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Inflación y salarios: la gran derrota que se avizora en este 2022

Este año será inevitable que los sueldos privados en blanco acumulen cinco años de caídas. Es posible incluso que la baja sea del 10%, el peor año del período. La metáfora futbolera y la salida israelí a un flagelo mundial pero que los países buscar derrotar.
Foto: GETTY IMAGES
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El salario de los trabajadores privados en blanco acumuló entre 2018 y 2021 cuatro años de pérdidas concretas en el poder adquisitivo. Porcentualmente, se estimó en 4% en 2018, 6,8% en 2019, 1% en 2020 y un 3,3% en 2021.

En términos futboleros simples de interpretar, en 2018 se perdió 2 a 0 en un partido que vino complicado desde el principio. Al año siguiente el resultado fue un penoso 4 a 0; con un equipo perdido en la cancha y, como dicen en la tribuna "para el cachetazo". El 2020, el peor año de la pandemia, terminó con un 1 a 0 en contra, pero con una derrota justificada por la irrupción del Covid-19 y con un esquema denominado "digno".

Finalmente, en 2021, también terminó en derrota, pero 2 a 0; en un match que se peleó durante los 90 minutos, y que se perdió sobre el final cuando podría haberse empatado pero que terminó con un resultado negativo, con dos contragolpes del rival a poco de terminar el partido.

El 2022 fue el peor año. Apelando a la memoria futbolera, la metáfora es el match entre Argentina y Alemania del Mundial de Sudáfrica 2010, donde a mediados del segundo tiempo la Selección era vapuleada con un lamentable 3 a 0; y con 20 minutos aún por jugar. Dependía del técnico (entonces Diego Armando Maradona) plantear una actitud defensiva y cerrar el partido, o ir por la heroica y exponerse a una goleada histórica.

Argentina sufre la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, como hace doce años en el Mundial de Sudáfrica frente al poderoso equipo teutón.

Así está la pelea por el salario en el país para este ejercicio. Según los cálculos del especialista en temas laborales Matías Ghidini, la proyección para todo el 2022 arroja un temerario resultado de 10% de pérdida del poder adquisitivo, al tener en cuenta un potencial incremento salarial final del 80% (que no todos los sectores de la economía tendrán) y una inflación final del 90%.

Fuente: Matías Ghidini @JMGhidini

La canasta llena (de goles)

Obviamente, el resultado de 2022 podría ser aún peor; pero en términos futboleros implicaría una derrota de aproximadamente 5 a 0. Un resultado "echatécnicos". En parte, ésta es la explicación del estallido inflacionario del tercer trimestre del año (julio- septiembre) donde el alza de los precios acumulará un mínimo del 20%. 

Según los analistas, esto se explica en gran parte por la salida desprolija de Martín Guzmán del Ministerio de Economía y de las tres complicadas semanas de Silvina Batakis. Tendrá que demostrar de qué está hecho en estos temas el ahora ministro de Economía Sergio Massa, quien quiere mostrar un resultado final del año reduciendo el ritmo inflacionario a un nivel más cercano al 4%.

Massa y Batakis mantienen un buen vínculo, aunque sus miradas de la economía no son necesariamente iguales.

Puede lograrlo y conseguir así un puente al 60% de inflación presupuestado para el 2023. Mientras tanto, los salarios seguirán sufriendo, el resultado final del lustro será tremendamente lapidario: en los últimos 5 años, en un metafórico campeonato futbolístico, los salarios inevitablemente acumularán una derrota, mensurada en una pérdida del poder adquisitivo del 25%.

Cuestión de perspectiva

Para cualquier país, esto sería una crisis social y económica de dimensiones importantes. Sin embargo, en la Argentina se toma como una consecuencia inevitable ante un mal con el que hace décadas que se aprendió lamentablemente a convivir: el alza de los precios. Lo cierto es que ningún Estado puede considerar que puede salir de una crisis económica real, con sueldos que no pueden competir contra la inflación, y que cada año pierden un poco más de poder adquisitivo.

