Rudman y Pintos: 35 años de amor, algunos "recreos" y una historia nacida en Bellas Artes
Laura Rudman y Leandro Pintos tienen 51 años, dos hijos y una vida atravesada por el arte. Ahora se preparan para exponer en el Museo Fader.
Laura Rudman y Leandro Pintos, dos artistas que se conocieron cuando eran adolescentes y se siguen eligiendo.
En Russell, Maipú, la vida cotidiana y el arte comparten una misma geografía. Laura Rudman abre el portón de la casa -una pieza artística realizada por Leandro Pintos que anticipa lo que sucede del otro lado- y recibe a MDZ Estilo. En la propiedad donde la pareja construyó su familia también funcionan sus talleres: dos espacios contiguos desde los que desarrollan obras profundamente diferentes.
En el taller de Rudman, la pintura se detiene en aquello que permanece cuando las personas abandonan una escena. Al ingresar al taller de Pintos, el sonido y el aroma de la soldadora modifica por completo la atmósfera.
Como ellos mismos señalan, en la obra de Pintos todo es cuerpo; en la de Rudman, lo humano se manifiesta aun cuando el cuerpo está ausente. Sus talleres están separados apenas por unos metros, pero no existe entre ellos una estética común ni una identidad artística subordinada. La proximidad les permite observarse, cuestionarse y acompañar sus procesos sin borrar las diferencias. Allí, donde conviven la pintura y el metal, también se vuelve visible la lógica que construyeron como pareja: compartir una vida sin renunciar a una voz propia.
El amor cuando no siempre hay enamoramiento
Laura y Leandro se conocieron a los 13 años en la Escuela Provincial de Bellas Artes. A los 16 comenzaron a salir y, salvo algunos “recreos” breves, permanecieron juntos. Su historia podría contarse como un romance adolescente que logró sobrevivir al paso del tiempo. Ellos prefieren quitarle solemnidad. No hablan de un amor perfecto ni pretenden haber descubierto una fórmula para permanecer juntos.
“Nosotros descubrimos que el amor es como un electrocardiograma, es intermitente”, afirma Rudman.
Para ella, una relación extensa no puede sostener siempre la intensidad de los primeros años. “Hay veces que estás recontra enamorado, a veces sos compañero, a veces querés que se vaya para su casa, pero vive con vos”, dice entre risas.
La frase es divertida, pero también contiene una confesión poco frecuente. Después de más de tres décadas, no se exigen sentir permanentemente lo mismo. El vínculo admite cansancio, distancia, deseo, ternura y momentos en los que el compañerismo ocupa el lugar del romanticismo.
“Uno va atravesando esas fluctuaciones y se va eligiendo con el otro. Creo que cada uno tiene que construir su propio estar bien para poder estar bien en pareja”, explica Laura.
No permanecer siempre enamorados no significa haber dejado de amarse. Significa haber liberado al amor de la obligación de conservar una única forma.
La admiración también puede ser incómoda
En la relación existe otro elemento fundamental: la admiración. Laura reconoce el oficio de Leandro y él comprende la profundidad del universo pictórico de ella. Sin embargo, admirarse no implica celebrarse todo.
Se observan, compiten, discuten y critican sus obras antes de que lleguen a una exposición. A veces pueden ser más duros entre ellos que cualquier persona ajena a la pareja.
“Ella me critica sabiendo qué es lo que está bien. No me está adornando ni sobando el lomo”, explica Pintos.
Para Rudman, esa franqueza nace precisamente del afecto. “Te importa mucho lo que hace el otro como para opinar tan abiertamente. Uno también se siente parte de la obra, en el sentido de pensar: esto que hiciste es lo que vamos a mostrar”.
La opinión del otro tiene peso porque no llega desde afuera. Ha acompañado las búsquedas, los errores, las piezas descartadas y las horas de trabajo que el público nunca ve.
