Cómo crear nuevos problemas para tapar a otro
El gobierno esperaba vivir en estas semanas una primavera de consumo que le asegurara el triunfo en octubre, pero las noticias apuntan para otra parte. El frente se complica con la intuición de una devaluación, por lo cual el “blue” ya se estacionó alrededor de los $ 15.50 (a esta altura de junio, hace tres meses, estaba a $ 12.62), la demanda de dólar ahorro sigue alta, no hay forma de que bajen las tasas en los próximos meses y, curiosidades argentinas, los que pueden ahorran comprando viajes futuros. Comportamientos preventivos de los que saben lo que es la guerra.
Son muchos temas individuales, pero en el fondo está siempre el mismo problema: la inflación. Que hace que los costos internos sean cada vez más altos y que, a la larga, empujen sobre el dólar. Está clarísimo, aunque el único que parece no verlo es el gobierno.
La emisión inflacionaria es tan grande que en Argentina ha aparecido un nuevo problema de gestión: cómo manejar tantos billetes. El engorro muestra cómo, cuando no se quiere reconocer algo, lo único que se logra es complicarlo cada vez más. Ya no alcanzan para imprimir las maquinitas de la felicidad de la Casa de la Moneda y de Ciccone (que ahora está “nacionalizada”), sino que también imprimimos en Chile y Brasil. La moneda argentina es tan generosa que termina otorgando trabajo a chilenos y brasileños. ¿Será esa la solidaridad latinoamericana?
Como el gobierno se niega a imprimir billetes superiores a 100 pesos (no sea que alguien sospeche que hay inflación), cada vez tiene que meter más billetes en la calle, porque lo único que no hace es dejar de imprimir. Y como la inflación es alta, los billetes de menor denominación sirven cada vez menos. El resultado es la desproporción entre billetes de una y otra denominación que hay que imprimir.
Pruebas: de cada 100 unidades que el Banco Central incorporó este año, 82 son billetes de 100.
Hay otro dato interesante, y es saber la cantidad de unidades que hay que comprar para mantener andando al sistema. Porque incorporar billetes tiene un costo para el Estado, y mientras más tenga que incorporar, más tiene que pagar (detrás de lo cual está el negocio del papel moneda y las tintas, por supuesto). Si hubiera un billete de 1.000 y hubiera que incorporar 1.000 pesos, alcanzaría con una unidad. Pero si el billete mayor es de 100, hay que comprar 10 unidades. Multiplíquese eso por la cantidad de billetes que ingresan al sistema y se sabrá cuánta plata se gasta en “comprar plata”.
Sólo en lo que va del año se incorporaron al sistema 519,4 millones de billetes de 100 pesos. Pero de 50 pesos sólo hicieron falta 6 millones; de 20 pesos, 20,9 millones; de 10 pesos, 46,3 millones, y de 5 pesos unos 6 millones. La moneda de menor denominación cada vez circula menos y vale menos. ¿Alguien se acuerda de que había monedas de 10 centavos?
El gobierno sigue impávido con la emisión y va pateando los problemas para Scioli o Macri. Sólo en bonos se emite $ 1 millón por día, con tasas que superan el 29%. Eso es lo que hace un gobierno cuando necesita plata como sea, y ya hay un “festival de bonos” como en la década de los 80, que todos sabemos cómo terminó. Los mecanismos de ingeniería financiera son muy ingeniosos para salir del paso, aunque la más genial de las ideas está siempre bien a mano: dejar de gastar mal y de castigar a los ciudadanos, especialmente a los más desprotegidos, en cuyo nombre perpetran desastres administrativos que no harían si manejaran sus propias empresas.

