Del viñedo al mundo: la Fiesta Nacional de la Vendimia como narrativa identitaria
Repasamos cómo la Vendimia construyó, año tras año, un relato de identidad mendocina que celebró migraciones, trabajo y la forma de contarse al país y al mundo.
Durante nueve décadas, la Fiesta Nacional de la Vendimia se narró a sí misma como algo más que una celebración de la cosecha. Funcionó, año tras año, como un gran escenario simbólico donde Mendoza se miró al espejo y decidió qué historia contar. En cada guion, en cada carro, en cada elección estética y musical, la provincia dejó pistas claras de sus transformaciones sociales, de sus tensiones económicas y de las identidades que fue incorporando con el paso del tiempo. La Vendimia no se limitó a festejar el vino, sino que también lo utilizó como lenguaje para hablar de migraciones, trabajo, pertenencia y futuro.
Desde sus primeras ediciones, en los años treinta, la fiesta se apoyó en una imagen rural idealizada que tenía relación directa con el modelo productivo de la época. El viñatero, la familia trabajadora y la tierra fértil aparecieron como figuras centrales de un relato que buscó consolidar una identidad agrícola fuerte, en un contexto donde Mendoza necesitaba afirmarse como provincia vitivinícola frente al país.
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Aquellas puestas en escena, de estética sencilla y profundamente simbólica, reflejaron también la impronta de las corrientes migratorias europeas que habían moldeado la cultura local, con sus músicas y relatos que hablaban de un esfuerzo colectivo y de una promesa de progreso anclada al trabajo de la tierra.
Con el correr de las décadas, la Vendimia comenzó a absorber los cambios sociales que atravesaron a la provincia. En los años cincuenta y sesenta, por ejemplo, el crecimiento urbano y la modernización económica se filtraron en los espectáculos, que empezaron a incorporar narrativas más complejas y una puesta en escena cada vez más ambiciosa, con la incorporación de escenografías más complejas, estructuras móviles y coreografías masivas.
La fiesta ya no solo mostraba el campo, sino también una Mendoza que se industrializaba, que ampliaba su horizonte cultural y buscaba seguir el paso de un país en transformación. La elección de las reinas acompañó esos cambios; la figura femenina se fue resignificando, pasando a tener un rol cada vez más representativo de la identidad provincial.
Durante los años más tensos de la historia argentina, atravesados por la dictadura, la Vendimia apeló a guiones con relatos más abstractos y poéticos. Se evitaron las referencias directas, pero se cargó el discurso de metáforas vinculadas al silencio, la esperanza o el renacimiento. En ese sentido, la fiesta funcionó como un termómetro cultural, en la que lo que se mostraba (y también lo que se omitía), habló tanto como los discursos oficiales.
Ya en los años noventa y en el nuevo milenio, el relato vendimial se expandió hacia una dimensión más global. El crecimiento del turismo, la consolidación del vino argentino en el mercado internacional y la apertura cultural se tradujeron en espectáculos más sofisticados, con lenguajes escénicos contemporáneos y una fuerte apuesta estética.
Mendoza comenzó a contarse al mundo desde la Vendimia, integrando tecnologías y nuevas narrativas visuales para contar su propia historia. La fiesta dejó de ser solo una tradición local para convertirse en una carta de presentación identitaria, mostrando a la provincia como capital del vino argentino, alineada con el turismo internacional y la exportación.
En ese recorrido, también se hicieron visibles las luchas y demandas sociales. La revalorización del trabajo de los cosechadores (no solo como esa figura romántica sino como trabajador real con derechos), la inclusión de comunidades históricamente relegadas y una mirada más crítica sobre el pasado encontraron su lugar en distintos relatos vendimiales, evidenciando una fiesta capaz de revisarse a sí misma.
A lo largo de 90 años, la Fiesta Nacional de la Vendimia ha sido un relato en permanente construcción, como un proceso vivo. Mas es en ese cruce entre memoria y celebración que la Vendimia sigue funcionando como un espejo que no siempre devuelve una imagen perfecta, pero sí profundamente honesta sobre quiénes fueron, quiénes somos y cómo Mendoza elige contarse frente al país y al mundo.





