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Día de la industria: entre el contrabando de 1587 y la crisis de 2026

La industria argentina atraviesa uno de sus períodos más complejos, mientras la historia recuerda que su primer impulso exportador estuvo marcado por el contrabando y la necesidad de sortear barreras.


Cada 2 de septiembre, la Argentina celebra el Día de la Industria. El día cae en uno de los peores momentos de la producción manufacturera en lo que va de un siglo que ya completó su 25%. En términos reales, tomados en su conjunto, la industria argentina acumula una caída de 10% desde diciembre de 2023 hasta junio de 2026, con ganadores muy ganadores y perdedores muy perdedores.

En el medio, algunos “rezagados”. Dentro de los primeros, se ubican claramente la energía (gracias a Vaca Muerta), minería, la producción manufacturera vinculada al agro, algo que química y petroquímica y no mucho más. En el medio pelean plásticos y maderera y, del otro lado, entre los perdedores, los metalúrgicos, construcción, textiles y, preocupantemente, la industria automotriz.

Históricamente, la fecha busca conmemorar un hito fundacional: la primera exportación registrada desde el puerto de Buenos Aires hacia Brasil en el año 1587. Aquella expedición, cargada de textiles, sombreros y manufacturas de cuero provenientes de Santiago del Estero, suele citarse como el nacimiento del espíritu exportador nacional. Sin embargo, al descorrer el velo de la historia oficial, nos encontramos con un dato revelador y cargado de ironía: aquel primer “impulso industrial” fue, en rigor, un acto de contrabando.

En el contexto colonial, las restricciones comerciales impuestas por la Corona Española eran asfixiantes. El puerto de Buenos Aires estaba prácticamente cerrado al comercio internacional para proteger el monopolio de Lima. Por ello, la salida de los productos santiagueños hacia el mercado brasileño no fue una operación legal, sino una maniobra clandestina para eludir las prohibiciones vigentes. Es una paradoja histórica fascinante: la génesis de nuestro desarrollo industrial estuvo marcada por la informalidad, la necesidad de romper barreras artificiales y la audacia de los productores del interior por buscar mercados donde la legalidad vigente se los impedía.

Hoy, a siglos de aquel evento, la industria argentina enfrenta una realidad que dista de los festejos. Si analizamos el período comprendido entre diciembre de 2023 y el primer semestre de 2026, el escenario es de una contracción profunda. El sector manufacturero ha atravesado una etapa de volatilidad extrema, marcada por la pérdida sostenida de tejido productivo. Según diversos informes de seguimiento empresarial (como los monitores de empresas y análisis sectoriales), en los primeros 30 meses de gestión, el país ha experimentado una desaparición significativa de unidades productivas, afectando especialmente a las pequeñas y medianas empresas (PyMEs), que son el corazón de la industria nacional.

Los datos del primer semestre de 2026 confirman que la actividad industrial manufacturera no ha logrado consolidar una recuperación robusta. La caída del Índice de Producción Industrial (IPI) se ha visto reflejada en un desplome de la demanda interna y una presión constante por costos operativos, lo que ha derivado en cierres definitivos de compañías manufactureras. En total, se estima que miles de firmas han cerrado sus puertas desde diciembre de 2023, en un contexto donde la industria lucha por adaptar sus estructuras a un mercado interno retraído y una competitividad internacional supeditada a variables macroeconómicas inestables.

El 2 de septiembre de 2026 adquiere entonces un matiz complejo. Mirar hacia 1587 nos recuerda que el potencial industrial argentino nació de la creatividad para sobrevivir frente a la adversidad y la burocracia. No obstante, al contrastar aquel nacimiento con el primer semestre de 2026, queda claro que la industria actual no requiere de “contrabando” para subsistir, sino de un marco que fomente la previsibilidad, la inversión y la protección de su capacidad instalada. La historia nos enseña que el sector ha demostrado resiliencia ante las barreras, pero la crisis actual demanda soluciones estructurales para que la industria no solo sobreviva a la coyuntura, sino que vuelva a ser el motor del desarrollo nacional que alguna vez se soñó en aquellos primeros fardos de telas enviados desde Santiago del Estero. Aunque haya sido, básicamente, un acto de contrabando. Toda una metáfora criolla.