Atenas de Pericles.

O en la Roma de Augusto o Adriano.

Le voy a contar a mis nietos que Steve Howe hizo un solo de yapa en “Siberian Kathru”, el primer tema de la noche, que estableció el tono de lo que iba a ser una jornada inolvidable.

Y que salté y canté y grité como nunca –nunca- lo había hecho en un recital.

Ahora sé que los griegos y los romanos tenían razón, y que sus dioses se asemejaban en las pasiones a los humanos. En 2010, para mí, se llaman Steve Howe y Chris Squire, entre otros, aunque ya seas sesentones.

Yo tuve la suerte de verlos, escucharlos y grabarlos a fuego en mi disco rígido sentimental el sábado 4 de diciembre de 2010 en el Auditorio Ángel Bustelo. Eso no me lo saca nadie de mi corazón.