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El monumental puma que vigila la Reserva Villavicencio: mirá las imágenes

El puma mide 12 metros y parece observar a quienes recorren uno de los paisajes más emblemáticos de Mendoza. Los detalles de la obra.


Oculto entre la vegetación de la Reserva Natural Villavicencio, un puma colosal descansa sobre la tierra. Sus patas se extienden hacia el sendero, la cabeza se levanta por encima de la vegetación y una mirada penetrante parece seguir a quienes se acercan. Sin embargo, el animal no es real ni fue modelado con piedra, metal ni cemento: su cuerpo está construido con cientos de ramas recogidas en el mismo entorno.

La obra se titula Puma (Puma concolor) y pertenece al artista Alejandro Zalazar Correa. Con 12 metros de extensión y otras dos dimensiones de 2,80 y 2,40 metros, la escultura altera la escala habitual del paisaje y convierte al visitante en una figura diminuta frente a uno de los grandes felinos de América.

La pieza fue realizada mediante la técnica conocida como land art o arte de la tierra, una corriente que abandona las salas tradicionales para trabajar directamente con el territorio. En este tipo de producciones, el paisaje no actúa como un simple fondo: aporta los materiales, modifica la percepción de la obra y se convierte en una parte inseparable de ella.

Una escultura nacida en el mismo paisaje

Zalazar Correa utilizó principalmente ramas de pino y de rosa mosqueta obtenidas en la zona. Esta última es una especie exótica invasora, por lo que su incorporación a la pieza agrega una dimensión ambiental al trabajo.

El material que antes formaba parte de la vegetación del lugar reaparece transformado en el cuerpo de un animal. Las ramas más gruesas construyen el volumen de las patas y el torso, mientras que las más delgadas se entrelazan para definir el hocico, las orejas y las líneas del rostro.

La elección también reduce el traslado de materiales y permite presentar la obra como una escultura sustentable. No se trata únicamente de representar la naturaleza, sino de producir a partir de aquello que el propio territorio ofrece.

La estructura conserva deliberadamente las irregularidades de las ramas. Las curvas, los nudos y las diferencias de grosor no se ocultan: funcionan como trazos tridimensionales que sugieren el pelaje, la musculatura y el movimiento contenido del felino.

Un puma que parece estar al acecho

Aunque el animal está recostado, su postura no transmite una calma completa. La cabeza erguida, las orejas levantadas y las enormes patas delanteras proyectadas hacia adelante generan una sensación de vigilancia.

La escala resulta fundamental para producir ese efecto. Al aproximarse, el visitante deja de observar una reproducción naturalista y queda frente a una presencia desmesurada. La obra no intenta imitar las proporciones reales del puma, sino trasladar al espectador la potencia simbólica de una especie que rara vez puede contemplarse de cerca.

La ubicación termina de completar la experiencia -se lo puede observar detrás de la Capilla-. La luz que atraviesa los árboles modifica el entramado de las ramas y crea sombras en los espacios vacíos de la estructura. Vista desde cierta distancia, la figura parece surgir del bosque; al acercarse, el cuerpo se fragmenta en centenares de piezas vegetales.

Como toda obra emplazada a la intemperie, también permanecerá expuesta al sol, el viento, la humedad y el paso de las estaciones. Esa transformación posible no contradice la propuesta: recuerda que el material conserva su pertenencia al ambiente del que fue tomado.

Video de @ale.zalazarcorrea en Instagram

El animal detrás de la obra

El protagonista elegido por Zalazar Correa es un habitante de ambientes silvestres como el Cardonal y la Puna. El puma es un animal carnívoro que se alimenta principalmente de mamíferos y que evita la cercanía con los núcleos urbanos.

Su comportamiento reservado aumenta el misterio que históricamente rodeó a la especie. Está presente en el territorio, aunque la mayoría de las personas nunca llegue a verlo en libertad. La escultura hace visible esa presencia esquiva sin separar al animal de su hábitat.

Las hembras pueden tener camadas de hasta seis crías y se ocupan solas de su crianza, ya que los machos no participan de ese proceso. Los cachorros nacen con ojos celestes y el pelaje cubierto de manchas. Cerca de los cuatro meses, esas marcas comienzan a desaparecer y sus ojos adquieren el característico tono dorado de los ejemplares adultos.

Esa información permite que la pieza funcione, además, como una puerta de entrada al conocimiento de la fauna del lugar. La obra atrae primero por su tamaño y por su impacto visual, pero luego conduce hacia una historia más amplia sobre el ambiente que la contiene.

La obra no es un objeto colocado de manera indiferente en medio de la reserva. Su significado nace precisamente del vínculo entre figura, materiales y territorio. El paisaje no decora la escultura: la construye, la rodea y le otorga sentido.