ver más

En el promedio no vive nadie: la pobreza tiene su propio número

El país cerró el primer semestre con 32,3% de pobreza. Algunos aglomerados urbanos, como el Gran Mendoza, con 36,9%: cinco puntos más que hace seis meses y casi cinco por encima de la media nacional. El dato que se discute en Buenos Aires no es el dato que se vive acá, y la diferencia no es estadística: es salarial.


El Indec informó esta semana que la pobreza alcanzó al 32,3% de las personas en el primer semestre de 2026. Es el número que va a repetirse durante días en los canales de televisión y en las declaraciones. Pero ese número no le pasa a nadie, porque nadie vive en el promedio de la Argentina.

En el Gran Mendoza el lugar dice 36,9%

Cinco puntos más que en el semestre anterior, y casi cinco por encima de la media nacional. La región de Cuyo en su conjunto quedó en 36,7%, con San Juan en 36,8% y San Luis en 35,7%. Los tres aglomerados, por encima del país. Conviene mirar los extremos, porque explican más que cualquier discusión. La Ciudad de Buenos Aires registró 11,1% de pobreza. Concordia, 56,2%: más de la mitad de su población no cubre la canasta básica. Entre esos dos puntos del mismo país hay cuarenta y cinco puntos de diferencia. El Noreste quedó en 41,5%, con el Gran Resistencia en 48,6%. La Patagonia, en 28,4%, pero adentro de esa misma región conviven Neuquén-Plottier con 19,6% y Comodoro Rivadavia con 37,2%. Hasta el conurbano bonaerense, que suele leerse como un bloque, va de 11,1% en la Capital a 36,9% en los partidos que la rodean.

Dicho de otro modo: la Argentina no tiene un problema de pobreza. Tiene varios, con causas distintas, y los estamos midiendo con un solo termómetro. Acá entro en mi terreno, que es el del trabajo, y quiero ser prudente con lo que afirmo. No tengo el dato desagregado de informalidad del Gran Mendoza para este semestre, así que no voy a inventarlo. Pero sí puedo señalar algo estructural que explica buena parte de la diferencia y que casi nunca se menciona.

El Indec informó esta semana que la pobreza alcanzó al 32,3% de las personas en el primer semestre de 2026.

La pobreza se mide localmente

El salario, en cambio, se negocia nacionalmente. Un empleado de comercio, un encargado de edificio, un trabajador de la sanidad o de la construcción cobra en Mendoza la misma escala de convenio que en Palermo. El convenio colectivo es nacional y fija un básico único. Pero el poder de compra de ese básico no es único, ni la estructura del empleo local lo es. Donde la economía descansa más en la actividad estacional, en el trabajo agrario, en el turismo y en el comercio chico, hay más empleo discontinuo, más temporada y más informalidad. Y el mismo sueldo de convenio, en un mercado con esa composición, deja a más gente del lado de abajo de la línea.

Por eso las paritarias nacionales, que son el instrumento central de recomposición salarial que tiene el país, tienen un punto ciego: reparten parejo sobre realidades que no lo son. No estoy proponiendo romper el convenio nacional, que es una conquista y sería un error desarmarlo. Estoy diciendo que un convenio que no contempla ninguna diferencia regional produce, sin proponérselo, resultados desiguales. Hay un número del informe del Indec más incómodo que el porcentaje, y es el que menos circula. El ingreso promedio de un hogar pobre argentino fue de $922.755 contra una canasta básica total de $1.440.395. Una brecha del 35,9%. Le faltaron más de quinientos mil pesos por mes.

Un salario para realidades distintas

No es un hogar que gasta mal. Es un hogar al que, aun gastando perfecto, le falta más de un tercio. Y ahí aparece el dato que a mí, personalmente, me cuesta más leer: el 45,2% de los menores de 18 años del país es pobre, y el 10,9% es indigente. Casi uno de cada dos chicos. Esos chicos, en su enorme mayoría, no viven en hogares donde no se trabaja. Viven en hogares donde se trabaja y no alcanza. Es una distinción que cambia todo el diagnóstico y toda la política pública que se derive de él.Hay una pieza técnica que conviene explicar porque casi nunca se cuenta y tiene efectos enormes.

Las paritarias reparten parejo sobre realidades que no lo son.

El salario mínimo, vital y móvil no es únicamente el piso de una remuneración. Es también el índice con el que se calculan o se topean otras prestaciones, la prestación por desempleo, distintos topes indemnizatorios y programas sociales que se ajustan por referencia a él. Cuando el mínimo queda muy por debajo de la canasta de pobreza, no solo pierde el que cobra el mínimo. Pierde también el que cobra una prestación calculada sobre el mínimo. Por eso el Consejo del Salario no es un rito burocrático. Es, en los hechos, uno de los pocos mecanismos institucionales que puede mover el piso de varios millones de personas a la vez. Usarlo solo para convalidar la inflación ya ocurrida es desperdiciar la única herramienta de ingresos que quedó en pie.

El trabajo que no alcanza

Termino con dos cosas concretas, porque una columna que solo describe el problema no sirve de nada. Si usted emplea personal, el Régimen de Promoción del Empleo Registrado vence el 28 de noviembre. Permite regularizar relaciones laborales iniciadas hasta el 5 de marzo de 2026 con condonación de hasta el 90% de la deuda para una MiPyme. No va a repetirse en estas condiciones. Y conviene entenderlo sin romanticismo: registrar a alguien no es solo evitarse un juicio. Es sacar a una familia de la estadística que estamos comentando, porque un trabajador registrado tiene obra social, aportes, asignaciones familiares y una paritaria que lo actualiza. Si usted trabaja y le pagan por fuera del recibo, o le piden que facture teniendo horario, lugar y jefe, sepa que el artículo 23 de la Ley de Contrato de Trabajo presume la relación laboral por el solo hecho de la prestación de servicios. Esa presunción sigue vigente y la reforma de 2026 no la tocó. Guarde los mensajes, los horarios, las transferencias. La prueba se junta cuando se puede, no cuando se necesita.

El 32,3% nacional va a envejecer rápido y en unos meses lo vamos a discutir de nuevo. El 36,9% del Gran Mendoza, en cambio, va a seguir estando ahí cuando se apaguen las cámaras, porque no es un dato de coyuntura: es el resultado de una estructura de empleo que nadie está discutiendo. Medir bien es el primer paso, y el Indec lo hizo. El segundo es aceptar que el promedio del país no es la vida de nadie, y que las soluciones que se diseñan mirando el promedio terminan sirviéndole, sobre todo, a quienes ya estaban mejor.

* Juan Pablo Chiesa. Abogado especialista en derecho del trabajo. Magister UBA en IA aplicado a la gestión judicial, escritor.

Youtube e Instagram: @juanchiesaok