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Gustavo Lazzari: "Soy partidario de bajar los impuestos a la mitad"

El economista, Gustavo Lazzari, defendió la transparencia fiscal y consideró necesario reducir la carga impositiva sobre bienes y servicios. También advirtió que las reformas requieren tiempo y consensos, aunque remarcó que la situación de familias y PyMEs exige respuestas más rápidas.


Gustavo Lazzari, economista, docente y empresario PyME, analizó el fenómeno inflacionario en Argentina y sostuvo que el aumento de precios es una consecuencia de un problema más profundo: el desequilibrio en el mercado de dinero. Según explicó, cuando el Gobierno emite más billetes de los que la sociedad demanda, o cuando las personas buscan desprenderse rápidamente de esos pesos, se genera una presión sobre los bienes disponibles y los precios suben.

Lazzari, licenciado en Economía por la Universidad Católica Argentina y con trayectoria académica en la UBA y en la Cámara Argentina de Comercio, planteó además que en un país como Argentina la población tiene una relación cotidiana con la economía.

- Para alguien que no sabe tanto de economía, ¿podrías explicar en pocas palabras qué es realmente la inflación y por qué afecta tanto a la Argentina actualmente?

- Primero que nada, en un país como la Argentina todos sabemos bastante de economía; si estamos vivos es porque algo entendemos, si no hubiéramos perecido.

Siempre se dice que la inflación es el aumento de los precios, pero en realidad eso es la consecuencia, la verdadera causa es un desequilibrio en el mercado de dinero. En la economía demandamos bienes de forma infinita (casas, autos, ropa) para ser felices, pero los compramos con dinero. El dinero es solo un medio de cambio y nuestra demanda de billetes es finita; vos no querés tener mil millones de dólares en papel en tu casa, querés tener eso invertido en cosas.

Si el gobierno emite más billetes de los que la sociedad necesita, o si la gente se asusta y se quiere desprender de ellos, sale en masa a comprar cosas. Como la cantidad de productos oferta no aumenta en la misma proporción, hay más gente empujando por el mismo producto y los precios suben.

La inflación es un karma porque los precios aumentan antes que los salarios, lo que licúa el poder adquisitivo y esto distorsiona todas las señales económicas y provoca que la gente actúe a la defensiva, gastando el dinero rápido e incrementando el fenómeno.

La Argentina arrastra esta tradición inflacionaria desde hace siete décadas. Actualmente está en una tendencia declinante (bajando del 211% anual al inicio de la gestión de Milei a niveles cercanos al 30%), pero sigue siendo un hueso durísimo de roer.

- Se dice mucho que si el gobierno controla los precios de los supermercados, la inflación debería bajar. ¿Es una solución viable?

- No, para nada. El control de precios puede sonar atractivo a corto plazo para el consumidor, pero solo ataca la consecuencia, no la causa. Podés mandar policías a controlar el precio de la leche o el arroz y sostenerlo un mes o dos bajo presión. Pero, ¿cuánto tiempo podés tener la mano arriba de una olla a presión?

Es como querer controlar la fiebre rompiendo el termómetro o metiéndolo en la heladera: la medición va a bajar, pero el virus sigue dentro de tu cuerpo.

Además, los controles generan un problema adicional: la escasez. Si obligas a vender un producto por debajo de su valor real, nadie lo va a ofrecer y el producto va a desaparecer de las góndolas. La historia argentina ya demostró que esto no funciona.

- Muchos comerciantes suben los precios "por las dudas". ¿Considerás que esta actitud es contraproducente?

- Depende del contexto. En una emisión descontrolada, es una estrategia de supervivencia. Pero hoy, con la inflación a la baja y los bolsillos secos, subir "por las dudas" te deja fuera del mercado. Si quedás caro, la gente no te compra y te clavas con la mercadería. Es un vicio cultural entendible por nuestra historia, pero hoy no lo recomiendo: no vender es mucho peor que cuidar los precios.

