La fuerte cosecha en el Este le puso freno a los especuladores
Los duros vaticinios de algunos dirigentes de la vitivinicultura argentina que comenzaron a sonar en diciembre pasado quedaron en el olvido, y la especulación desatada respecto a los precios de la base comercial de la industria quedó muda. A tal punto que ahora nadie habla del apocalíptico panorama de la industria del vino argentino que muchos anunciaron y por el que amenazaron con rasgarse las vestiduras, seguramente, esperando que el Estado les proveyera salvavidas financieros logrados por el aporte de todos los ciudadanos.
En contraste, la merma en los varietales estuvo marcada por un importante aumento de la calidad de los vinos de castas que este año ya comenzaron a elaborarse.
Por su parte la cosecha estuvo marcada por la necesidad de encontrar color ante la escasez de vinos tintos debido a que la actual composición de existencia varietal -de un 60% de vinos de color frente a un 40% de blancos- no responde a la demanda del consumo que pide un 75% de tintos y sólo un 25% de blancos.
Por ello, a las claras, la demanda de tintos supera el “mix” actual de los vinos argentinos por lo que sólo se vislumbran dos posibilidades: o la industria encara acciones de promoción para que se beban más blancos o se inicia una nueva reconversión en los viñedos hacia uvas tintas varietales.
Afortunadamente este año nuevamente existió la industria del mosto que equilibró esa relación entre lo que producen los viñedos y lo que demanda el mercado. Porque el mosto se fabricó con uvas blancas y rosadas.
Pero si bien la cosecha estuvo signada por la necesidad de mandar uvas rosadas y criollas a la elaboración de vinos de color y el nivel de precios que se obtuvieron en todas las producciones fue muy bueno ahora se ha levantado la duda sobre si esos precios serán defendibles, tanto en el mercado interior como exterior.
Porque, recordando lo que sucedió en otros momentos de la industria vitivinícola, los precios bajos nunca alentaron una suba del consumo y los precios altos lo bajaron, cumpliéndose el viejo adagio de que lo se pierde un año se gana en el otro. Porque en un año si hay menos consumo hay más volumen menos stock y menos precio. O sea que el veranito será corto.
Por ello es que el punto de equilibrio de toda esta situación habrá que buscarlo porque la gran duda seguirá siendo si esos buenos precios serán defendidos en el consumo, más aún considerando la caída registrada durante el primer trimestre que fue de un seis por ciento, al menos en despachos. Algo lógico porque la competencia entre una bebida directa como Quilmes y el vino fue implacable en materia de consumo.
Porque el precio de un envase de vino en cartón casi se duplicó -por las especulaciones citadas- por culpa de los agoreros que siempre existieron en la industria vinaria nacional y que en caso fue el pretexto para algunas presentaciones de quiebras, también en la Zona Este, y la consecuente generación de deudas incobrables que siempre voltean a productores y casi nunca a bodegueros que se la pasan llorando en los cafés de San Martín por si los escucha un banquero.
Incógnitas de la industria del vino
En resumen, la reciente cosecha plantea varios interrogantes: primero acerca de la necesidad de tener más stock en las bodegas -a través de una política de stock- dado que al no tenerlo se pone en peligro el abastecimiento del mercado real y, segundo, porque todo lo que se hizo de criollas y cerezas -cuando se re fermentaron en orujos de tintas- ha ido al mercado de los genéricos y no al de los varietales.
En consecuencia se espera que el mercado de los genéricos, afortunadamente para la industria, esté más aliviado en precio y en contraste se endurezca el mercado de vinos varietales, sobre todo el de la variedad Malbec.
El consejo es que habrá que estar en forma permanente analizando los mercados para ver cómo reaccionan, debido a que la materia prima de los vinos varietales desde el arranque ingresó al juego con precios altos.
Obviamente que no todo el componente del costo de un Tetra es por el vino, por lo cual al veces el cálculo no es tan matemático pero evidentemente cuanto más arriba se va en la escala, hacia vinos de alta gama, hay más posibilidad de reducir rentabilidad y no traducir el efecto del alto costo de la materia prima sobre los precios finales.
En resumen, la gran incógnita del resultado de la presente cosecha, más allá de que ya se conocen los números, es qué sucederá con los mercados y por lo tanto pasará con la cosecha próxima.
Temores por la próxima cosecha
Analizando los ciclos de la vitivinicultura nacional, tomando como base las estadísticas disponibles, se observa que la cosecha de cada año se mueve con cierta lógica.
En los años 2000 y 2001 hubo una baja en la cosecha por lo que Argentina cosechó entre 21 y 23 millones de quintales.
Posteriormente las vendimias fueron creciendo hasta alcanzar un pico en 2008 cuando se llegó a los 30 millones de quintales.
De pronto volvió el ciclo descendente en 2009, cuando se llegaron a cosechar entre 20 y 21 millones de quintales hasta que recuperó en 2010 con los actuales 26 millones de quintales.
Por ello es que se espera que en 2011 se alcancen nuevamente los 30 millones de quintales, dato que plantea qué se hará para que el sector no pierda rentabilidad.
Esto implicará que el mercado se equilibre a través de reducción de ventas y aumento de stock, si es que la cosecha del año próximo es como se anticipa muy buena.
La otra pregunta es qué sucederá con la industria del mosto, porque ha quedado prácticamente con un solo jugador: Gancia
Además qué sucederá con las exportaciones ante una situación de exportaciones compleja marcada por la quietud del dólar y un aumento de la materia prima importante.