En los últimos cinco años, en un metafórico campeonato futbolístico, los salarios inevitablemente acumularán una derrota, mensurada en una pérdida del poder adquisitivo del 25%.

La comparación fáctica es indefendible. En 2018 el Índice de Precios al Consumidor (IPC) subió 34,28%; con una evolución del Índice de Salarios de 30,4%. En 2019 la comparación fue de 53,55% contra 44,3%; en 2020 de 42,62% frente a 34,4%; mientras que el año pasado se conoció ayer que la inflación general alcanzó el 50,9% cuando la medición del salario hasta octubre acumuló un 46,5%.

Hay que tener en cuenta que en los últimos dos meses del año no fueron tiempos de incrementos de salarios, y que lo más probable es que esos aproximadamente 5 puntos porcentuales no puedan descontarse. Es verdad que 2021 fue el mejor de los cuatro años. Pero también es cierto que es un ejercicio más de pérdidas.

El espejo israelí

Este año, inevitablemente será demoledor. Siguiendo con los términos futboleros, cuando las derrotas se acumulan, lo primero que debe hacer un técnico es ver qué estrategia utilizan aquellos equipos que pudieron vencer a nuestro verdugo continuo. La buena noticia en el caso de la inflación como problema macroeconómico, es que efectivamente hay buenas experiencias. Y que existen ejemplos en la historia mundial moderna donde hubo resultados positivos. Incluso algunos que pueden tomarse de ejemplo y donde la clase política argentina, la máxima responsable del problema inflacionario argentino, puede aprender. Con humildad.

El ejemplo es Israel. ¿Qué hizo este estado, en la Revolución del Cottage de 2011, como se llamó a la revuelta popular de agosto de ese año, que cambió radicalmente, y para mejor, la economía del país? Luego de la crisis de 2008 y de la Primavera Árabe (2011/12) y cuando se pensaba en Israel que el malestar general estaba controlado, el 5% de la población salió a la calle (unas 500.000 personas) -y no por el eterno conflicto en los más de 70 años de historia del Estado con los vecinos árabes-, sino por un disparador inusitado.

Los israelíes salieron masivamente de sus hogares a protestar por una serie de notas periodísticas donde se mostraba que el queso cottage (el preferido de las mesas familiares locales), costaba en el país 35% más que en Europa. Y que la explicación era que el proveedor israelí era una empresa láctea monopólica llamada Duva, propiedad de una de las familias empresarias fundadoras y que tenía al mercado interno cooptado (dominaba el 90%), con la prohibición explícita de importar, subsidios del Estado y créditos blandos. Y, además, se descubrió, evadía impuestos.

De la protesta a la acción

La indignación se generalizó y provocó que comenzaran a discutirse todos los precios de la economía local, incluyendo los servicios públicos, los celulares, los alimentos y bebidas, los combustibles y el transporte. Si bien el IPC israelí no se disparó a los niveles hiperinflacionarios de comienzos de los 80; la sociedad estaba convencida que no quería volver a experimentar aquella zozobra y le exigió a la clase dirigente de su país medidas urgentes.

El Gobierno advirtió que en todos los casos el costo local de proteger a unas 20 familias, que dominaban todos los sectores, era pagar sobreprecios de entre 20% y 35% promedio a los mercados europeos. Y lo peor, la respuesta de las autoridades nacionales (el jefe de Estado era Benjamín Netanyahu), era justificar los precios y pedirle a la población que colabore y no proteste.

Benjamín Netanyahu, ex premier durante las protestas callejeras de 2011.

La respuesta fue que la elegantísima avenida boulevard Rothschild se copó de gente y que la clase media hizo su primera protesta masiva en la historia del país. A partir de allí el clima cambió y la situación derivó en lo que la economía israelí muestra en la actualidad. De una inflación del 350% en los '80, Israel bajó a menos del 2%, o como los últimos años, llegó a la deflación. En 2020, año de pandemia, los precios cayeron 0,7%; fenómeno explicado por la caída del consumo por la cuarentena obligatoria.