- ¿Cómo afecta la inflación a las PyMEs y al resto de la economía?

- Es un enemigo tremendo porque te "embriaga". Te hace creer de forma ficticia que tenés plata y que estás vendiendo mucho, pero la realidad es que la gente solo se estaba desprendiendo del dinero.

Además, la inflación tiene dos consecuencias graves: destruye el ahorro, lo que liquida el crédito bancario para la inversión productiva, dejando a la Argentina con la tasa de inversión más baja de la región en 20 años, y profundiza la desigualdad, “ya que los sectores ricos logran defenderse con herramientas financieras mientras que los más vulnerables la sufren de lleno, volviéndose cada vez más pobres”, detalló Gustavo.

- ¿Por qué el dólar se volvió el termómetro diario que define la inflación en el país?

- Esto viene desde el año 1975 con el "Rodrigazo". Ahí la sociedad entendió que la única forma de cuidar su esfuerzo era refugiándose en una moneda extranjera.

El dinero tiene tres funciones principales: medio de cambio, unidad de cuenta (para saber qué es más caro o barato) y reserva de valor. Si te pagan tu sueldo en una moneda que se devalúa constantemente, es como si te pagaran con agua: se te escurre entre las manos. Como en los últimos 50 años la Argentina destruyó cuatro monedas (peso ley, peso argentino, austral y el peso actual), la sociedad adoptó al dólar como su verdadera reserva de valor por una cuestión de supervivencia cultural.

- Actualmente se está implementando la "transparencia fiscal" para mostrar los precios con y sin impuestos. ¿Creés que bajando impuestos mejorará la inflación o el foco debería estar en otro lado?

- Me parece una excelente medida porque expone el altísimo componente impositivo que tienen las cosas (que llega al 40% o 50% en ropa y comida).

Soy partidario de bajar los impuestos a la mitad. Impuestos más bajos no significan necesariamente recaudar menos o tener que achicar el gasto público a niveles extremos, porque una reducción impositiva incentivaría a que muchísima economía informal se blanquee y empiece a pagar. Con el sistema impositivo actual, es imposible que los mercados informales pasen a la legalidad; si les cobrás todo lo que rige hoy, los sectores más postergados no podrían ni vestirse ni comer.

- Para que todo esto se lleve a cabo, ¿es una cuestión de tiempo o de implementar nuevas estrategias?

- La palabra clave es tiempo. Estas reformas requieren consensos profundos entre la Nación, las provincias, los municipios e incluso la Justicia. El problema es que la política puede pedir tiempo, pero la sociedad no lo tiene porque está endeudada y ahogada. El gobierno avanza a cierta velocidad, pero la baja de impuestos hoy no va al ritmo que la calle necesita.

- ¿Qué debería pasar en los próximos años para que la inflación deje de ser el tema de conversación diario?

- Hay que mantener la senda del equilibrio fiscal y monetario, pero además se necesita un shock productivo. La inflación refleja que la demanda es mayor que la oferta. Si logramos una agenda que aumente fuertemente la producción y genere más bienes en la economía, los precios van a dejar de subir porque habrá abundancia.

- Como comerciante, ¿qué consejo darías hoy y qué herramientas debería usar el gobierno para reactivar la economía?

- Para las tarifas de servicios públicos, sugeriría quitarles el componente impositivo. De cada 100 pesos de aumento, 40 son impuestos; si bajás esa carga, podés recomponer el ingreso de las empresas prestadoras sin asfixiar el bolsillo de la gente y de las PyMEs.

Por otro lado, el gobierno debe atender el brutal endeudamiento de las familias y de las PyMEs facilitando el financiamiento. Las herramientas legales y los bancos del Estado (como el Banco Nación) están disponibles; no es cuestión de apretar un botón mágico, sino de sentarse a consensuar acuerdos privados y generar confianza para destrabar el crédito.