El curioso ritual mendocino de volver del río con una piedra en el bolsillo
Para muchos es un simple recuerdo de montaña. Para otros todo un ritual con un significado profundo y espiritual.
Ir a la montaña a pasear y regresar con una piedra en el bolsillo tiene todo un simbolismo.
Hay costumbres que pasan casi desapercibidas porque forman parte de algo profundamente cotidiano. En Mendoza, una de ellas ocurre cada fin de semana en ríos, arroyos y paisajes de montaña: personas que regresan a sus casas con una piedra elegida especialmente durante la escapada.
No importa si fue encontrada en Potrerillos, Cacheuta, el Valle de Uco o Uspallata. Muchas veces termina sobre una mesa, en una maceta, en un escritorio o junto a otros objetos personales que parecen tener más valor emocional que material. Y aunque pueda parecer un gesto mínimo, detrás de esa costumbre existe una relación muy particular entre los mendocinos y la montaña.
Porque en una provincia donde la cordillera domina el paisaje, el clima y hasta la forma de vivir el tiempo libre, llevarse una piedra del río parece funcionar como una manera simbólica de conservar cerca algo de esa tranquilidad que aparece lejos de la ciudad.
La escena suele repetirse casi sin pensarlo demasiado. Alguien camina junto al agua, mira hacia abajo y encuentra una piedra que le llama la atención. A veces es lisa, otras veces tiene una forma extraña o un color particular. No necesariamente es la más linda ni la más grande. Simplemente “es esa”.
Por qué guardar una piedra
“Siempre vuelvo con una piedra cuando voy a la montaña. Tengo varias en casa y cada una me recuerda un momento distinto”, cuenta Julieta, de 34 años.
Para muchas personas, esas piedras funcionan como pequeños recuerdos físicos de momentos de calma. Algo similar a las fotos, pero mucho más tangible.
También existe otra dimensión, más vinculada a lo simbólico y energético. En distintas corrientes espirituales y prácticas holísticas, las piedras son asociadas desde hace siglos a conceptos como estabilidad, protección o equilibrio emocional.
Aunque no exista evidencia científica sobre esas creencias, muchas personas sienten que ciertos elementos naturales ayudan a generar sensación de bienestar o conexión emocional.
Y en Mendoza, donde el agua de deshielo, los ríos y la montaña forman parte del imaginario cotidiano, esa idea adquiere una fuerza especial.
Las piedras sinónimo de tranquilidad
“No sé si creo realmente en las energías, pero sí siento que las piedras del río tienen algo. Me transmiten tranquilidad”, explica Martín, de 41 años, que conserva varias sobre la biblioteca de su casa.
El fenómeno también coincide con una tendencia mucho más amplia que creció en los últimos años: el regreso de los objetos emocionales.
En tiempos dominados por pantallas, hiperconectividad y consumo rápido, muchas personas empezaron a valorar elementos simples capaces de generar alguna conexión personal. Por eso crecieron prácticas vinculadas a rituales pequeños, decoración natural y objetos asociados a experiencias vividas.
Las redes sociales potenciaron además toda una estética relacionada con la vida slow, el contacto con la naturaleza y los ambientes cálidos. Piedras, ramas, madera, velas y objetos recolectados en escapadas comenzaron a ocupar un lugar central en hogares donde el objetivo ya no es solamente decorar, sino transmitir calma.
En ese contexto, las piedras del río dejaron de verse únicamente como souvenirs improvisados. Se transformaron en símbolos silenciosos de algo mucho más profundo: la necesidad de conservar cerca una sensación de pausa que muchas personas encuentran únicamente cuando miran la montaña, escuchan correr el agua o se alejan un rato del ruido cotidiano.
Y quizás por eso tantos mendocinos siguen haciéndolo, incluso sin darse cuenta. Porque a veces una piedra no es solamente una piedra. A veces también es una forma de llevarse un pedazo de la montaña de regreso a casa.