También reconocen que la convivencia podría ser más difícil si compartieran una misma disciplina. Laura pinta y Leandro esculpe. Sus mundos se comunican, pero no se confunden. Cada uno consiguió construir una identidad propia sin convertirse en la prolongación artística de su pareja.
Ella pinta la ausencia; él le devuelve un cuerpo al metal
Rudman trabaja con espacios que parecen haber sido abandonados apenas unos minutos antes. En sus obras aparecen documentos, mapas, libros, puertas entreabiertas, baldosas y objetos cotidianos. La figura humana no está, pero su paso por esos lugares resulta evidente.
La pintora observa las escenas desde perspectivas inesperadas, muchas veces cenitales. Una habitación vista desde arriba puede transformarse en territorio emocional; una silla vacía deja de ser un mueble y se convierte en la señal de alguien que falta. Lo doméstico no funciona como decoración: es memoria, intimidad y relato.
La obra de Pintos parte de una pulsión más física. Trabaja el metal con pasión -cortes, pliegues, soldaduras y superficies sometidas al fuego-, y algunas veces no busca que la materia olvide lo que tuvo que atravesar para convertirse en cuerpo.
Sus rostros alargados tienen algo antiguo y, al mismo tiempo, contemporáneo. Algunas piezas recuerdan guerreros, animales o seres surgidos de una mitología personal. Otras tensan el cuerpo humano hasta dejarlo suspendido entre la fuerza y la fragilidad.
Durante muchos años, Leandro dividió su tiempo entre trabajos destinados a sostener a la familia y la producción artística. Laura describe aquella etapa con una imagen precisa: “Era como Clark Kent y Superman. Llegaba a la casa y se abría la camisa”.
Ahora puede dedicarse plenamente a la escultura. Él siente que atraviesa una nueva adolescencia artística, aun después de décadas de oficio. Tiene tiempo para estudiar, corregir, desarmar una pieza y volver a soldarla si algo no funciona.
“Vidas comunes y otras mitologías”
Los dos universos se encontrarán el 23 de octubre, a las 19, en el Museo Provincial de Bellas Artes Emiliano Guiñazú-Casa Fader. Allí inaugurarán “Vidas comunes y otras mitologías”, su primera muestra conjunta en ese museo.
La muestra no reunirá simplemente obras que ya estaban guardadas. Ambos están produciendo a partir de un proyecto capaz de contener sus diferencias.
Una vida común que nunca fue sencilla
Laura y Leandro viven del arte, aunque se ocupan de derribar cualquier imagen romántica alrededor de esa elección. Producen, venden, dan clases y hacen cuentas para llegar a fin de mes.
“Lo que nosotros hacemos no es un producto de necesidad urgente. El arte hace que la pasemos mejor mientras estamos vivos”, reflexiona Pintos.
Hubo años de mayores ventas y otros más difíciles. Durante la pandemia ampliaron los talleres y comenzaron a realizar obras de mayor formato. Mientras muchas actividades permanecían detenidas, algunas personas destinaron al arte el dinero que antes utilizaban para viajar. Las ventas ayudaron a sostener a la familia y permitieron que Leandro profundizara su producción.
La relación tampoco estuvo ajena a los cambios. Atravesó la crianza de dos hijos, las exigencias económicas, el crecimiento profesional y la convivencia entre dos personalidades creativas. Permanecer juntos no significó quedar congelados en la pareja que habían formado a los 16 años.
Quizás por eso sus obras ofrecen una manera más honesta de mirar su historia. A veces Leandro no esconde las soldaduras: permite que las uniones formen parte de la escultura. Laura pinta habitaciones vacías, pero demuestra que una ausencia también puede conservar una presencia.
Ellos tampoco ocultan los cortes, las pausas ni los momentos en que el enamoramiento pierde intensidad. Su vínculo no es una superficie pulida. Es una construcción en la que todavía pueden verse las marcas de todo lo vivido.
Después de más de tres décadas, no se prometen estar siempre enamorados. Se permiten algo menos perfecto y mucho más vivo: tener un espacio propio y, aun así, seguir encontrando el camino de regreso hacia el otro.