Presenta:

Mercado, rumores y café: por qué tantos inversores compran cuando ya es tarde en Argentina

Entre relatos, euforia y sesgos, el mercado castiga menos la falta de datos que el exceso de confianza al invertir.

En un mercado alcista, todos se sienten genios en las subas pero hay un momento en que eso deja de funcionar y el mercado corrige.

En un mercado alcista, todos se sienten genios en las subas pero hay un momento en que eso deja de funcionar y el mercado corrige.

Archivo.

La escena se repite en bares, sobremesas y grupos de WhatsApp. Cambian los nombres —YPF, Galicia, Supervielle— pero no la lógica.

—Che ¿ya entraste en YPF?

—Sí, olvídate, vuela. Están entrando todos.

—Yo estoy viendo si me meto en Supervielle… dicen que es la que más potencial tiene.

—Y… con este gobierno, los bancos tienen que volar sí o sí.

Nadie habla de balances, de flujos de caja o de ventajas competitivas. Se habla de lo que “dicen”, de lo que “se sabe”, de lo que “está entrando”.

Ahí no hay análisis. Hay contagio.

Y, como en todo ecosistema propenso a la ilusión, tampoco faltan los “oráculos”: voces seguras, categóricas, que explican qué hay que comprar y qué va a pasar. Hablan con una convicción que no surge del análisis, sino del tono. No dudan, no matizan, no cuestionan. Y esa seguridad —aunque esté apoyada en muy poco— resulta extrañamente persuasiva.

Porque en ese intercambio aparentemente inocente operan algunos de los sesgos más poderosos de la conducta humana. La prueba social —si todos lo están haciendo, debe ser correcto— convierte rumores en certezas. El sesgo de confirmación filtra cualquier dato que contradiga la narrativa dominante. Y la repetición transforma una idea débil en una convicción firme. La información se degrada, pero la confianza crece. Y con ella, la excitación.

inversor
Nadie habla de balances, de flujos de caja o de ventajas competitivas.

Nadie habla de balances, de flujos de caja o de ventajas competitivas.

Experiencia argentina

Argentina es un laboratorio perfecto para este fenómeno. Cada ciclo financiero repite la misma estructura: una historia convincente, un grupo que la valida, y precios que suben impulsados más por expectativa que por resultados.

Con la llegada de Mauricio Macri en 2015, la narrativa fue la normalización. Energía y bancos se convirtieron en protagonistas. Empresas como YPF, Pampa Energía o Banco Galicia pasaron a encarnar esa promesa. No era irracional pensar que podían beneficiarse. Lo irracional fue pagar como si ese escenario ya estuviera garantizado. Cuando la realidad demoró en aparecer, los precios corrigieron.

El patrón se repitió en 2023 con Javier Milei, con un ingrediente adicional: la validación externa. El respaldo de figuras internacionales como Donald Trump y Elon Musk reforzó la idea de inevitabilidad. Y en los mercados, pocas cosas son más peligrosas que creer que algo es inevitable. Los activos asociados a ese relato volvieron a subir con fuerza. No por resultados, sino por expectativa de resultados.

Y ahí aparece un error estructural que suele pasar desapercibido: cuando una idea de los inversores ya es de conocimiento público, deja de ser una ventaja. Si todos la conocen, ya está reflejada en el precio. Actuar sobre información compartida no genera retorno extraordinario, lo único que puede hacerlo es un mejor razonamiento que el del consenso.

Alzas y bajas

El problema no es la historia. El problema es cuándo se entra en ella. El inversor promedio no entra cuando la incertidumbre es alta. Entra cuando la historia es clara, cuando el consenso la validó, cuando la suba ya ocurrió. Compra lo que sube. Compra lo que todos miran. Y en ese momento, el riesgo no desaparece: se vuelve invisible.

Mientras el precio sigue subiendo, ocurre algo predecible: en un mercado alcista, todos se sienten genios en las subas. Las decisiones parecen obvias en retrospectiva, la confianza crece y el relato personal se ajusta rápido: no fue el contexto, fue la habilidad. Aparecen explicaciones sofisticadas para decisiones que, en muchos casos, fueron impulsivas. El inversor ya no cree que participó de una suba: cree que la anticipó.

inversores
Cuando una idea de los inversores ya es de conocimiento público, deja de ser una ventaja.

Cuando una idea de los inversores ya es de conocimiento público, deja de ser una ventaja.

Vender en pánico

Hasta que deja de funcionar. Y cuando el mercado corrige, la transformación es igual de violenta. Lo que era convicción se convierte en urgencia. Lo que era paciencia se vuelve ansiedad. Y muchos hacen exactamente lo que juraban que no iban a hacer: venden en pánico, generalmente en el peor momento.

No cuando el riesgo era alto, sino cuando la caída ya ocurrió. Como explicó Benjamin Graham, en el corto plazo el mercado es una máquina de votación; en el largo, una balanza. Warren Buffett, su discípulo, lo sintetizó aún mejor: el mercado transfiere dinero del impaciente al paciente. El primero premia la narrativa; el segundo, la realidad.

Resultado cantado

La diferencia no es de inteligencia. Es de comportamiento. Y hay una constante que atraviesa todo el proceso: el mercado no castiga la falta de información. Castiga el exceso de confianza. Castiga la arrogancia de creer que un buen resultado confirma una habilidad. Castiga la ilusión de control sobre algo que, por naturaleza, es incierto.

Invertir no es anticipar el próximo movimiento. Es sobrevivir. No la mayoría de los días, sino todos. Porque alcanza un solo movimiento mal gestionado para borrar en segundos lo que llevó años construir. En un país como Argentina —volátil, cambiante, dominado por narrativas que se propagan rápido y se validan en mesas de café— eso no es natural. Es contracultural.

Pero también es la única ventaja que perdura. Porque, al final, el mercado no premia a los genios de los cafés. Premia a quienes sobreviven cuando todo se da vuelta.

* Sergio Feler. Autor de “Principios del Poder”. Economista e inversor

Instagram: @sergiofeler