Dilemas de la clase media argentina: Punta, tan cerca y tan lejos
Punta nunca estuvo tan cerca y tan lejos para los bolsillos de la clase media criolla. Un buen resumen de como pinta la temporada 2022/23 para los veraneantes argentinos es que alquilar no es tan dramático como el sobrevivir cotidiano. Un año atrás, tras la reapertura pos-pandemia, podría decirse que la diferencia entre veranear en el país y en Punta del Este era aproximadamente del 100%, o sea, había que multiplicar por 2 para comparar precios. Hoy esa diferencia se elevó aún mucho más. Algo a tener en cuenta para aquellos que todavía hoy evalúan el destino de sus vacaciones.

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Está claro que cualquier clase de cálculo escapa al universo de los considerados “millonarios”, de los integrantes del segmento poblacional de altos ingresos y/o con altas tenencias de divisas atesoradas, es decir, aquellos a los que los precios en dólares no le mueven el amperímetro. Porque para quien ostenta una interesante cantidad o flujo de divisas, los precios en dólares o euros no varían significativamente más allá de los vaivenes de las cotizaciones internacionales del mercado de monedas.
De modo que tanto para los habitués, como los representantes de la farándula porteña y demás integrantes de la fauna argentina esteña poco cambia. Pero para el resto de los mortales, cuyos ingresos son principalmente nominados en pesos y que vienen perdiendo terreno tanto contra la inflación y el dólar, los números son relevantes. De modo que para los bolsillos de la clase media, aspiracional o no, la temporada se perfila complicada.
Un año atrás, el peso uruguayo cotizaba frente al dólar a poco más de 44 unidades. Hoy cotiza a 38 pesos. Es decir que el peso se apreció contra el dólar. Mientras que en Argentina un año atrás el dólar en el mercado informal cotizaba a 203 pesos y hoy lo hace por encima de 345 pesos. De modo que la paridad entre la moneda argentina y la uruguaya pasó de 4,62 a más de 9,1, obviamente en favor del peso uruguayo.
Por otro lado la inflación esperada para este año en Argentina se acerca al 100% mientras que en Uruguay al 9%. Huelgan las palabras.
Todo este cóctel explica por qué la sensación térmica de los bolsillos argentinos modestos, que ya fueron templados por los precios uruguayos, denotan cierta ansiedad, por no decir, angustia. Veamos algunos ejemplos, para ilustrar mejor.
Para empezar, decimos que alquilar es accesible, pero vivir la diaria no tanto, porque rentar una casa de veraneo de 2/3 dormitorios en una zona demandada, ni fu ni fa, o sea ni ostentosa ni muy humilde, cuesta en la época más cara del año, es decir, para las fiestas de fin de año y mitad de enero, alrededor de 6.000 dólares. De modo que para el caso de parejas amigas o familiares es un monto muy digerible al compartir, frente a lo que les podría costar algo similar en la costa argentina.
Pasado el fin de año, obviamente, los alquileres bajan. Entonces, el costo del alojamiento no es casi una variable a tener en cuenta, ya que es muy parecido al de la oferta argentina.
Sin embargo a la hora de pensar en los gastos de la vida cotidiana el panorama se ensombrece. Sencillamente, porque como regla nemotécnica cualquier valor al multiplicarlo por 9, que es la relación entre ambas monedas, da una cifra en pesos argentinos que en algunos casos atraganta. Ejemplos sencillos, un helado en cucurucho en una cadena argentina que opera en ambas orillas, cuesta en Punta casi $300 uruguayos, o sea, 2.700 pesos argentinos. No es necesario recordar cuánto cuesta un kilo de helado en Buenos Aires.
Soslayemos el típico almuerzo en el restó ícono de José Ignacio a la vera de la playa Brava, donde el costo histórico es de 30 a 40 dólares por persona y la cena se eleva a 100 dólares por cabeza, y veamos otras referencias más familiares, pero no menos gourmet. Un almuerzo promedio para tres personas, sin bebidas alcohólicas, ronda los 100 dólares, o sea, $34.500, a razón de $11.500 por cabeza.
Ahora bien, sin hablar del costo de los combustibles y los peajes, vamos a lo que pasa a nivel de los supermercados para aquellos que optan por comer en casa. Tomemos productos similares a los de un hipermercado argentino, por ejemplo un pan dulce en una de las principales cadenas uruguayas cuesta $400 uruguayos, o sea el equivalente a $3.600 argentinos, un champagne $680 (unos $6.120), una sidra $400 ($3.600), un vino tinto para todos los días $550 (casi $5.000), una botella de cerveza $130 ($1.170), una lata de cerveza $95 ($855), una botella de agua $70 ($630), una bolsa de papas fritas $250 ($2.250), una baguette $70 ($630), una torta de chocolate $720 (casi $6.500), galletas crackers $140 ($1.260), galletas dulces $70 ($630), lata duraznos $180 ($1.620), pan lactal $220 ($1.980), caja 12 hamburguesas $600 ($5.400), yogur $40 ($360), queso untable $130 ($1.170), un kilo de dulce membrillo $140 ($1.260), 100 gramos de queso quartirolo $53 ($477), 100 gramos de queso muzzarella $59 ($531), 100 gramos de jamón cocido $90 ($810), y así podríamos estar góndola por góndola.
Como queda evidenciado hay para todos los gustos, lo cierto es que aquellos que pensaban no pisar un súper e ir de tour gastronómico, deben estar preparados para un shock emocional. No hay duda que la ventaja económica hoy en día favorece al turismo doméstico. Los cientos de miles de turistas que siempre veranean en el exterior lo seguirán haciendo con este u otro tipo de cambio, pero para aquellos que le tomaron el gustito a visitar la vecina orilla y no pertenecen ni al grupo sojero, ni al club financiero, ni al establishment esteño, ni a ningún grupete con holgura económica, su mejor opción será, sin duda, hacer vida muy casera.
