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Argentina ante el dilema geopolítico: ¿cómo equilibrar los acuerdos con Estados Unidos y China?

Un acuerdo con EE. UU. abre oportunidades económicas, pero China sigue siendo clave. Argentina necesita una estrategia que combine lo mejor de ambos modelos.

En un mundo que se fragmenta, el peor error no es inclinarse hacia Washington o hacia Beijing, sino no tener una estrategia nacional.

En un mundo que se fragmenta, el peor error no es inclinarse hacia Washington o hacia Beijing, sino no tener una estrategia nacional.

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El acuerdo marco con Estados Unidos abre una ventana inédita para la economía argentina: acceso a mercados, cadenas de valor estables y capital productivo. Pero China sigue siendo el principal proveedor comercial y un comprador clave de alimentos y minerales. El dilema no es elegir uno u otro, sino diseñar una estrategia que evite el movimiento pendular y coloque a la Argentina como actor con reglas propias.

Un acuerdo que llega cuando la geopolítica cambió de idioma

En el nuevo tablero global, la competencia entre potencias ya no se expresa solo en tarifas o tratados comerciales. Estados Unidos utiliza el acceso a su mercado y la convergencia regulatoria como herramientas de seguridad económica. China, en cambio, consolida su posición mediante financiamiento rápido, provisión de manufacturas y compras de commodities.

El acercamiento argentino a Washington no es un gesto diplomático aislado: se inserta en la lógica de “premiar” a socios alineados y hacer de las reglas laborales, ambientales y tecnológicas norteamericanas el estándar mundial. En este esquema, el comercio digital sin restricciones artificiales, la cooperación en minerales críticos y la previsibilidad jurídica no son detalles técnicos: definen cuánto riesgo están dispuestas a asumir las empresas que invierten. Visto desde Buenos Aires, un país acostumbrado a ciclos de inflación, controles cambiarios y pujas políticas, la promesa de estabilidad regulatoria resulta casi tan relevante como un punto de exportación.

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En el nuevo tablero global, la competencia entre potencias ya no se expresa solo en tarifas o tratados comerciales.

En el nuevo tablero global, la competencia entre potencias ya no se expresa solo en tarifas o tratados comerciales.

El modelo estadounidense: capital productivo, encadenamientos y reglas claras

Estados Unidos no es el mayor socio comercial de Argentina en términos de volumen, pero sí el principal inversor directo. Según el Banco Central (Informe de Inversión Extranjera Directa – 1er trimestre 2025), los pasivos de IED de origen estadounidense en Argentina alcanzan los US$ 31.882 millones, lo que representa aproximadamente el 17 % del total. Estados Unidos se mantiene como el principal inversor extranjero en el país. Su capital llega principalmente vía empresas privadas, fondos corporativos y multinacionales que operan bajo estándares previsibles: gobierno corporativo, cumplimiento fiscal, protección de datos y normativas ambientales.

Ese modelo genera efectos concretos en la economía real: las grandes compañías —una automotriz, un laboratorio o una empresa energética— suelen arrastrar a su alrededor un ecosistema de pymes proveedoras, servicios profesionales y tecnología aplicada, lo que produce encadenamientos productivos sostenibles. A la vez, no solo transfieren conocimiento técnico, sino métodos de gestión, compliance y estándares laborales que permanecen incluso en contextos de crisis, elevando la vara para el resto del sector.

Finalmente, se trata de capital con horizonte largo: la inversión productiva no se decide trimestre a trimestre, exige amortización, planificación logística, integración regulatoria y previsibilidad jurídica, elementos que empujan a una administración más ordenada y menos dependiente del cortoplacismo.

El acuerdo marco con Washington, si avanza en esa dirección, no es únicamente “apertura”: es inserción en cadenas de valor donde Argentina puede capturar empleo de calidad, sofisticación exportadora y financiamiento.

El modelo chino: velocidad, obras y efectos colaterales

China sostiene un vínculo distinto. Se mueve con rapidez y músculo financiero, especialmente a través de bancos estatales, empresas públicas o consorcios paralelos. Para los gobiernos de la región, ese mecanismo luce seductor: baja burocracia, disponibilidad inmediata de capital y obras visibles.

Sin embargo, esa lógica también genera dilemas: muchos proyectos llegan con maquinaria, insumos e incluso mano de obra importada desde China, lo que limita el impacto sobre proveedores locales y reduce la transferencia tecnológica; cuando el control estatal es débil aparecen episodios de precarización laboral, subcontratistas opacos o escasa integración con las comunidades; y no son pocos los casos de obras inconclusas, costos ocultos o renegociaciones que comprometen recursos públicos a largo plazo.

No se trata de un prejuicio anti-China, sino de constatar que las reglas importan: sin marcos exigentes y mecanismos efectivos de supervisión, cualquier inversión —venga de Beijing, Washington o Europa— puede terminar mal administrada y convertirse en un foco de conflicto social.

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Estados Unidos no es el mayor socio comercial de Argentina en términos de volumen, pero sí el principal inversor directo.

Estados Unidos no es el mayor socio comercial de Argentina en términos de volumen, pero sí el principal inversor directo.

El comercio no alcanza: Argentina necesita una estrategia de inversión

La discusión pública suele centrarse en exportaciones, aranceles y saldos comerciales. Pero el verdadero diferencial competitivo está en la inversión productiva: capital que crea empleo, integra proveedores y consolida sectores. Estados Unidos ofrece justamente eso; China aporta escala y demanda.

Argentina padece una tentación recurrente: el péndulo geopolítico. Cuando falta divisa, busca financiamiento en Beijing; cuando necesita previsibilidad, se acerca a Washington – aunque en el último tiempo también recibimos apoyo desde lo financiero -, o Bruselas. Ese vaivén erosiona credibilidad y desalienta proyectos de largo plazo.

Salir de ese ciclo implica fijar reglas idénticas y exigentes para todos:

  • Cupos mínimos de empleo local.
  • Transparencia contractual y estándares laborales verificables.
  • Impacto ambiental controlado.
  • Mecanismos de resolución de controversias claros.

No importa de dónde venga el capital: importa qué deja en el territorio.

Diversificación inteligente: acuerdos que no se superponen, se complementan

La estrategia argentina no debería reducirse a “EE.UU. vs. China”. Los avances con Estados Unidos pueden convivir con acuerdos con la Unión Europea y EFTA, construyendo un abanico de mercados que reduzca la dependencia de un solo comprador o proveedor.

Diversificar no es dispersarse: es orientar tratados y flujos de inversión hacia sectores con capacidad real de escalar —energía, agroindustria avanzada, conocimiento, tecnologías verdes— y evitar el viejo reflejo de abrir sectores sin respaldo productivo.

El verdadero riesgo: negociar sin agenda propia

En un mundo que se fragmenta, el peor error no es inclinarse hacia Washington o hacia Beijing, sino no tener una estrategia nacional. Argentina debe capitalizar el “premio geopolítico” que hoy ofrece EE.UU., sin convertirlo en una nueva dependencia, y al mismo tiempo exigir calidad y transparencia a cada proyecto chino.

Si la política comercial se vincula con la productiva y la territorial; si se mide el impacto en empleo y tecnología; si se negocia desde una posición firme y no reactiva, el país puede dejar de ser tablero y convertirse en jugador. El momento no exige elegir bando. Exige escribir reglas que nos permitan que águila y dragón compitan en nuestro terreno.

* Yanina Lojo. Especialista en Comercio Exterior.