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Más allá del Indec: la realidad invisible que las estadísticas de pobreza no logran medir

Hacinamiento, inseguridad alimentaria y analfabetismo exponen una vulnerabilidad que persiste en comunidades donde faltan servicios básicos y oportunidades.

En Haciendo Camino sostenemos con firmeza que ningún niño debería tener su futuro determinado por el lugar donde nace.

En Haciendo Camino sostenemos con firmeza que ningún niño debería tener su futuro determinado por el lugar donde nace.

Archivo MDZ

Cada vez que el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) presenta sus cifras de pobreza, los titulares se llenan de porcentajes, análisis económicos e índices de inflación. Se debate sobre el valor de la canasta básica y la pérdida del poder adquisitivo de los salarios.

Medir los ingresos es, sin duda, un marco indispensable para diagnosticar la realidad socioeconómica del país. Sin embargo, los fríos números de las estadísticas tradicionales suelen dejar fuera a quienes viven en las profundidades del territorio argentino y en los barrios más postergados, allí donde la economía formal y los servicios públicos no son siquiera una referencia lejana.

La pobreza que no muestran las cifras

Aunque un informe señale una leve mejora o una variación coyuntural, las estadísticas no reflejan la urgencia cotidiana de quienes no cuentan con agua potable, luz eléctrica, caminos transitables, puestos de salud ni comida diaria garantizada.

Los fríos números de las estadísticas tradicionales suelen dejar fuera a quienes viven en las profundidades del territorio argentino.

Los fríos números de las estadísticas tradicionales suelen dejar fuera a quienes viven en las profundidades del territorio argentino.

En Haciendo Camino acompañamos desde hace dos décadas a esta porción de la sociedad. Allí, la extrema vulnerabilidad es una constante silenciosa que no cambia al ritmo de los índices oficiales. No nos enfrentamos solo a una crisis económica, sino a la urgencia de proteger la primera infancia antes de que las secuelas del aislamiento, la desnutrición y la falta de oportunidades se vuelvan irreversibles.

Nuestros programas enfocados en el desarrollo infantil y acompañamiento familiar intervienen justamente allí donde el Estado y los relevamientos tradicionales encuentran sus fronteras. Entendemos que las cifras son necesarias para diagnosticar, pero insuficientes para transformar.

Una realidad que persiste

Lo que empezó hace más de 20 años acompañando a 69 familias en Añatuya, hoy alcanza a más de 30.000 niños y familias en cuatro provincias. Actualmente, contamos con 51 espacios de trabajo, entre los que se incluyen 15 centros de Desarrollo Infantil y Fortalecimiento Familiar, 30 espacios de atención itinerante en zonas rurales y 2 hogares (de Niños en situación judicial y de Madres víctimas de violencia de género).

Más allá de los informes del Indec, nuestro propio diagnóstico —a través de la Escala de Medición de Riesgo Social (ERS)— nos muestra una radiografía alarmante de las comunidades con las que trabajamos:

  • 60% de las familias vive en condiciones de hacinamiento.
  • 44% de los hogares experimenta inseguridad alimentaria.
  • 14% de los niños mayores es analfabeto.
Lo que empezó hace más de 20 años acompañando a 69 familias en Añatuya, hoy alcanza a más de 30.000 niños y familias en cuatro provincias.

Lo que empezó hace más de 20 años acompañando a 69 familias en Añatuya, hoy alcanza a más de 30.000 niños y familias en cuatro provincias.

El desafío de transformar vidas

En Haciendo Camino sostenemos con firmeza que ningún niño debería tener su futuro determinado por el lugar donde nace. Nada de este trabajo sería posible sin el apoyo de la sociedad civil y las organizaciones que se involucran.

Hoy, más que nunca, invitamos a la comunidad y a los medios a mirar más allá de los titulares, visibilizar estas realidades y sumarse a colaborar para intentar transformarlas.