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Cinco razones de por qué Cristina nunca será Dilma

La actitud frente a la inflación, el rol del Estado y su relación con las empresas, la política social y los subsidios, la disciplina fiscal y la política exterior de Argentina y Brasil marcan un abismo de diferencia entre dos presidentas que, desde el discurso, se muestran cercanas y afines.
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Por solución de continuidad, desarrollar esta idea es casi como tratar de explicar por qué Néstor nunca fue Lula. Pero ateniéndonos al presente, es bueno analizar qué diferencia a nuestros gobernantes de otros que se desempeñan aquí no más, bien cerca, y hasta profesando ideologías desde el discurso similares, aunque con praxis totalmente diferentes. En un intento también por entender por qué pasa lo que pasa, aquí van cinco razones de por qué Cristina Fernández, presidenta de la Argentina, nunca será Dilma Rousseff, su par brasileña.

1- Inflación: mejor tapar que sufrir
La semana pasada Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, prometió “un combate” a capa y espada contra la inflación. Su respuesta ante la “preocupación” expresada por la prensa, en una conversación improvisada sobre el aumento de los precios al consumidor, fue la siguiente: “Estamos muy preocupados. Bajo ninguna hipótesis el Gobierno permanecerá de brazos cruzados; todas nuestras atenciones están puestas en esa lucha”. Y esta declaración busco continuar las apreciaciones hechas unos días antes por el ex presidente Lula da Silva, quien pidió a los sindicalistas que “rodeen y apoyen a Dilma” en la guerra contra el proceso inflacionario.

Quien alertó sobre la eventual disparada de precios en Brasil fue el Banco Central, quien afirmó que la expectativa de un avance de los precios es mayor que la de hace un mes. Ahora las proyecciones de inflación anual trepan al 6,34% contra 6,29% estimado en la última reunión de la autoridad monetaria.

En tanto y de este lado de la frontera, el gobierno de Cristina Fernández, con una tasa de inflación real al menos cuatro veces superior, sigue no sólo ignorando sino también agudizando el problema.

Dilma Rousseff, presidenta Brasil.

La sociedad sabe que la inflación en la Argentina es alta. El Gobierno asegura que no supera el 10% al año pero nadie lo cree. Las consultoras privadas calculan que este año estará entre el 20 y el 30%. Y los gremios de todo el país basan sus reclamos salariales de acuerdo a estas cifras.

La manipulación de datos en el Indec se mantiene desde 2007, mientras las expectativas inflacionarias para los próximos 12 meses superan el 30% y la conflictividad laboral se agudiza con trabajadores que buscan infructuosamente que sus salarios no pierdan la carrera con los precios. El saldo: menos inversión privada e índices de desempleo y trabajo en negro que dejaron de caer para estancarse.

2- Mirar hacia adentro o crecer hacia afuera
A Brasil le importa el impacto que puede tener la inflación. A la mayor economía de Sudamérica y mayor exportador mundial de alimentos le preocupa lo que pase con los precios, más en un contexto donde el valor del dólar en relación a las otras monedas está cayendo, por lo tanto la economía de EEUU está recuperando competitividad, y Europa está reduciendo drásticamente sus costos internos por efecto de la crisis. En Brasil saben que la inflación los puede dejar fuera de la senda del crecimiento por falta de competitividad; por eso se preocupan.

En Argentina se sigue subestimando el problema. Pero como no se puede tapar el sol un dedo, las consecuencias ya se están haciendo evidentes y ya hay sectores de la economía nacional que no tienen otra opción que mirar hacia adentro porque fuera dejaron de ser competitivos por ser demasiado caros. Con un tipo de cambio estancado y una inflación superando el 20% anual, la competitividad externa se está disolviendo. Por eso desde el Gobierno se avanzó con las restricciones a las importaciones. La Argentina se vuelve endogámica. Y crecer sólo hacia adentro con alta inflación y déficit de inversiones, tiene un horizonte muy corto.

3- Demagogia fiscal y disciplina
Se sabe, que la inflación siempre golpea a aquellos que menos tienen. Los asalariados y los más pobres, son siempre los más damnificados en todo proceso inflacionario porque no tienen chances de ajustar sus ingresos al ritmo que suben los precios. En Brasil tomaron nota de esto.

