Si sentís que el tiempo pasa volando, no es tu idea: la ciencia explica por qué
Nuevos estudios en Neurociencia explican qué ocurre en el cerebro y qué hábitos permiten recuperar la percepción del tiempo.
La ciencia explica por qué el tiempo pasa más lento cuando estamos a una semana de las vacaciones.
CanvaLa percepción del tiempo es una construcción subjetiva, moldeada por el cerebro a partir de recuerdos, estímulos sensoriales y emociones. Sin embargo, existe un fenómeno casi universal: a medida que nos convertimos en adultos, los días parecen comprimirse y los años transcurren a mayor velocidad que en la infancia.
Investigaciones recientes en Neurociencia y Cronobiología aportan pistas sobre este enigma cotidiano y ofrecen estrategias para “estirar” la sensación del paso del tiempo.
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Por qué el tiempo pasa volando
Uno de los factores más estudiados es la familiaridad. En la niñez todo es nuevo: el primer día de escuela, los primeros amigos, los viajes en familia, los descubrimientos cotidianos. Esa sucesión de estímulos inéditos obliga al cerebro a registrar un volumen mayor de información. Y cuanta más información procesa y almacena, más extenso parece un período cuando lo recordamos.
Con la adultez, en cambio, gran parte de la rutina se vuelve predecible. Trabajar, estudiar, hacer las mismas compras, recorrer los mismos trayectos: la repetición reduce el nivel de atención y el cerebro archiva menos detalles. Como consecuencia, los días se vuelven más “cortos” en la memoria.
A este efecto se suma el declive de la memoria reciente, un proceso natural que avanza lentamente con la edad. No se trata de un problema cognitivo, sino de un ajuste neurológico: el cerebro prioriza lo relevante y descarta lo que considera accesorio. Si los recuerdos de las últimas semanas o meses son pocos o poco diferenciados, la mente interpreta que ese lapso fue breve.
Otro componente clave es el automatismo. Muchas funciones diarias se realizan sin pensar: manejar, cocinar, revisar el celular, cumplir tareas laborales repetitivas. Cuando una acción se convierte en hábito, requiere menos recursos cognitivos. El resultado es que transcurre casi sin ser “vivida”, lo que refuerza la idea de que el tiempo se escapa sin que podamos retenerlo.
La ciencia y su puerta alentadora
Pero la ciencia también abre una puerta alentadora: es posible entrenar al cerebro para recuperar la sensación de días más largos y con mayor densidad de experiencias. Los especialistas destacan tres prácticas esenciales.
- La primera es incorporar novedades. Aprender algo nuevo -un idioma, un instrumento, una receta, una actividad física- reactiva circuitos neuronales y obliga al cerebro a prestar atención, lo que expande la percepción subjetiva del tiempo.
- La segunda es variar la rutina. Cambiar el recorrido habitual al trabajo, visitar un lugar desconocido en la propia ciudad, modificar el orden de las tareas diarias o sumar microexperiencias distintas durante la semana son formas simples de quebrar la monotonía.
- La tercera es mejorar la calidad de la memoria reciente. Llevar un diario personal, sacar fotos con intención narrativa, registrar pequeñas vivencias o reflexionar al final del día ayuda a consolidar recuerdos y hace que un período parezca más rico cuando se mira hacia atrás.
La sensación de que el tiempo “vuela” no es una ilusión sin fundamento, sino una consecuencia de cómo el cerebro organiza la información. Y aunque no es posible detener el reloj biológico, sí podemos intervenir en la forma en que vivimos y recordamos nuestros días. La clave está en volver a sorprenderse, ejercitar la atención y llenar la vida adulta de experiencias significativas.



