Argentina y el FMI, ante un dilema crucial: la política cambiaria en la mira
Casi todo ya está negociado. Y con los papeles sobre la mesa. Argentina y el Fondo Monetario Internacional (FMI) saben cuáles son los puntos donde las partes están de acuerdo y cuáles son los capítulos en los que sólo una decisión política de Buenos Aires o Washington podría destrabar la nueva versión del crédito de Facilidades Extendidas, suspendido hace ya más de 20 días. Concretamente, desde que comenzó la intervención en el mercado de dólares financieros para terminar con la corrida cambiaria.
Ya se sabe que el acuerdo implica el giro desde el organismo que conduce Kristalina Georgieva por unos U$S 10.600 millones, correspondientes al dinero que el FMI debía girar hasta diciembre. A cambio, el Fondo no pedirá que el país pague los vencimientos que rigen trimestralmente hasta fin de año.
Por su parte, el gobierno argentino se comprometió a subir de manera drástica las tarifas - vía quita de subsidios- a los servicios públicos, especialmente electricidad y gas. En el primer caso, los incrementos para las familias que aún detentan subsidios alcanzaría casi el 200%, con un 65% de promedio general. En el caso del gas, el alza llegará al 100% y el promedio al 45%.
También avanzará el acuerdo para intentar aplicar el revalúo inmobiliario, se promete control del gasto electoral en lo que resta del 2023 y mejoras en la recaudación.
Dólares de "muestra"
Si fuera por todo esto, ya habría acuerdo y Sergio Massa estaría en una nueva etapa negociadora, en este caso, con la oposición para que la nueva versión del crédito de Facilidades Extendidas esté siendo aprobada por el Congreso.
Sin embargo, hay un capítulo crucial por terminar de negociar, en el que las partes aún están lejos. Tan lejos, que sólo una decisión política de alguna de las partes podría modificar el statu quo. El dilema es muy complejo de solucionar; pero, paradójicamente, extremadamente difícil de resolver. El FMI está dispuesto a girar el dinero, pero con dos condiciones, técnicamente innegociables.
1) Los dólares sólo sirven para reforzar las reservas del Banco Central.
2) Las divisas no pueden utilizarse para ejecutar política cambiaria o monetaria.
El mensaje del FMI es simple: los U$S10.600 millones deben quedar en el Banco Central, como si fuera una exhibición tipo vidriera, donde la finalidad es simplemente poder observar. Pero de ninguna manera podrían utilizarse para cualquier decisión de intervención en la economía argentina.
Mucho menos si esa política se ejecutara a través de un tipo de cambio como el actual, navegando cerca de los 230 pesos. Sólo con una apreciación del dólar oficial, el FMI estaría dispuesto a analizar alguna alteración a la prohibición. Pero nunca en las circunstancias actuales.
Dicho de otra manera, el staff técnico del FMI presiona por una devaluación inminente, si es que el dinero se pretende de manera inminente. Obviamente, se trata de una decisión políticamente difícil de aceptar para un gobierno en crisis, con internas imposibles y elecciones en ciernes.
Big brother
Se sabe que los Estados Unidos están presionando para que las negociaciones con Buenos Aires lleguen a buen puerto, a raíz de lo ya conversado (y cerrado) en las reuniones que Alberto Fernández y Sergio Massa mantuvieron con sus pares de la Casa Blanca.
Y que el máximo responsable de las negociaciones técnicas y de recibir las presiones de la administración Joe Biden, es el chileno Rodrigo Valdés, flamante director Gerente para el Hemisferio Occidental, quien asumió su cargo por la puerta grande de los problemas: atender y solucionar las enésimas negociaciones por un acuerdo entre el FMI y Argentina. Con el kirchnerismo en Buenos Aires.
Lo cierto es que el economista chileno, que asumió su cargo el 1 de enero pasado, está diariamente frente a las computadoras desde donde, aun vía Zoom, los funcionarios argentinos y los técnicos del FMI negocian la continuidad del acuerdo de Facilidades Extendidas.
El 2 de mayo Valdés se presentó ante los funcionarios del Palacio de Hacienda como la persona que hacia adelante se haría responsable de la negociación final, un rol que hasta ese día mantenía la subdirectora Gerente del FMI, la indo-norteamericana Gita Gopinath.
La número dos del organismo que maneja Georgieva, ya volvió a su rol de principal referente del staff permanente del Fondo, haciendo gala de su extracción de personal burocrático de la institución. Algo que Vades, obviamente, no es. Ahora, hacia adelante, se verá en el caso argentino la verdadera estructura de poder que nació luego de la llegada del chileno al sexto piso del edificio central del Fondo.
Lo que puede esperar Argentina con la llegada del economista chileno, proveniente de las filas del MIT de Boston, es una visión algo más estructuralista y amplia sobre las políticas reales que el país puede aplicar para lograr las metas comprometidas con el FMI.
Concretamente, no es una persona con la que puedan discutirse flexibilidades de metas. Pero sí la posibilidad de aceptar gradualismos flexibles y entendimientos sobre medidas complejas como la falta de velocidad en el levantamiento de restricciones cambiarias o movimientos financieras de canjes, o cambios de carteras de endeudamiento, algo que espantó al británico Nigel Chalk, quien asumió la conducción interina de la dirección del Departamento del Hemisferio Occidental y que por pedido del propio Valdés se mantiene en la repartición, hacia adelante como subdirector.
Valdés demostró en toda su carrera de funcionario y en sus visitas a la Argentina (varias en funciones en Chile y luego como conferencista) mucha voluntad de comprensión y se explayó en la idea de pensar lo mejor para el país, más allá de los que los libros y normas del Fondo indiquen y obliguen.
Habrá que ver si estas inquietudes pueden ser desplegadas en los rígidos anaqueles del organismo. Pero lo cierto, es que, al menos, se puede aguardar una personalidad más dispuesta a escuchar argumentos y encontrar vías negociadas antes que la aplicación de las clásicas recetas que vienen de Washington.