En febrero, cuando la inflación empezaba a ser un problema como es para el resto de los países del mundo, Brasil dio una muestra de firmeza y anunció un recorte en el presupuesto general de gastos del Estado de 50.000 millones de reales (algo así como U$S30.000 millones), lo que equivale a 1,2 puntos del PBI. Y no contenta con esto, el oficialismo en Brasil recortó una suba del salario mínimo prevista del 18% a sólo el 5,88% (U$S305 a U$S326). La señal era clara: el Gobierno no va a dejar que la inflación se dispare. Pero inmediatamente, a principios de marzo, Dilma anunció que elevaría en un 20% los fondos para los programas de ayuda social. Sólo el plan Bolsa Familia, destinado a quienes no tienen ingresos, aumentó 19%. Se puede combatir la inflación sin afectar a los más vulnerables.

Cristina Fernández, presidenta de Argentina.

En Argentina, el gasto público viene creciendo mes a mes a entre el 35% y el 38% anual, un nivel muy por encima de la inflación. Y esto se logró dilapidando los recursos de la Anses primero y apelando a las reservas del Banco Central después. Sólo durante 2010, los subsidios al sector privado totalizaron $48.032 millones, cifra que representó un aumento de casi 50% respecto de los fondos girados en 2009. El sector que resultó más beneficiado fue el energético, que recibió 63% más de recursos que el año anterior, de acuerdo con un informe de la Asociación Argentina de Presupuesto y Administración Financiera Pública (ASAP). Si, antes que carne para todos, pescado, milanesas o fútbol, hay energía para todos. Miles de millones de pesos gastados sin discriminar y en su mayoría con destino a la clase media, que son quienes acceden a los servicios públicos como gas natural, agua y cloacas o electricidad. Cuantiosos recursos dilapidados por el Estado, que alientan la inflación por sobrecalentamiento de la demanda, sin que haya inversión genuina.

4- Autismo internacional
Cristina y su gobierno están tan preocupados por hacer frente a los focos de batalla domésticos, que en muchos casos abren ellos mismos, que Argentina ha desaparecido de la escena global. Y esto, a la luz de lo que hizo Lula y ahora continúa Dilma, es una oportunidad perdida

Basta un ejemplo reciente. Absorbida por sus asuntos domésticos, la Argentina no dijo presente en la última reunión del Foro Económico Mundial para América Latina que se realizó en Rio de Janeiro la semana pasada. No figuró ni como polo de posibles inversiones, ni como factor económico, ni como eje de alguna de la veintena de los debates realizados. No fue mencionada para elogiarla ni para criticarla. Se volvió irrelevante. Y el espacio que un país deja, otro -o varios- lo ocupan. Brasil, el primero.

Por prácticas como esta, Lula consiguió que Brasil sea, por ejemplo, sede del próximo mundial de fútbol y de las olimpiadas. Dos eventos que le asegurarán inversiones y crecimiento para los próximos años, además de infraestructura básica para su desarrollo. Aquí, en cambio, se llevará a cabo la Copa América.

5- Relación del Estado con las empresas
A la luz de lo que fue la crisis de 2001-2002 en la Argentina, en 1998 en Brasil y la debacle mundial en septiembre de 2008, ya es inaplicable la idea de los mercados auto regulados y en permanente equilibrio. Pero a la luz de lo que hoy es Argentina y Brasil, es pertinente preguntarse qué hace el Estado por las empresas.

El Estado por sí solo no genera riqueza. Pero quién puede hoy separar a Petrobras, la minera Vale o la fábrica de aviones Embraer del crecimiento que tiene Brasil. Y en todos estos casos, el planteo puede hacerse al revés: qué hubieran hecho cada una de estas empresas sin el Estado como socio estratégico. El rol en Brasil del Banco Nacional de Desarrollo (Bandes) es una prueba de ello. Por eso el margen de maniobra y de intervención de Dilma en las empresas y su directorio (hace muy poco se removió al presidente de la gigante Vale) es distinto al que hoy tiene Cristina Fernández, aunque en la práctica busquen hacer exactamente lo mismo. ¿Se han preguntado qué hace hoy el Estado argentino por sus empresas estratégicas o no?