El crecimiento se mantiene en el promedio del 3% anual y hay déficit fiscal y comercial que deriva en la "enfermedad holandesa". Esto es, un ingreso de divisas que termina siendo perjudicial para la economía. El nivel de ingresos llega ya al de un país europeo y el nivel de vida se lo compara con Bélgica y Holanda. Por caso, ya superó a España. El Estado israelí toma deuda al 2% anual, y cualquier empresa con los papeles en orden puede conseguir crédito a 10 años a menos del 3%. Un crédito hipotecario para una familia tipo con niveles de ingresos medios cuesta 5% total, incluyendo comisiones y los intereses pueden descargarse de Ganancias.

De una inflación del 350% en los '80, Israel bajó a menos del 2%, o como los últimos años, llegó a la deflación. En 2020, año de pandemia, los precios cayeron 0,7%; fenómeno explicado por la caída del consumo por la cuarentena obligatoria.

La carga impositiva

Luego de la crisis de 2011 los precios generales en la economía bajaron un 5%, con casos testigo como los taxis (20%), celulares (80% en cuatro años), transporte en general (10%) y esparcimiento (20%). Esto sin bajar la presión impositiva que, los israelíes, consideran muy alta. Ésta se basa en el tributo a las Ganancias y llega al 35% promedio, con un tope de 45% para los salarios altos. El IVA se ubica por ley en 12% y no existen tributos criollos como el impuesto al cheque, Ganancia Mínima Presunta o Ingresos Brutos o a los activos. De hecho, cuesta explicarlos a tributaristas locales sin que pongan cara de horror.

Al analizar la distribución del presupuesto local, curiosamente, el principal ítem no es defensa (que ocupa el segundo lugar y es clave en la seguridad del país), sino educación. Ése es el sector donde el Estado destina más recursos. Y, a diferencia de la Argentina, el principal capítulo de educación explicado en el presupuesto es "inversión en infraestructura". La explicación es simple: modernización permanente de los colegios e inversión en tecnología de última generación. Luego, en segundo lugar según el dinero del presupuesto, aparecen los sueldos de los docentes y no docentes.

El principal ítem del Presupuesto no es defensa (que ocupa el segundo lugar y es clave en la seguridad del país), sino educación. A diferencia de la Argentina, el principal capítulo de educación explicado en el presupuesto es "inversión en infraestructura".

Israel tiene crónico superávit comercial. Dato curioso en un Estado que debe importar casi la totalidad de sus alimentos y la energía ya que, como ellos mismos lo definen, es el único desierto en Medio Oriente sin petróleo. Con euforia se anunció el año pasado que Israel encontró gas y que demandará unos tres años poder extraerlo. Hasta tanto, también habrá que importarlo.
Muchos de los empresarios plantean como otro activo la velocidad de acción del sistema judicial. Se habla de un promedio de seis meses para resolver cualquier discrepancia entre privados o privados y el Estado que deba resolverse en la Justicia. Esto incluye casos de evasión impositiva y corrupción, hasta disputas por "dumping" o cualquier discusión por desinteligencias entre privados.

Para 2021 la evolución de los precios se calculó en menos de 2%; un número alarmante, en un país que en 2020 mostró una deflación del 0,2%. Mientras tanto, las reservas del Banco Central de Israel, donde Mario Blejer fue alguna vez director, superan los US$ 150.000 millones, lo que deriva en un problema de nuevo encarecimiento de la moneda local y de sobreapreciamiento de la economía. De hecho, Tel Aviv es hoy la séptima ciudad más cara del mundo.

Está claro que los números de la inflación en la Argentina y la goleada contra los salarios es un gran fracaso de la clase política del país. No sólo del actual oficialismo, sino también del macrismo. A los dos les fue mal al intentar solucionar el problema. Y no lo lograrán sin un acuerdo político que, por fin, genere confianza en los operadores económicos locales y mundiales. Pero parece lejos.