Del WhatsApp a la cumbre: crónica de una salida al cerro en Mendoza
Una mirada en primera persona sobre esa costumbre tan mendocina de cambiar la rutina por botas, mochila, termo e ir en busca de un cerro.
El ritual mendocino de cada finde: cambiar la rutina por botas, cerro y mate. Foto: @aconcagua.gt en Instagram
Es miércoles por la tarde y el celular se ilumina con una notificación. El grupo de WhatsApp tiene un nombre previsible, casi siempre acompañado por un emoji de montaña, un mate o una carpa. El mensaje también es conocido: “¿Y? ¿Sale algo? ¿Hay cerro este finde?”.
Ahí empieza todo.
Todavía podemos estar frente a una computadora, atendiendo un comercio, corrigiendo trabajos, cerrando reuniones o resolviendo pendientes domésticos. Pero apenas aparece esa pregunta, una parte de la cabeza deja la ciudad y empieza a caminar hacia la precordillera.
Mendoza tiene esa particularidad. Durante la semana somos habitantes normales de una rutina más o menos ordenada: horarios, tránsito, trámites, obligaciones, supermercados, cuentas por pagar. Pero alcanza con levantar la vista, ver la Cordillera limpia contra el cielo y sentir que algo se mueve adentro. El cuerpo pide cerro. Y cuando el cuerpo pide cerro, no hay calendario laboral que pueda competir demasiado.
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La previa al cerro: logística, ansiedad y pronóstico
Para el jueves, el grupo ya dejó de ser una conversación y se convirtió en una pequeña central operativa. Alguien ofrece el auto, otro avisa que tiene lugar para tres, alguien pregunta si hay que llevar bastones, otro manda una captura del pronóstico y siempre aparece quien asume, sin que nadie se lo pida, el rol de meteorólogo oficial.
En Mendoza, el clima no es un detalle. El frío se soporta. El cansancio también. Lo que realmente se respeta es el viento, ese factor capaz de cambiar una salida completa. Una ráfaga fuerte en altura, una entrada de Zonda, una nevada intensa o el temido viento blanco pueden obligar a recalcular el destino, cambiar la ruta o directamente suspender. La montaña enseña algo que la ciudad a veces olvida: no todo depende de la voluntad.
Después viene la parte gastronómica, que nunca es menor. El debate puede ser más intenso que la elección de la ruta: sándwich de milanesa frío, frutos secos, barritas, chocolate, fruta, tortitas, agua para los mates de cumbre. Porque sí, uno puede hablar de desnivel, altitud y ritmo de marcha, pero hay algo indiscutible: pocas comidas saben tan bien como un sándwich aplastado en la mochila después de horas de subida.
El viernes a la noche ocurre la verdadera transformación. En el piso aparecen las botas, la campera, el polar, el rompeviento, el gorro, los guantes, la linterna, el protector solar, las bolsas para la basura y el termo listo. No hay demasiada vida social posible cuando el despertador va a sonar antes de las cinco. Para cualquiera sería una locura. Para quienes hacen cerros, es el comienzo de la libertad.
Salir de la ciudad antes de que amanezca
Hay una mística especial en dejar Mendoza a oscuras. Las calles vacías, el frío pegado al vidrio, la primera luz apareciendo detrás de los cerros y esa mezcla de sueño, ansiedad y entusiasmo que se siente dentro del auto.
A veces el camino lleva hacia Cacheuta, Potrerillos, Vallecitos, el Cordón del Plata, el Cerro Arco o cualquier otro sendero que prometa tierra, piedra y silencio. No hace falta que sea una gran expedición. Para muchos montañistas amateurs, la aventura empieza mucho antes de la cumbre: empieza cuando la ciudad queda atrás.
Al llegar a la base, el ritual se repite. Ajustar la mochila, atarse bien las botas, acomodar los bastones, respirar hondo. El sonido de las piedras bajo los primeros pasos marca el inicio real de la salida.
Los primeros minutos suelen ser una negociación con uno mismo. Las piernas están duras, el aire frío entra fuerte y la cabeza pregunta, con cierta maldad: “¿No era mejor quedarse en la cama?”. Pero después pasa algo. El cuerpo encuentra ritmo, la respiración se ordena y el sendero empieza a absorber todo lo demás.
Lo que la montaña acomoda
Caminar en la montaña tiene una virtud difícil de explicar: reduce el mundo a lo esencial. En la ciudad, la cabeza salta de un problema a otro. En el cerro, en cambio, la atención se vuelve concreta: dónde apoyar el pie, cómo viene el compañero de atrás, cuánta agua queda, si el viento aumenta, si conviene seguir o parar.
La montaña no acepta demasiadas poses. Allí se caen las urgencias artificiales, las conversaciones repetidas, las quejas de oficina y las preocupaciones que parecían enormes el viernes. Todo queda más lejos a medida que se gana altura.
También aparece Mendoza en su versión más profunda: el olor a jarilla, el color seco de los cerros, los filos marcados contra el cielo, el viento helado en la cara, la ciudad convertida en una mancha gris abajo. Desde arriba, incluso los problemas parecen cambiar de escala.
Quizás por eso volvemos. No solo por el ejercicio, ni por la foto, ni por tachar nombres de cerros. Volvemos porque la montaña ordena. Porque exige, pero también limpia. Porque nos recuerda que somos pequeños, pero capaces.
La cumbre y ese momento que justifica todo
Después del último tramo, cuando las piernas ya pesan y el corazón late fuerte, llega ese instante en el que el terreno se aplana. La cumbre aparece casi sin aviso. Y entonces todo tiene sentido.
No importa si el cerro tiene 2.000, 3.000 o 4.000 metros. Para quien lo caminó, para quien dudó, transpiró, renegó y siguió, la emoción es siempre enorme. Hay abrazos, fotos, risas, alguna frase épica dicha entre jadeos y una felicidad simple, muy difícil de fabricar en otro lugar.
Después viene el verdadero premio: sentarse a reparo del viento, abrir la mochila, sacar el termo y compartir el mate. Ahí arriba, cualquier comida mejora. Cualquier silencio pesa distinto. Cualquier paisaje parece más grande.
La bajada, claro, es otro capítulo. Las rodillas pasan factura, el acarreo exige atención y el cansancio empieza a sentirse en serio. Pero cuando finalmente aparece el auto, lleno de tierra, con la cara paspada por el sol y las piernas cansadas, hay una satisfacción que no entra en el cuerpo.
Una forma mendocina de estar vivos
El 5 de agosto, Día del Montañista, no es solo una fecha para quienes hacen grandes expediciones o conquistan cumbres extremas. También puede ser una celebración para todos los que encuentran en la montaña un cable a tierra: los que salen con amigos, los que aprenden de a poco, los que respetan el clima, los que se preparan, los que vuelven cansados pero felices.
En Mendoza, la montaña no es un decorado. Es parte de la vida cotidiana. Está ahí, al fondo de la ciudad, recordándonos que siempre hay un sendero posible, una salida pendiente, una cumbre que espera y una versión de nosotros mismos que aparece cuando dejamos atrás el ruido.
Por eso, cada lunes, cuando volvemos a la rutina, algo queda distinto. Las botas se guardan, la mochila vuelve al placard y el cuerpo entra otra vez en modo ciudad. Pero basta mirar de reojo la Cordillera para saber que la semana es apenas una pausa.
El próximo mensaje llegará pronto. Alguien volverá a preguntar: “¿Sale algo este finde?”. Y, aunque todavía falten días, una parte nuestra ya estará caminando.